¿Es posible reconciliar el espíritu con el sexo sin caer en dualismos ni permisivismos? ¿Puede la castidad integrar el deseo sin negarlo? ¿Y si el secreto del hombre estuviera en la sabiduría de su unidad sexuada y espiritual? El padre Giovanni Cavalcoli nos propone una lectura tomista para tiempos de confusión. [En la imagen: detalle de "Pareja en el Père Lathuille", óleo sobre lienzo, 1879, obra de Édouard Manet, conservada en el Museo de Bellas Artes de Tournai, Francia].
El espíritu y el sexo
Primera Parte (1/5) ¹
No es bueno que el hombre esté solo:
quiero hacerle una ayuda que le sea semejante
Gen 2,18
Introducción
Uno de los problemas más serios de la vida es el de conciliar las necesidades, las exigencias y las inclinaciones, los placeres y las finalidades del cuerpo con las del espíritu. Dios había unido y nosotros hemos dividido y ya no logramos reunir las dos mitades del entero. Sexo y espíritu de amigos se han convertido en enemigos.
Este problema de la conciliación del cuerpo con el espíritu nos toca a todos de cerca. Asume tonos dramáticos: basta pensar en el famoso conflicto entre espíritu y carne del cual habla San Pablo. La práctica de la vida cristiana ciertamente nos da mucha serenidad, pero las dificultades permanecen siempre graves. Como nos ha enseñado Freud, dejando de lado su materialismo, muchos disturbios psíquicos son causados por un faltante equilibrio entre espíritu y sexo, mientras que el sexo está hecho para ayudar al espíritu.
Nos sentimos sacudidos entre soluciones dualistas y soluciones monistas, ambas insatisfactorias. No logramos encontrar un medium virtutis entre laxismo y rigorismo. El Magisterio de la Iglesia con sus dogmas antropológicos nos proporciona los medios para encontrar la paz y la armonía entre estos dos componentes esenciales de nuestra persona. Pero el necio prejuicio contra la filosofía escolástica difundido hoy por los modernistas impide encontrar una solución. Por lo demás, ellos no saben ofrecernos más que una falsa libertad, que, diría San Pablo, favorece la licencia.
Por otra parte, la rigidez de los pasadistas tampoco es la solución. Ella se encuentra en una adecuada utilización de lo que la Iglesia nos enseña sobre el hombre y sobre su relación con Dios. Para aumentar las dificultades está también la cuestión sexual, que hoy aparece en primer plano, en particular con la cuestión del genderismo.
Parece que poquísimos o ninguno, que yo sepa, hoy, al confrontar espíritu y cuerpo, entren en la cuestión más concreta de la relación del espíritu con el sexo utilizando las categorías aristotélico-tomistas recomendadas por la Iglesia. Aquí he intentado hacerlo yo, poniendo a fruto cincuenta años de estudios sobre este tema, acompañados del esfuerzo personal de poner en práctica estos principios.
Sabemos cómo en la historia de la filosofía este tema de la relación en el hombre del cuerpo con el espíritu ha sido siempre fuertemente sentido tanto en Occidente como en Oriente. Toca también nuestra relación con Dios. También en nuestro tiempo diversos pensadores se han enfrentado con este tema. Basta pensar en Ser y tiempo de Heidegger, Ser y persona de Joseph Seifert, Espíritu en el mundo de Karl Rahner o Ser finito y ser eterno de Edith Stein o Maritain con sus Cuatro ensayos sobre el espíritu en la condición de encarnación. Aparte de los dos últimos, se nota sin embargo en los otros una orientación idealista que crea confusión y no resuelve las contradicciones.
Los idealistas, que miran con desprecio la famosa definición aristotélica del hombre como loghikón zoon, animal racional, pensando, quizá en nombre de la Biblia, elevarse por encima de ella a quién sabe cuáles inefables alturas o descender a quién sabe cuáles inefables profundidades, no se dan cuenta de la verdadera profundidad y sublimidad, acompañada de modestia, de la definición aristotélica, que, mediante una unión sapientísima de la animalidad (psyché) con la racionalidad (pneuma), está perfectamente en línea con el dato de la fe católica. El secreto del hombre está todo aquí.
Espíritu y cuerpo en Aristóteles y en San Pablo
Santo Tomás demostró que cuando Aristóteles dijo que el nus, el intelecto, o sea el espíritu, es thyrayhen, o sea más allá de la psyché y del cuerpo, no entendía más allá del individuo, sino más allá de la materia corporal o animal (psyché). Entendía simplemente sostener la superioridad en el hombre del espíritu sobre el cuerpo y nada en absoluto negar la inmortalidad del alma, como algunos sostienen, y tampoco sostener la existencia de un intelecto único para todos los individuos, como Averroes y otros han malentendido. Quien entiende esto, entiende también el humanismo cristiano. De otro modo lo malinterpreta dejándose seducir o por la soberbia o por la sensualidad.
Ciertamente Aristóteles en psicología no usa el término pneuma, pero es claro que aquello que él llama nus, estando por encima de la psique animal, no es otra cosa que aquello que San Pablo llama pneuma, o sea el alma espiritual. La distinción paulina entre pneuma, psyché y soma corresponde exactamente a la distinción aristotélica entre alma intelectual, sensitiva y vegetativa.
La oposición paulina entre hombre espiritual (pneumatikós) y hombre psíquico (psychikós) no es, como creían los gnósticos, la distinción entre una humanidad superior (un superhombre) y una humanidad inferior (hombre común), porque ello vendría a comprometer la igualdad humana y la universalidad de la naturaleza humana. Ciertamente, Pablo no excluye grados de virtud y de santidad, pero la naturaleza es siempre la misma para todos.
Pablo habla en cambio de dos posibles actitudes morales de fondo nuestras: o aquella del dominio del espíritu sobre la carne en la secuela del Espíritu Santo —y este es el hombre espiritual—, o bien la rendición culpable a los deseos de la carne, dejándonos dominar por el espíritu malvado que es el demonio —el «dios de este mundo»— y este es el hombre carnal. La expresión psychikós se podría traducir también con «carnal».
La traducción de San Jerónimo animalis no es feliz, porque parece que el ser animal no sea cosa natural sino reprobable. Ahora bien, la animalidad no es objeto de elección, por lo cual uno puede ser animal o no ser animal, sino que no es otra cosa que el predicado genérico del ser hombre, por lo cual nuestro ser animales no es algo degradante o vergonzoso, sino que es del todo natural e insuprimible. El problema —y este es el tema de San Pablo— es el de someter la animalidad y el sexo con sus pulsiones a los impulsos del Espíritu Santo, alejando las asechanzas del espíritu impuro demoníaco.
Así, de modo semejante, el ser espiritual no es un deber, porque el hombre es una sustancia espiritual por naturaleza y en este sentido no puede no ser espiritual. También aquí el problema es el de la actuación virtuosa de nuestra espiritualidad. La santidad no está en el simple ejercicio cualquiera que sea de nuestras facultades espirituales. También el demonio posee intelecto y voluntad y no por esto es santo. El problema es el de ver qué uso hacemos de estas facultades, si honesto o si pecaminoso. El hombre espiritual del cual habla Pablo, hombre que todos debemos y podemos ser, es por tanto el hombre que se deja guiar por el Espíritu Santo y con ello mismo vive la vida de hijo de Dios (Rm 8,14), una espiritualidad que no es un simple y cualquiera ejercicio de las facultades espirituales que pueden ser usadas bien como pueden ser usadas mal, sino que se trata del hombre que libremente y voluntariamente somete su espíritu a los impulsos del Espíritu Santo.
Por otra parte, la distinción paulina entre pneuma y sarx, espíritu y carne, en cuanto en oposición entre ellos, no tiene nada que ver con el dualismo platónico del alma prisionera del cuerpo, sino que Pablo se refiere a un conflicto interior del hombre herido por el pecado original e inclinado a la concupiscencia, que se deja dominar por los movimientos de los instintos, en particular del instinto sexual.
Aunque Pablo no lo diga expresamente, es evidente que su concepción del hombre es aquella misma de Aristóteles: una persona corpórea, o sea una sustancia viviente, capaz de entender y de querer, dotada de libre albedrío, capaz de sentir y de amar, compuesta de espíritu y cuerpo y por tanto de sexo.
Por lo demás, Pablo no siente la misión del filósofo, atento a dar una definición de qué cosa es el hombre, como hizo Aristóteles, sino, sobre el presupuesto de que los oyentes supieran ya qué cosa es el hombre, Pablo sentía la misión del apóstol, la misión de enseñar al hombre cómo en Cristo él pueda encontrar la salvación, lo cual no es el cometido del filósofo que define qué cosa es el hombre, sino que es un oficio de pastor y guía espiritual.
La situación de hoy
Comencemos observando que el placer sexual hoy atrae mucho más que las alegrías del espíritu. No existe la preocupación de tener en cuenta la relación que une el placer sexual con la finalidad de la sexualidad humana. Lo importante es gozar sexualmente y de cualquier modo, con todo medio y todo modo. La metafísica, que es la ciencia que hace comprender el valor del espíritu, es despreciada. Viceversa asistimos a un obsesionante insistir sobre lo concreto, sobre lo experimental, sobre lo existencial, sobre el devenir, sobre la temporalidad, sobre la historia, sobre el presente, sobre el fenómeno, y así sucesivamente.
Si se citan los valores espirituales de la religión, de la moral, de la persona, del sujeto, de la conciencia o de la libertad, es solo para cubrir con bellas palabras una sustancial orientación de vida basada en la impiedad, en el egoísmo, la soberbia y la sensualidad. Es necesario con urgencia volver a saber qué cosa es el espíritu y a entender que es aquí donde encontramos nuestra felicidad, sin por esto en absoluto ignorar o despreciar el valor del sexo, sino dándole con ello mismo su verdadero valor, en cuanto es condición material indispensable de nuestra felicidad.
Pero decir condición no quiere decir causa. La condición es aquello que consiente a la causa causar. En cambio nuestra necedad nos lleva a confundir la causa con la condición y de tal modo nuestra vida queda frustrada, porque no comprendiendo la causa de la felicidad, nuestro obrar no puede alcanzar su fin. El fin de hecho no es otra cosa que la causa de la acción.
Parece hoy que sea imposible experimentar un acuerdo del espíritu con el sexo. Parecen excluirse recíprocamente. En muchos no está en absoluto claro el primado del espíritu. El concepto de espíritu parece un concepto vacío. Parece a muchos que estamos obligados a una elección: o Epicuro u Orígenes, o Cicciolina o la Virgen María, o el burka o el topless, o Freud o los monjes del Monte Athos, o el calor tórrido o el frío polar. No hay modo de alcanzar un clima templado.
Se ha perdido el valor de la virtud de la templanza. Se sabe usar el termómetro, para medir la temperatura atmosférica, pero ya no se sabe regular la temperatura de las pasiones. Existe, como el luterano, quien desprecia la virginidad, porque según él la necesidad de sexo es como la de comer y dormir. Y hay quien hace de la abstinencia sexual un absoluto, confundiendo la castidad con la frigidez y malinterpretando el verdadero significado del voto de castidad, que concierne a las fragilidades y a las miserias de la vida presente y no a la plena salud y perfección humana del paraíso.
La solución mejor en la vida presente, reservada por lo demás a aquellos pocos que tienen especiales aspiraciones espirituales, es la de la vida religiosa cristiana, pero ella es siempre una solución de emergencia, siendo relativa a una situación de corrupción de la naturaleza humana consecuente al pecado original.
El matrimonio no es una legitimación de la concupiscencia dándole libre desahogo, como parecería decir San Pablo con su remedium concupiscentiae; todo lo contrario: quien no logra dominarse, debe empeñarse él mismo por su cuenta en este ejercicio ascético, y no considerar a la pobre esposa como objeto del desahogo de la pasión, porque así no haría más que pecar de lujuria y no resolvería nada. Si no logra controlarse, es mejor que no se case, y aprenda a instaurar con la mujer una relación normal sin hacer de ella un instrumento de placer. Si en el matrimonio uno debe encontrar desahogo a la pasión, ¿qué diferencia hay con la frecuentación de una prostituta? ¿Acaso el sacramento puede bendecir una conducta de este género? Él ayuda a vencer la concupiscencia, no a darle carta blanca.
Por lo demás este tema del remedio a la concupiscencia está totalmente ausente de las enseñanzas más recientes de la Iglesia sobre el matrimonio, las cuales en cambio están preocupadas de poner en luz la santidad del acto conyugal, momento de profunda armonía entre sexo y espíritu, como dice San Pablo VI en la Encíclica Humanae vitae, cuando afirma que el acto conyugal «expresa y consolida la unión de los esposos» (n.11), incrementa y expresa el amor.
Por esto, tanto en la condición edénica como en la escatológica de perfecta unión entre espíritu y sexo y entre hombre y mujer, el voto de castidad, que en cambio supone el actual estado de contraste entre espíritu y sexo, ya no tiene razón de ser, aunque ciertamente no sabemos cómo será exactamente esta unión futura, dado que nuestro cuerpo ahora está organizado para consentir la reproducción de la especie, mientras que en la patria futura habrá unión sin generación.
El descubrimiento ocurrido en el siglo pasado de la igual dignidad y complementariedad recíproca entre hombre y mujer está ligado al descubrimiento de que el espíritu humano, a diferencia del espíritu angélico, es sexuado. Hasta entonces se había homologado el espíritu humano al angélico y se creía que la diferencia sexual dependía solo del cuerpo. Distinguiendo en la naturaleza humana individuo y especie y pensando que el sexo fuese solo algo material, el sexo era reconducido a la individualidad física y se creía que no fuese algo específico.
Pero puesto que la mujer ya a partir del medioevo había hecho entender que tenía una propia espiritualidad, diversa de la masculina, y por ciertos aspectos superior, hemos llegado a la conclusión de que la diferencia sexual humana no concierne solo ni principalmente a la animalidad, o sea a la generación física, sino que tiene una raíz espiritual y produce una generación espiritual. Existe, es decir, un alma espiritual masculina y un alma espiritual femenina.
Esto nos ha conducido a aclarar la naturaleza de la sustancia espiritual. Esta distinción está ciertamente ligada con el sexo animal, el cual condiciona la diferencia entre las dos almas. Pero ellas son por sí mismas creadas por Dios con esta diferencia. Dios crea un alma masculina para un cuerpo masculino y un alma femenina para un cuerpo femenino.
Hemos comprendido que si entre un individuo y otro en el campo material hay solo una diversidad y no una diferencia específica, porque la individuación proviene de la materia, entre el alma de María y la de Paola o entre el alma de Pablo y la de Juan hay solo una diversidad dependiente de la individualidad física. Pero entre el alma del hombre y la del mujer hay una diferencia específica donde lo físico no entra para nada y estamos en el campo del espíritu.
El ángel es asexuado no por el solo hecho de ser un espíritu, sino porque es un espíritu sin cuerpo. Pero el espíritu humano, que Dios crea para que esté sustancialmente unido a un cuerpo animal, es creado por Dios diferencialmente sexuado para que sea conforme al sexo de su propio cuerpo.
La homosexualidad o la bisexualidad o el cambio de sexo son estados o actos o inclinaciones que suponen que el sujeto no tiene claro cuál es su verdadero sexo, teniendo en sí elementos y propensiones del sexo opuesto.
Esta situación anormal procura al homosexual o al transexual o al bisexual una condición psicológica y espiritual confusa y frustrante, porque impide la normal expresión de su personalidad, que sufre de un conflicto interior entre masculinidad y feminidad, e impide a su verdadero sexo su normal manifestación y satisfacción. El remedio a esta situación consiste en la puesta en evidencia de su propio verdadero sexo y en la eliminación de los elementos y de las pulsiones del sexo opuesto.
La sexualidad humana, a diferencia de la animal, entra en el horizonte de lo divino y adquiere un carácter sagrado en cuanto, sometida al espíritu y unida al espíritu humano, con el poder del Espíritu Santo, es hecha fecunda en el matrimonio y constituye en el cielo la modalidad del amor y de la unión del hombre con la mujer. De tal modo la sexualidad es consagrada y hecha partícipe de la vida divina sea en la modalidad de la abstinencia, como la virginidad, sea en la modalidad del ejercicio, como en el matrimonio.
Pero el destino del sexo humano no se cierra en los límites de la actual vida terrena. Cristo nos asegura que en el cielo no habrá matrimonio y no por esto no existirá aquella unión entre hombre y mujer que corresponde al plan originario de Dios creador. Cristo expresa esto con las palabras «serán como ángeles», que San Juan Pablo II ha tenido cuidado de explicar en el sentido de que el espíritu humano tendrá su máxima afirmación y gozará de la máxima libertad no en el sentido de estar privado del cuerpo como ocurre para el ángel, sino de tener pleno dominio de él.
De tal modo, en el cristianismo el ideal de la virginidad asume dos niveles: tenemos la virginidad de la naturaleza pura e inocente, que es la de Cristo y de la Virgen. Y tenemos la virginidad de la naturaleza caída y redimida, que es el voto de castidad de la vida religiosa y sacerdotal sobre esta tierra.
La virginidad de la inocencia pertenece solo a ellos dos, nuevo Adán y nueva Eva, en cuanto exentos de la culpa original y unidos a Dios purísimo espíritu no sexuado, Cristo según la unión hipostática, María en cuanto esposa del Padre, fecunda de Espíritu Santo y Madre del Hijo.
Lo que en el hombre cambia, y puede y debe cambiar
y lo que no cambia y no puede y no debe cambiar
Respecto al tema que intento tratar hay que prestar atención a dos cosas: que en él hay algo inmutable y algo mudable. Hay un dato inmutable y determinado, creado y establecido por Dios, del cual debemos tomar nota y explicar tal como es. Y este dato es la naturaleza humana, compuesta de espíritu y sexo, con sus leyes y sus fines naturales y sobrenaturales.
Y hay un dato o una materia de por sí mudable, un algo que puede cambiar y de hecho cambia, un dato de hecho histórico y existencial, un algo que está a disposición de nuestras decisiones, objeto de un siempre mejor conocimiento y práctica, un algo accidental o contingente o temporal que puede ser plasmado, determinado, enriquecido, suprimido o cambiado por nuestra voluntad, objeto de nuestras elecciones.
Pero ¿qué cosa, cómo, dónde y cuándo debe cambiar? ¿Y dentro de qué límites o a cuáles condiciones? ¿Con qué criterios? ¿Sobre la base de cuáles principios? Este es el vastísimo campo del obrar donde debe ejercitarse la virtud de la prudencia que aplica los principios y pone en práctica las leyes en la infinidad de los casos particulares.
Es aquí donde aparece el grave error de Rahner, que es el de creer que la naturaleza humana no sea un algo predefinido a nuestras elecciones, sino una materia a nuestra disposición que podemos plasmar como mejor nos guste. Es un error gravísimo, porque en realidad nuestra naturaleza es creada por Dios con las propiedades y facultades precisas y determinadas por Dios mismo proyectadas y queridas.
En la ética de Rahner el hombre usurpa y reclama para sí un poder constructivo y creador que pertenece solo a Dios: aquel de dar forma a la naturaleza humana, aquel de fijar su esencia, con el pretexto de la libertad. Pero aquí la libertad no tiene nada que ver. La libertad es el poder realizar o alcanzar libremente los fines de nuestra naturaleza, fines evidentemente preexistentes a nuestra voluntad, fines que debemos dar por supuestos a nuestras elecciones. Nuestra acción libre debe solamente obedecer a los mandatos divinos, alcanzar los fines, satisfacer las necesidades y las exigencias, obrando libremente y creativamente dentro del espacio consentido por aquellos valores, no establecerlos ella como mejor le plazca.
Nuestro deber, por tanto, y nuestra felicidad son ante todo los de conocer objetivamente los caracteres esenciales de nuestra naturaleza y de nuestro destino sobrenatural, y sobre la base de ellos ejercitar convenientemente las facultades, obrar con la ayuda de la gracia nuestras elecciones, acoger los dones del Espíritu, quitar los pecados, aumentar las virtudes, añadir nuevos elementos, ornamentos o complementos convencionales o artificiosos, modificar lo modificable y determinar lo determinable.
Así por ejemplo la sexualidad no es una simple materia amorfa acerca de la cual nos esté permitido establecer y fijar nosotros a nuestro gusto formas y determinaciones. No es verdad, como dice Rahner, que la naturaleza humana sea infinitamente plasmable. Lo es solo dentro de aquellos límites dentro de los cuales puede obrar nuestro libre albedrío. Y quien intenta en cambio obrar o modificar allí donde es Dios quien obra y decide, es castigado por la rebelión de la misma naturaleza.
Así debemos decir que el sexo es una formación viviente creada por Dios —«varón y mujer los creó»— con sus propias características esenciales e inmutables, de masculinidad y feminidad. La felicidad sexual y por consecuencia la espiritual la obtenemos solo aceptando el sexo tal como Dios lo ha querido y actuando sus finalidades queridas por Dios. El único cambio en el sexo querido por Dios es el paso del sexo generativo de la vida presente al sexo unitivo del futuro estado de gloria. La abstinencia sexual ascética y el uso del sexo en el matrimonio son las dos vías queridas por Dios, la primera más breve que la segunda, para aquellos que son llamados, para subir a la gloria celeste.
La naturaleza humana es por tanto algo bien preciso, determinado y unívoco, aunque ciertamente el espíritu humano esté abierto a la totalidad del ser; pero ella no es por sí misma mudable ni plasmable por el hombre, aunque él pueda y deba actuar sus facultades. Sin embargo no está en nosotros mutarla o cambiarla en su esencia.
Ni siquiera Dios mismo la cambia, sino que la conserva y la protege como bien precioso por Él sumamente amado. Ella puede corromperse, pero Dios la salva y la restituye. Nosotros podemos solo aportar a ella cambios ocasionales, accidentales y temporales, que tocan justamente su aspecto de mutabilidad, o sea su obrar y su padecer, sus hábitos, sus condiciones físicas, psíquicas y morales, sus cualidades, particularidades y dimensiones accidentales y transitorias.
La naturaleza humana tiene límites y confines esenciales delimitados y fijos, para nosotros infranqueables, si no somos elevados más allá de nosotros mismos por aquella misma potencia divina que nos ha creado; confines que, si nosotros no respetamos, nos convertimos en seres anormales y monstruosos.
En cambio el espacio de acción que nos es consentido da origen a un indefinido pluralismo de comportamientos, que está en la base de las varias culturas, una maravillosa diversidad que llega hasta la diversidad entre individuo e individuo, donde cada uno tiene modo de hacer fructificar los talentos recibidos. Esta es la conducta que puede ser determinada por nuestras decisiones, un campo donde nos es consentido hacer todo aquello que queramos, un campo, sin embargo, cuyos límites no pueden ser sobrepasados sin causar daño a nosotros mismos y a los demás.
El argumento del cual trato debe entonces ser considerado y estudiado desde dos puntos de vista diversos: con el ojo del teólogo moral y con el ojo de la teología pastoral. La teología moral considera el obrar humano y cristiano en sí mismo, basado en la naturaleza humana elevada por la gracia y destinada a la vida eterna. Este es el campo de la inmutabilidad y de la universalidad.
El teólogo pastoral, de cuya doctrina se vale el pastor de almas y la guía de la comunidad cristiana, considera el obrar de la persona en cuanto dotada de libre albedrío, capaz de tomar decisiones concretas, dentro de un determinado ambiente o contexto histórico, familiar o social, con determinados condicionamientos psíquicos, económicos o políticos, sujeto capaz de autodeterminarse en el obrar dentro de un determinado espacio o un horizonte abierto a diversas chances o posibilidades, progresando en la adquisición de la virtud y de la santidad. Este es el campo del devenir, del desarrollo, de la variabilidad y diversidad y de la pluralidad.
El cristiano, por tanto, por una parte está vinculado a deberes inderogables, debe obedecer a una ley natural universal e inmutable, pero por otra tiene la facultad y el deber de aplicar esta ley en diversos modos en el espacio y en el tiempo, actuando siempre mejor aquel estupendo cometido que Dios le ha asignado de obrar como hijo de Dios a imagen del Hijo divino Jesucristo.
El hecho de que la naturaleza humana esté bien definida, delimitada y regulada por precisas leyes morales, universales e inmutables no quiere decir, como teme Rahner, que el obrar humano sea determinista, puramente instintivo, o deba estar orientado ad unum como el de los animales, o ser monótonamente repetitivo como el de las máquinas. Al contrario, el hombre tiene delante de sí un espacio de acción y de libre elección, de inventiva y de creatividad, donde, aunque no siempre le sea posible, puede y debe decidir libremente aquello que prefiere. Pero este obrar, para ser benéfico y legítimo, sin transgredir los mandamientos divinos, no debe traspasar los confines establecidos por la recta razón y por la fe, por el derecho y por la justicia, por la ley natural y divina, si no quiere fallar al sentido y al valor de su vida.
Si consideramos cómo la humanidad ha vivido hasta ahora la relación del espíritu con el sexo registramos ciertamente una evolución de la costumbre: de una orientación dualista y rigorista de tipo platónico y de una concepción de la mujer como sujeta al varón, hoy, a la luz del dato bíblico mejor interpretado, logramos mejor que en el pasado conciliar el espíritu con el sexo y entender cómo varón y mujer no deben engañarse recíprocamente o mirarse con desconfianza, sino completarse el uno al otro en pie de igualdad, en un mutuo servicio y ser una sola cosa para el bien y el crecimiento de la sociedad y de la Iglesia.
Este progreso de la costumbre moral no ha comportado sin embargo ninguna alteración en la naturaleza humana o en la ley moral, sino que se ha tratado simplemente de una mejor realización de las exigencias y de los fines de la naturaleza establecidos por Dios.
Es importante entonces entender y distinguir en el tema que estamos tratando cómo en general aquello que en el hombre, en la conducta humana y en la norma moral es inmutable y aquello que puede cambiar, aquello que vale para todos y aquello que está remitido a la iniciativa de cada uno, aquello que es estático y aquello que es dinámico, cuándo se debe obedecer y cuándo se puede obrar autónomamente, conciliar la fidelidad al deber con el progreso moral, evitar el conservadurismo como el modernismo, la rigidez como el laxismo.
Es necesario además distinguir la libertad de la licencia, aquello que es determinado y aquello que es indeterminado, qué cosa el hombre puede cambiar y qué cosa debe respetar tal como es, aquello que es libre y aquello que es necesario, aquello que es deber de todos y aquello que es facultad de cada uno. Todo esto es signo de aquella sabiduría moral que asegura al hombre la eterna felicidad.
El teólogo considera la naturaleza humana en sí misma, sus finalidades, las normas fundamentales del obrar basadas en la ley natural, los estados de la naturaleza humana desde el estado edénico hasta el glorioso escatológico, la condición del hombre elevado al estado de gracia como hijo de Dios llamado a la posesión de la vida eterna en la patria celestial.
Fin de la primera parte (1/5)
P. Giovanni Cavalcoli
Fontanellato, 26 de diciembre de 2025
Notas
¹ El texto original del padre Giovanni Cavalcoli, en italiano, puede hallarlo el lector en el siguiente enlace a su blog: https://padrecavalcoli.blogspot.com/p/lo-spirito-e-il-sesso-prima-parte-15.html
__________
Anexo
Como he venido haciendo en las partes anteriores, sintetizo el texto del padre Giovanni Cavalcoli, a modo de subsidio pedagógico para los estudiantes de filosofía y teología, así como para los lectores en general, transcribiendo las ideas principales según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino. Ofrezco esta transcripción en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechada no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas.
Articulus unicus
Utrum spiritus et sexus in natura humana possint conciliari
secundum ordinem divinum naturae et gratiae
Ad hoc sic proceditur. Videtur quod spiritus et sexus in natura humana non possint conciliari.
1. Quia Apostolus loquitur de conflictu inter spiritum et carnem, quod videtur indicare oppositionem irreconciliabilem.
2. Praeterea, secundum nonnullos auctores modernos, natura humana esset infinite plasmabilis, et sexus materia subiectivae autodeterminationi obnoxia, quod repugnat harmoniae obiectivae.
3. Item, quidam rigoristae tenent castitatem exigere negationem sexus, quasi repressio eius sit condicio dominationis spiritualis.
4. Praeterea, experientia hodierna ostendit voluptatem sexualem plus allicere quam gaudia spiritualia, ita ut haec duo se invicem excludere videantur.
Sed contra est quod dicitur Gen 1,27: “Masculum et feminam creavit eos”; et Rom 8,14: “Quicumque spiritu Dei aguntur, hi sunt filii Dei”. Ergo sexus, a Deo creatus, ordinatur ad spiritum, et per gratiam elevari potest.
Respondeo dicendum quod natura humana, prout a Deo creata est, constituitur ex unitate substantiali spiritus et corporis sexuati. Haec unitas, initio harmonica, vulnerata est per peccatum, unde spiritus et sexus, qui amici erant, facti sunt quasi inimici. Tamen haec oppositio non est essentialis, sed accidentalis, et per gratiam sanari potest.
Distinctio Paulina inter pneuma, psyché et soma respondet distinctioni Aristotelicae inter animam intellectualem, sensitivam et vegetativam. Nus Aristotelis, qui est supra psyché, idem est ac pneuma apud Apostolum, et declarat primatum spiritus supra carnem. Hic tamen primatus non importat contemptum animalitatis, quae est pars naturalis et inseparabilis hominis, sed potius eius ordinationem ad bonum totius.
Sexualitas humana, dissimilis ab animali, intrat in horizontem divinum, et sacrum induit characterem, cum, spiritui subiecta et ei coniuncta, virtute Spiritus Sancti redditur fecunda. Sic in matrimonio actus coniugalis exprimit et confirmat unionem coniugum; in virginitate autem consecrata, sexus offertur Deo ut signum eschatologicum.
Natura humana est quid determinatum, cum limitibus essentialibus fixis et inviolabilibus. Non est in potestate hominis suam essentiam immutare, sed tantum facultates suas exercere intra ordinem a Deo statutum. Libertas non consistit in creatione naturae, sed in adimpletione finium eius per rectam rationem et auxilio gratiae.
Ergo, conciliatio inter spiritum et sexum non solum possibilis est, sed etiam necessaria. Haec autem fit, cum sexus accipitur secundum ordinem a Deo institutum, et ad fines suos ordinatur: ad unionem et fecunditatem in matrimonio, vel ad oblationem virginalem in vita consecrata. Sic homo spiritualis est ille qui, Spiritu Sancto ductus, carnem spiritui subicit, et vivit ut filius Dei.
Ad primum dicendum quod conflictus de quo loquitur Apostolus non est inter substantias, sed inter spiritum gratia elevatum et carnem concupiscentia inclinatum. Non est oppositio essentialis, sed moralis inordinatio, quae per virtutem superari potest.
Ad secundum dicendum quod natura humana non est materia informis voluntati subiecta. A Deo creata est cum proprietatibus et finibus determinatis. Libertas non consistit in redefinitione essentiae, sed in operatione secundum eam.
Ad tertium dicendum quod castitas non est negatio sexus, sed eius integra ordinatio secundum virtutem. Rigorismus, qui castitatem cum repressione identificat, ignorat valorem positivum sexus ad amorem et donationem ordinati.
Ad quartum dicendum quod praevalentia voluptatis sexualis supra spiritum est effectus amissionis virtutis temperantiae. Sapientia moralis docet passiones moderari, subiciendo sexum spiritui, et spiritum Deo, ad veram beatitudinem assequendam.
J.A.G.

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