lunes, 12 de enero de 2026

El Dios Trinitario (4/7)

¿Es posible afirmar la unidad de Dios sin negar la distinción real de las Personas divinas? ¿Puede la razón aceptar el misterio trinitario sin caer en contradicción? La cuarta parte del ensayo del padre Giovanni Cavalcoli muestra cómo la distinción entre persona y naturaleza constituye la clave para comprender, en lenguaje escolástico, la inteligibilidad del misterio de la Trinidad. [En la imagen: detalle de un Icono ortodoxo que representa el Primer Concilio de Nicea, reunido en el año 325].

El Dios Trinitario
El dogma de Nicea y el dogma de Calcedonia
Cuarta Parte (4/7) ¹ 

2° parte – Determinaciones ontológicas  

La problemática que surge de los dos dogmas ²

Que Dios sea uno no presenta demasiada dificultad ante la razón. No es difícil refutar el politeísmo o la idolatría. Pero lo que nos resulta difícil es cómo sea posible que Dios, o la persona divina ontológica o monádica (la singularis substantia de la cual habla el Concilio Vaticano I, Denz. 3001), sea una sola naturaleza divina en tres personas objeto de revelación divina.
Lo cual quiere decir que ese mismo Dios, que, como enseña el Decreto Nostra aetate del Concilio Vaticano II, nosotros cristianos adoramos junto con los judíos y los musulmanes, es Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo.
Cristo nos ha revelado que Dios no sólo crea, sino que es Padre que engendra un Hijo, que es Dios, y espira un Espíritu que es Dios. Se plantea entonces la cuestión de saber qué es y cómo sea posible esta generación y esta espiración y cuál diferencia haya con la creación. ¿Dios engendra a otro Dios y espira a otro Dios? No. Es una persona divina, el Padre, que engendra la persona del Hijo y espira la persona del Espíritu, espirado también por el Hijo.
Ahora bien, que un padre engendre un hijo no nos resulta difícil. Que el Espíritu Santo sea una persona tampoco nos resulta difícil: todas las religiones conocen la existencia de puros espíritus. Sin embargo, Mahoma objeta: ¿cómo hace un Dios puro espíritu para engendrar? ¿No le haría falta una esposa? San Juan explica entonces que el engendrar en Dios no debe explicarse con la categoría de la sexualidad, como en las mitologías paganas, sino con la categoría del pensamiento: el Hijo es el Logos, el Diseño, el Pensamiento, la Idea, el Proyecto, el Plan, la Razón, el Concepto, la Autoconciencia, la Palabra del Padre.
Pero este engendrar y espirar, ¿qué es? ¿Una acción? ¿Un producir? ¿Un causar? No. La acción y el producir comportan un efecto distinto del agente, un individuo distinto del productor, de la causa. En cambio, Jesús, para indicar su origen del Padre, dice: «yo he salido del Padre». Es lo que la Iglesia llama «procesión» (ekpóreusis).
Ahora bien, entre nosotros efectivamente el hijo es de la misma naturaleza, sí, pero de la misma naturaleza específica del padre, no de la misma naturaleza individual. En cambio, la única sustancia divina singular del Hijo, es decir, la divinidad, es la misma e idéntica (*omos*) que la del Padre: el Hijo es consustancial (consubstantialis, omoúsios) al Padre. El Hijo divino es la misma única sustancia singular o naturaleza divina que la del Padre.
Es necesario entonces formar un concepto de persona y de naturaleza de tal modo que el contenido del dogma no parezca un absurdo y no cause escándalo. La Biblia nos impulsa a la justicia y no al pecado. Y quien se complace en encontrar allí un absurdo, debería darse cuenta de que es un blasfemo y que crucifica a Cristo otra vez. Él mismo que nos ha dicho que nuestro hablar debe ser sí, sí; no, no.
En sustancia, es necesario comprender mejor qué entiende la Escritura con el concepto de persona o de naturaleza o de sustancia. Los Padres de los dos Concilios de Nicea y de Calcedonia no han sometido en absoluto las nociones bíblicas a la filosofía de Aristóteles, como creen los protestantes, sino que han utilizado algunos conceptos de Aristóteles adaptándolos a lo que la Biblia quiere enseñarnos acerca del concepto de naturaleza y de persona.
El principio de no-contradicción no vale sólo para nosotros, como creía el Cusano y como parece creer Dionisio el Areopagita, sino ante todo para Dios, porque Él mismo lo ha establecido desde la eternidad al concebir el Logos, en el cual, como dice San Pablo, no hay el sí y el no, sino sólo el sí. Tertuliano dijo entonces una enorme necedad con su credo quia absurdum, mientras que Santo Tomás refleja la sabiduría divina cuando dice credo quia est credibile. El escándalo de la Cruz no es escándalo para quien se salva, sino para quien se pierde. Y escandalizar a los pequeños, es decir, a los humildes, a los honestos y a los leales, como sabemos, es castigado por Cristo con la máxima severidad.
El gran problema que se planteó después de Nicea ya no fue el de la divinidad de Cristo, sino cómo Cristo podía ser uno si tenía dos naturalezas. Era el problema de la persona de Cristo: ¿divina o humana? Si, por tanto, Nicea aclara en Cristo el concepto de sustancia (usía), correspondió a Calcedonia aclarar el concepto de persona (hypostasis).
Pío XII, en la encíclica Rex sempiternus de 1951, publicada para conmemorar el XXV centenario del dogma calcedonense, señaló cómo el dogma calcedonense fue contrastado por dos herejías opuestas y fundamentales: la de Eutiques, que confunde las naturalezas, y la de Nestorio, que hace de Cristo dos personas.
Así, Eutiques reconoce que Cristo es una sola persona divina, pero la divinidad se muta o se empequeñece o se materializa en la humanidad. Parece anticipar lo que será el «Dios contraído» o «complicado» del Cusano. El monofisismo eutiquiano conduce al docetismo por el hecho de que la naturaleza humana de Cristo no es una sustancia distinta de la sustancia divina, sino una aparición finita de la divinidad. La humanidad de Cristo es como una teofanía, como los rayos del sol divino o la transparencia de Dios. O bien el Logos se convierte en mundo, casi anticipando al Cristo cósmico de Teilhard de Chardin.
Nestorio reconoce la Persona del Verbo, pero ésta no da subsistencia a la naturaleza humana de Cristo. Ella está contenida en la persona humana de Cristo. Algo semejante reaparecerá en Schillebeeckx, el cual dice que Cristo es hijo de Dios como hombre, creado por el Verbo divino preexistente y presente en él. Por esto, para Schillebeeckx no se debe decir que Cristo es Dios, sino que Dios está en Cristo.
La herejía de Arrio fue la primera en aparecer y representa la dificultad que tenemos para creer que Jesús sea Dios. Esta dificultad reaparece hoy en Schillebeeckx, el cual niega la divinidad de Cristo. Dice que es un título propagandístico inventado por la comunidad primitiva, pero que Cristo nunca se lo atribuyó. Schillebeeckx considera a Cristo simplemente como el «profeta escatológico» y mártir de la justicia, algo que se aproxima a lo que Mahoma piensa de Cristo, con la diferencia notable de que Mahoma considera a Cristo simplemente como un precursor suyo.
El arrianismo hoy ha vuelto más que nunca y se configura como concepción del hombre entendido como autotrascendencia que, aun en un esfuerzo continuo (Trieb), no alcanza la identidad con Dios, y sin embargo, como dice Rahner, tiende a Dios «asintóticamente».
Algo semejante se encuentra ya en Fichte, queriendo mantener la trascendencia divina, que procura distinguir la finitud humana de la infinitud divina. Sin embargo, Fichte no se da cuenta de que su «yo» fundador de la ciencia, yo que se pone a sí mismo, de origen cartesiano, llevado a las últimas consecuencias, no podía no conducir al panteísmo.
Y es precisamente partiendo del yo fichteano que Schelling y Hegel eliminarán la diferencia entre la naturaleza humana y la naturaleza divina, de modo que Schelling fundará la llamada «filosofía de la identidad» de sujeto y objeto, de ideal y real, de naturaleza y espíritu, de pensamiento y ser, con referencia a Bruno y a Spinoza, mientras que Hegel, con referencia a la cristología trágica y kenótica de Böhme, habla de unidad de la naturaleza humana y de la naturaleza divina. Por el contrario, la verdad de la Encarnación comporta no la unidad, que es confusión, sino la unión, que salva la distinción.
La unidad se opone a la pluralidad. En cambio, en el caso de Cristo hay una pluralidad y por tanto la unión de dos distintos que permanecen distintos. Es decir, las dos naturalezas no se mutan una en la otra; no se confunden entre sí, como creía Eutiques. La naturaleza humana no es el simple aparecer de la naturaleza divina, como creían los monofisitas docetistas.
Arrio intentó interpretar la divinidad de Cristo contra los ebionitas, que veían en Jesús sólo al hombre, amante de los pobres, mártir de la verdad, maestro de justicia, sumamente santo y agradable a Dios. Pero nada más. El error de Arrio fue partir no de un concepto bíblico, unívoco, de divinidad, sino del concepto platónico-plotiniano, que es analógico. Por eso decía que Jesús es omoios al Padre, es decir, semejante, así como el analogado inferior es semejante al sumo analogado. El Concilio de Nicea dirá: no semejante, sino de la misma sustancia del Padre: omos, lo mismo.
El arrianismo no ha muerto. Existen hoy varias formas de arrianismo que elevan al hombre a lo divino sin hacerlo Dios: por ejemplo, el superhombre de Nietzsche, la antroposofía del «cuerpo astral» de Rudolph Steiner, el humanismo metafísico jerarquizado de René Guénon, el humanismo de la gracia intrínseca como plenitud humana de Henri de Lubac.
Pío XII señaló en la encíclica que he citado las dos herejías fundamentales: la de Eutiques, para el cual la naturaleza divina sufre y muta convirtiéndose en naturaleza humana, error que reaparece hoy en el historicismo de Hegel, Kasper y Forte; y la concepción de Cristo como persona humana habitada por Dios, la herejía de Nestorio, que reaparece hoy en Schillebeeckx y en la teología de la liberación. Tenemos además un resurgir de monofisismo docetista, que es aquella cristología que se inspira en el monismo parmenídeo, que se expresa en Giuseppe Barzaghi con la mediación de Severino.
   
La persona ³ y la naturaleza

El dogma cristiano, al hacer inteligibles y no contradictorios los misterios de la Trinidad y de la Encarnación en los dos dogmas cristológicos de Nicea y de Calcedonia, ha utilizado dos nociones: la de persona (hypostasis, subsistentia) y la de naturaleza (usía, fysis, natura, essentia, substantia).
El problema era cómo conciliar el hecho de que Cristo es uno y dos, mientras que la Trinidad es una y tres. Para evitar la contradicción era evidentemente necesario utilizar dos conceptos distintos, de modo que se pudiera decir que Cristo es uno como persona y dos desde el punto de vista de la naturaleza, y así, de manera semejante, la Trinidad es una desde el punto de vista de la naturaleza y tres desde el punto de vista de la persona. ¿Cuál diferencia, entonces, hay entre la naturaleza y la persona?
La Biblia nos ofrece una noción de persona y de naturaleza de una elevación tal, como la filosofía nunca había sido capaz de alcanzar. Como decía justamente mi docente de filosofía teórica en la Universidad de Bolonia, Teodorico Moretti-Costanzi, es el cristianismo el que nos revela la altísima dignidad de la naturaleza y de la persona.
Pensemos en lo que es para la Escritura la persona humana, la persona angélica y la Persona divina, tanto en sentido monoteísta como en sentido trinitario. Pensemos en lo que la Biblia nos dice sobre la naturaleza humana de Cristo, la naturaleza humana en el Edén, la naturaleza redimida por Cristo y elevada a la gloria futura. Se dice a menudo que la Iglesia ha utilizado categorías proporcionadas por Aristóteles o por Platón.
Es verdad. Pero ha utilizado más, y esto es lógico, las categorías proporcionadas por la misma Escritura. Es algo penoso que los diccionarios bíblicos o las enciclopedias de la Biblia, ricos en una infinidad de datos y detalles históricos y positivos, aterrorizados por las «categorías griegas» y fanáticos de los semitismos, no sean capaces de ofrecernos una explicación decente del significado bíblico del concepto de naturaleza y de persona, cosas mucho más importantes de saber que cómo eran las monedas egipcias, cuáles son los ídolos de Mesopotamia o las armas de los fenicios.
El misterio más alto de la persona es la Persona Trinitaria. Para la Escritura la persona es un sujeto —un supuesto, como se dice en el lenguaje escolástico— espiritual que está en la cima del ser. Es el ser en su más alta perfección. Pero esta perfección tiene tres grados ascendentes: partiendo desde abajo tenemos la persona humana, que es una sustancia singular subsistente de hecho y no de derecho, individuo de la especie o naturaleza humana, animal racional, compuesto de espíritu y cuerpo, capaz de entender y de querer, con acto de ser contingente y creado. La persona humana es el individuo de una especie, individuo que tiene una esencia en acto de ser.
Persona suprema es la persona divina, una singular sustancia espiritual, cuya esencia o naturaleza es la de ser el ser subsistente, en el cual la esencia coincide con su ser. Dios no es sólo una esencia subsistente, sino que es su mismo ser subsistente. En esta cualidad de ser subsistente, no lo es sólo de hecho, sino también de derecho y por esencia, necesariamente.
La criatura, el universo entero, la misma humanidad de Cristo, si Dios hubiera querido, habrían podido no existir. Dios, en cambio, no puede no existir, porque es el ser absoluto, inmenso, necesario e infinito. Él no existe de modo contingente, no es causado como el hombre y el ángel, sino que existe necesariamente y por esencia.
Dios no existe porque quiere o ha querido existir; su existir no es efecto de una elección, como creía Schelling, ya que para querer es necesario existir, y un ente, fuese Dios mismo, para querer debe primero existir. Aun admitiendo y no concediendo que Él no quisiera existir, no puede, porque Él es el ser absoluto y eterno. No se elige lo necesario, se elige lo contingente.
No tiene sentido una voluntad sin previo sujeto que quiera o una pura voluntad que quiera al sujeto volente. El sujeto debe existir antes y no después del acto de querer. Que en Dios ser y querer se identifiquen, de acuerdo, aunque se trate de dos nociones distintas; que Dios en su voluntad se complazca y goce de sí mismo es cierto. Pero es absurdo pensar que haya querido su propio ser o que su existir sea el efecto de su querer.
Prosiguiendo en nuestro análisis, decimos que, según la fe, la persona divina no es sólo ser subsistente, sino también relación subsistente: la Persona trinitaria. Dios Padre emana de sí, o hace proceder de Sí, en identidad de naturaleza e igualdad de majestad, dignidad y potencia, dos Personas: Dios Hijo y Dios Espíritu. Puesto que las Personas se distinguen por el origen, y el Hijo y el Espíritu originan del Padre, el Espíritu procede también del Hijo para ser distinto del Hijo.
Una pregunta que quizá podríamos plantearnos es la siguiente: ¿por qué proceden del Padre dos Personas y no una o tres? No lo sabemos; es objeto de fe, no de razón; pero podríamos aportar algún motivo de conveniencia tomado de lo creado. La tríada se encuentra también en lo creado: el ser, el pensar y el querer en el espíritu. Siempre en el espíritu tenemos la circularidad de su movimiento, que es la autoconciencia: la tríada posición, salida y retorno. En lógica tenemos: la premisa mayor, la menor, la conclusión. En el movimiento tenemos el principio, el medio y el fin.
Además, ¿por qué emanan dos Personas? Porque pueden ser representadas por el entender y el querer. Obviamente se trata sólo de conveniencias, que nada tienen que ver con una demostración; sin embargo, nos ayudan a aceptar el misterio.
Observemos además que el Espíritu que procede del Hijo es la fuente del carisma petrino. Por esto los Ortodoxos, que niegan el Filioque, están privados del beneficio que viene del carisma petrino. Los protestantes están en una situación aún peor: puesto que rechazan también los dones jerárquicos que provienen del Espíritu que procede del Hijo, están privados también de los beneficios que provienen del sacerdocio.
Preguntémonos ahora: en Dios, ¿qué relación hay entre la sustancia o la naturaleza y la relación? O, en otras palabras: ¿qué relación hay entre la persona monádica, es decir, el Dios uno, y la Persona trinitaria? A primera vista las Tres Personas parecerían ser tres modos de ser o de subsistir o propiedades de la única naturaleza o sustancia, de la única persona monádica, es decir, del Dios uno. Sin embargo, la sustancia o naturaleza no es el sujeto de las Tres Personas, como si ellas se añadieran como el accidente se añade a la sustancia, porque las Personas son Dios y Dios es las Tres Personas. Ellas se identifican con el ser mismo de Dios, aunque entre sí sean realmente distintas. Son tres subsistencias idénticas a la subsistencia de la naturaleza. No tienen un ser distinto de la naturaleza, sino que son un único ser, Dios, con la naturaleza divina.
En la Biblia tenemos un concepto de sustancia o naturaleza de una densidad ontológica que supera cuanto la filosofía había concebido antes de la revelación bíblica. El concepto de creación nos lleva a ver en la sustancia creada, al mismo tiempo, su dignidad, en cuanto obra divina, y su nada, en cuanto creada de la nada. Ante todo distinguimos naturaleza y sustancia. La naturaleza o esencia es aquello por lo cual el ente es tal ente. La sustancia es el sujeto de la naturaleza, aquello que tiene una esencia en acto de ser. La sustancia es singular. La naturaleza es un universal, que se concretiza en la naturaleza individual. Desarrollaremos esta distinción más abajo.
Cualidad del espíritu y, por tanto, de la persona, es la de reflexionar sobre sí mismo. La autoconciencia está presente en todos los tres grados de la personalidad. En el hombre la autoconciencia se realiza después del conocimiento de las cosas mediante los sentidos. Cumplido este acto, tomamos conciencia de lo que hemos conocido y del mismo acto de nuestro intelecto que ha servido para conocer aquellas cosas. Una vez tomada conciencia de este acto, podemos llegar a ser conscientes de nuestro yo que ha cumplido ese acto. El yo entonces emerge a la conciencia. Jesús tenía dos yo: un yo humano y un yo divino. El yo humano, como la naturaleza humana, subsistía gracias a la unión hipostática con la Persona divina. Los idealistas, con su teoría del yo empírico y del yo trascendental, han imitado torpemente el misterio de los dos yo de Cristo en la unidad de la Persona divina.
   
Tres Personas y una sola naturaleza
   
¿Cómo distinguir entre sí a las Personas si son un mismo Dios? ¿Si poseen las tres la misma naturaleza divina? Una respuesta que podría venir espontánea es la de compararlas con tres individuos de la misma especie divina. Sin embargo, Dios no es una especie que tenga bajo sí individuos, sino que es Él mismo un individuo: «una singularis substantia», como enseña el Concilio Vaticano I.
La Iglesia entonces, en el Concilio de Florencia de 1442, pensó en distinguirlas no en base a la sustancia, porque de otro modo resultarían tres sustancias, es decir, tres dioses, sino en base a las relaciones que existen entre ellas, advirtiendo que cada Persona no tiene una relación con la otra, sino que es una relación subsistente. El Padre es una Paternidad subsistente. El concreto coincide con el abstracto. Esto es evidentemente imposible en nosotros, porque cada uno de nosotros no es la humanidad, sino simplemente un individuo humano, un individuo de la especie.
Pero la primera cosa que la Iglesia sintió el deber de hacer respecto a los datos de la fe, antes aún de cómo distinguir las Personas entre sí, ha sido la de definir la identidad de Cristo. Así ha sucedido que el Concilio de Nicea del 325 definió la divinidad del Hijo y del Padre. El Concilio de Constantinopla del 381 definió también la divinidad del Espíritu Santo. Dicho Concilio elaboró el Credo o Símbolo Niceno-Constantinopolitano que todavía proclamamos en las Misas festivas. En 1014 Benedicto VIII introdujo el Filioque.
Otra consideración que hacer es que Dios sea persona en cuanto sustancia espiritual es demostrable por la razón. Que en Dios haya tres personas lo sabemos, en cambio, sólo por la fe, sobre la base de lo que Cristo nos revela, sobre todo en el Evangelio de Juan. Cristo nos habla también de la inhabitación de la Trinidad en el alma.
Reflexionando sobre la enseñanza de Cristo acerca del Dios Trinitario, la Iglesia comprendió que no podía concebir las tres personas como sustancias, de otro modo habrían resultado tres Dioses, sino que advirtió que la Persona divina puede ser concebida sólo como relación subsistente. La esencia del Padre, por ejemplo, no está en el hecho de tener una relación con el Hijo, así como en la persona humana la persona está distinta de su relación con el relacionado, sino que el ser Padre se resuelve en la relación de paternidad.
Ahora bien, una dificultad que encontramos en el análisis del misterio trinitario es cómo sea posible que tres Personas distintas tengan el mismo intelecto y la misma voluntad como potencias de la única naturaleza o sustancia divina. Nos resulta difícil excluir que entre las tres Personas exista, como sucede entre nosotros, un diálogo, un intercambio y una confrontación de ideas y de voluntades. Las dos voluntades las encontramos sólo en el Dios encarnado: la voluntad humana de Jesús y la voluntad del Verbo, que es la misma que la voluntad del Padre, uno con el Hijo en la sustancia divina. La confrontación entonces es entre la voluntad humana de Jesús y la voluntad de la Trinidad.
Es necesario recordar, en efecto, que las Personas divinas no son personas como nosotros, que tenemos entre nosotros relaciones voluntarias que pueden existir o no existir, sino que las Personas divinas son simplemente Relaciones que no expresan dinamismo espiritual, no sugieren la idea de posibles elecciones en un sentido o en el otro, sino que son relaciones ontológicas estructurales inmutables, semejantes a lo que sucede entre nosotros en la relación natural-biológica entre padre e hijo.
Ciertamente, uno se pregunta: ¿qué es de la acción de tales Personas? ¿Qué hace el Padre? ¿Qué hace el Hijo? ¿Qué hace el Espíritu? Su acción es la acción divina, ya que el querer y el obrar es el de la divinidad, que ellas tienen en común. Las Personas divinas no son personas en el sentido en el cual entendemos comúnmente la persona, tanto que uno podría preguntarse: ¿cómo puede la Iglesia hablar de personas? Y sin embargo, ¿se puede acaso decir que en el Evangelio no se da noticia de la acción del Padre, del Hijo y del Espíritu? No hay duda, sólo que ellas actúan siempre juntas porque son un solo Dios.
Pero —nos viene hecho preguntarnos— ¿cómo es posible que ellas no tengan una conducta distinta la una de la otra? El problema es que nosotros estamos inclinados a entender las Personas divinas poniéndolas en comparación con la persona humana. Por otra parte, ¿a un sujeto que habla y cumple su voluntad cómo lo llamamos sino persona? Pero, por otra parte, ¿será jamás posible que los Tres no entiendan las mismas cosas y no quieran las mismas cosas? ¿No es Dios acaso uno? ¡No son tres Dioses!
El Concilio Vaticano I define a Dios o la naturaleza divina como «una singularis substantia». La persona es la subsistencia singular de una sustancia espiritual. Ya, por tanto, la razón natural descubre un Dios personal. Sin embargo, la persona trinitaria no es una sustancia, de otro modo tendríamos tres Dioses, sino una relación subsistente. Aquella relación que en nuestra persona es accidente de nuestra sustancia, en Dios es subsistente. Tema característico de la cristología moderna es la cuestión del Yo de Cristo ⁴.
Las tres Personas divinas son distintas entre sí en base al origen: el Padre es originante, pero no originado; el Hijo es originado y da origen al Espíritu. El Espíritu es originado del Padre y del Hijo, pero no es originante.
Los Orientales tienen dificultad en usar este criterio de distinción porque no es siempre evidente en el Nuevo Testamento, sobre todo en lo que respecta al origen del Espíritu Santo, que evidentemente se origina del Padre, pero no igualmente evidentemente se origina del Hijo. Para distinguir las Personas ellos se basan sobre todo en las diversas apropiaciones de cada Persona singular, cosas evidentes en el Nuevo Testamento.
Así terminan por confundir las propiedades con las apropiaciones. Pero éstas no son criterios suficientes de distinción, porque de por sí pertenecen a la naturaleza divina y no a la Persona. Por ejemplo, la Escritura apropia al Padre la omnipotencia y la providencia. Pero estos atributos pertenecen también al Hijo en cuanto Dios, por lo cual no son suficientes para distinguir al Hijo del Padre. Para distinguir se requieren las propiedades del Hijo en cuanto tal, es decir, el ser engendrado por el Padre.
Así también es necesario distinguir las procesiones de las misiones divinas. El Padre hace proceder de Sí al Hijo y al Espíritu. El Hijo espira al Espíritu. Estos son actos intratrinitarios que definen la Trinidad en sí misma independientemente de su relación y de la economía de la salvación. Estos actos esenciales existirían en Dios incluso si no hubiera creado el mundo. En cambio, las misiones son relativas al plan de la salvación y por tanto a la Encarnación del Verbo. Desde este punto de vista el Padre envía al Hijo al mundo y el Hijo envía al Espíritu en lo íntimo de los corazones a realizar toda perfección y toda santificación.
En lo creado existen estructuras triádicas que son imágenes de la Trinidad. Estas tríadas están fijas en el tres sin posibilidad de aumento o disminución numérica. En metafísica tenemos el ente compuesto de sujeto, esencia y ser. En el movimiento del espíritu tenemos la posición, la salida y el retorno. En la lógica formal la afirmación, la negación y la negación de la negación. En la lógica material la premisa mayor, la menor y la conclusión. En la persona el ser, el pensar y el querer; en el devenir el principio, el medio y el fin; en la extensión, el triángulo equilátero; en el espacio, la longitud, la altura y la profundidad; en el tiempo, el pasado, presente y futuro.
Los teólogos Klaus Hemmerle y Piero Coda ⁵ han considerado poder fundar una «ontología trinitaria» utilizando el dogma de las Tres Personas de la Trinidad. Pero no se han dado cuenta de que el hecho de que en Dios haya tres Personas es un dato divinamente revelado, que supera los límites de la razón metafísica, y que no puede ser objeto de la metafísica. El ente que es objeto de la metafísica es en cierto modo trino en cuanto compuesto de sujeto, esencia y ser. Pero esta tríada nada tiene que ver con las tres divinas subsistencias de la Santísima Trinidad.
Los conceptos utilizados por el dogma trinitario, acuñados expresamente para el dogma, pertenecen sólo al dogma, son de carácter suprarracional, y por tanto no pueden servir para construir una metafísica, que tiene por objeto sólo lo que entra en los límites de nuestra razón, sin con ello mismo falsificar los conceptos dogmáticos y por tanto falsificar el dogma tratándolo como si fuese una verdad racional y metafísica.
La Iglesia ha escogido y utilizado conceptos metafísicos como el de ente, unidad, ser, sustancia, subsistencia, esencia, naturaleza, relación, espíritu, persona, para explicar el misterio trinitario y mostrar cómo éste no contradice las exigencias de la razón. Pero esta operación conducida por la Iglesia no autoriza a los metafísicos a utilizar aquellos conceptos adecuados sólo para expresar el dogma, para inventar una «ontología trinitaria», que no es otra cosa que una profanación de lo que es sagrado y sagrado debe permanecer.
   
Fin de la cuarta parte (4/7)
   
Notas
   
¹ El texto original del padre Giovanni Cavalcoli OP puede hallarlo el lector en el siguiente enlace a su blog: https://padrecavalcoli.blogspot.com/p/il-dio-trinitario-il-dogma-di-nicea-e_10.html
² Óptima interpretación teológica de los dos dogmas en el tratado clásico de Joseph Scheeben, I misteri del cristianesimo, Editrice Morcelliana, Brescia 1960.
³ Umberto Degl’Innocenti, Il problema della persona nel pensiero di San Tommaso d’Aquino, Libreria Editrice della Pontificia Università Lateranense, Roma 1967.
⁴ Véase: Pietro Parente, l’Io di Cristo, Istituto Padano di Arti Grafiche, Rovigo 1981.
⁵ Antonio Livi, Vera e falsa teologia, Casa Editrice Leonardo da Vinci, Roma 2012, pp.236-247.

P. Giovanni Cavalcoli
Fontanellato, 12 de diciembre de 2025

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Anexo

Como he venido haciendo en las partes anteriores, sintetizo el texto del padre Giovanni Cavalcoli, a modo de subsidio pedagógico para los estudiantes de filosofía y teología, así como para los lectores en general, transcribiendo las ideas principales según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino. Ofrezco esta transcripción en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechada no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas.

   
Articulus Unicus

Utrum distinctio inter personam et naturam
adiuvet ad intelligendum mysterium Trinitatis 

Ad hoc sic proceditur. Videtur quod distinctio inter personam et naturam non adiuvet ad intelligendum mysterium Trinitatis.
1. Tres enim Personae distinctae non possunt habere idem intellectum et eandem voluntatem tamquam potentias unius naturae vel substantiae divinae. Difficile est excludere quin inter eas sit, sicut inter nos, dialogus, commutatio et collatio idearum ac voluntatum.
2. Praeterea, Orientales difficultatem habent uti criterio distinctionis per originem, quia non semper est evidens in Novo Testamento, praesertim circa originem Spiritus Sancti, qui manifeste a Patre procedit, non autem aeque manifeste a Filio. Unde negant *Filioque* et magis innituntur appropriationibus, sicut omnipotentia et providentia, quae tamen etiam Filio competunt inquantum Deus.
3. Item, Schelling tenuit Deum existere quia voluit existere, quasi esse eius esset effectus electionis. Sed velle praesupponit existere, et videtur absurdum quod Deus voluerit suum esse.
4. Denique, si Personae divinae essent tres individua eiusdem speciei, sicut inter homines, essent tres dii et non unus. Et si essent accidentia substantiae superaddita, non essent ipse Deus, sed aliquid ab eo distinctum.

Sed contra est quod dicitur in Concilio Florentino (Denz. 1330): “Pater et Filius et Spiritus Sanctus unus est Deus, tres personae, una essentia, substantia seu natura simplex, omnino indivisibilis; tres quidem personae realiter distinctae, Pater innascibilis, Filius ex Patre genitus, Spiritus Sanctus ab utroque procedens”. Personae divinae non distinguuntur secundum substantiam, quia sic essent tres substantiae, sed secundum relationes quae inter eas sunt, ita quod unaquaeque Persona est relatio subsistens.

Respondeo dicendum quod distinctio inter personam et naturam adiuvat ad intelligendum mysterium Trinitatis, quia ostendit quomodo fides rationi non contradicit, licet eam superet. Persona suprema est persona divina, singularis substantia spiritualis, cuius esse est ipsum esse subsistens et necessarium. Deus non existit quia vult aut voluit existere; esse eius non est effectus electionis, cum velle praesupponat existere, et ens, etiam Deus ipse, prius debet existere ut velit. Necessarium non eligitur, sed contingens.
Secundum fidem, persona divina non est solum esse subsistens, sed etiam relatio subsistens: Persona trinitaria. Pater facit procedere ex se, in identitate naturae et aequalitate maiestatis, dignitatis et potentiae, duas Personas: Filium et Spiritum. Cum Personae distinguantur per originem, et Filius et Spiritus a Patre originentur, Spiritus etiam a Filio procedit ut a Filio distinguatur.
Tres Personae divinae distinguuntur inter se secundum originem: Pater est originans, non originatus; Filius est originatus et originat Spiritum; Spiritus est originatus a Patre et Filio, non autem originans. Hae relationes non exprimunt dynamismum spiritualem nec electiones possibiles, sed sunt relationes ontologicae structurae immutabiles, similes relationi naturali inter patrem et filium apud nos.
In creato reperiuntur structurae triadicae quae sunt imagines Trinitatis: esse, cogitare et velle in spiritu; positio, exitus et reditus in motu spiritus; maior propositio, minor et conclusio in logica; principium, medium et finis in fieri; praeteritum, praesens et futurum in tempore. Hae analogiae mysterium non demonstrant, sed adiuvant ad accipiendum.
Ergo distinctio inter personam et naturam permittit intelligere sine contradictione quomodo Deus est unus et trinus, et quomodo Personae divinae vere distinguuntur sine multiplicatione substantiae divinae.

Ad primum dicendum quod Personae divinae habent unum intellectum et unam voluntatem quia sunt unus Deus; distinguuntur tamen per relationes originis, quae sunt subsistentes et non accidentales.
Ad secundum dicendum quod Spiritus etiam a Filio procedit, et sic a Filio distinguitur, quamvis Orientales hoc non clare agnoscant in Novo Testamento. Appropriationes non sufficiunt ad distinguendum, quia ad naturam divinam communem pertinent.
Ad tertium dicendum quod Deus non existit quia voluit existere, sed est ipsum esse subsistens, absolutum et aeternum. Absurdum est putare quod voluerit suum esse, cum velle praesupponat existere.
Ad quartum dicendum quod Deus non est species sub qua sint individua, sed ipse est individuum, substantia spiritualis singularis. Unde non sunt tres dii, sed unus Deus in tribus Personis, quarum unaquaeque est relatio subsistens.
   
J.A.G.

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