lunes, 12 de enero de 2026

El Dios Trinitario (3/7)

Publicamos hoy la tercera parte del artículo del padre Giovanni Cavalcoli acerca de la teología de la Santísima Trinidad, que fuera publicada el 8 del corriente en su blog. Como es usual procuramos una traducción lo más literal y fiel posible a la letra y al espíritu del texto del docto teólogo dominico. A la vez, en un anexo, por nuestra parte agregamos una versión del mismo texto según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, en lengua latina. [En la imagen: detalle de la miniatura del Primer Concilio de Constantinopla del 381, en el manuscrito BnF Grec 510, Homilías de San Gregorio Nacianceno, folio 355 anverso. El manuscrito es conservado en la Biblioteca Nacional de Francia].

El Dios Trinitario
El dogma de Nicea y el dogma de Calcedonia
Tercera Parte (3/7) ¹ 

Cómo funciona la actividad abstractiva del intelecto

El Papa dice que la doctrina de Cristo no es una «idea abstracta y estática». Uno podría objetar: ¿acaso existen ideas concretas? ¿Acaso existen ideas dinámicas? La idea de por sí es algo fijo e inmutable. ¿La idea no es un universal, fruto de una abstracción del particular? Una idea o es abstracta e inmutable o no es una idea. Ciertamente, esto es verdadero desde el punto de vista lógico. Pero el Papa no se la toma con la lógica: ¡faltaría más!
El Papa pretende referirse a aquel modo de abstraer que conduce el intelecto al vacío fuera de la realidad, como sucede en el idealismo y en el gnosticismo, donde el pensamiento centrado en sí mismo en vez de en la realidad, hinchado de soberbia, pretende coincidir con el ser, por lo cual lo abstracto pretende sustituir lo concreto, o lo particular se convierte en universal, el aparecer se confunde con el ser, lo relativo con lo absoluto, la materia con el espíritu, el ser con el devenir, el tiempo con lo eterno, la historia sustituye la metafísica, el mundo ocupa el lugar de Dios.
La mala abstracción reduce lo real pensable a lo real pensado, la cosa pensable a la cosa pensada, inmoviliza lo real en la inmovilidad del concepto y al mismo tiempo manipula y materializa los conceptos. Así tenemos delante de nosotros o una realidad petrificada, inmóvil y sin vida, como un teorema de geometría o bien el «triunfo báquico» ¹, del cual habla Hegel, dándonos a entender que se resuelve en la «quietud», mientras en realidad conduce al vacío o a la locura. Estas son las ideas abstractas contra las cuales se pronuncia el Papa.
Es claro que nuestros conceptos no pueden evolucionar como evoluciona la realidad en evolución. No pueden por tanto y no deben ser «fluidificados» ², como cree Hegel. Ellos representan lo deveniente de una manera estática. Debemos sí seguir la realidad en su evolucionar, pero esto lo podemos hacer captando y fijando imágenes de los instantes del devenir, de modo semejante a lo que hace una máquina de filmación cinematográfica. Más que eso no somos capaces de hacer.
Creer que el concepto reproduce mutando o deviniendo la realidad que muta o deviene quiere decir confundir el concepto con la imagen, propia también de la psique animal. En tal sentido Pablo habla de una mente «carnal». La imagen ciertamente no es abstraida de lo concreto que ella representa. Ella tiene efectivamente una conformación moviente, pero nada tiene que ver con la representación intelectual, que sola capta la esencia de la cosa en su universalidad. Sin la operación abstractiva mental nosotros no alcanzamos el nivel intelectual del saber y no captamos la esencia de las cosas, que es un dato universal que prescinde del particular.
El ejercicio del pensamiento y el acto del saber comportan en nuestro intelecto una operación abstractiva, que consiste en extraer y considerar algo prescindiendo del sujeto individual en el cual se encuentra. La composición de este sujeto con su forma constituye el ente concreto. Este sujeto no lo descuidamos. Puede ser el ente material singular, el subsistente o el individuo o sustancia singular existente, que es objeto de la experiencia sensible o de la intuición.
La actividad abstractiva sirve para determinar el género, la especie y la diferencia. El género es un predicado del ente con el cual distinguimos en el ente un conjunto de determinaciones del ente que son modos de ser del ente, que lo delimitan dentro de ciertos confines semánticos: los géneros supremos y más vastos son la sustancia y el accidente, el cual a su vez comprende diez géneros de accidente: la cantidad, la calidad, la acción, la pasión, el hábito, la relación, el tiempo, el espacio, el lugar y el sitio.
En la operación abstractiva el intelecto concibe el trascendental, que concierne al ente por encima de todos los géneros, y sus propiedades distinguiéndolo del categorial, que concierne a las categorías o géneros supremos o predicados fundamentales del ente o de lo real, distingue lo análogo de lo unívoco y de lo equívoco, intuye, reflexiona, divide sin fragmentar, ve el todo en la parte o la parte en el todo, lo uno en los muchos y los muchos en lo uno, distingue lo diverso, que concierne al individuo, de lo diferente, que concierne a la especie y al género; distingue lo trascendente de lo inmanente, el pensamiento del ser, lo uno de lo unido, lo uno del otro, lo idéntico de lo igual, sin separar, une sin confundir, relaciona sin identificar, opone el ser al no-ser sin contradecir, precisa y aclara, explicita y profundiza.
Observemos además que la actividad abstractiva de nuestro intelecto no es cosa fácil, porque existe un modo de abstraer incorrecto y engañoso, que en vez de hacernos penetrar en la realidad, nos aleja en vanas y vacías ilusiones o manías de grandeza. Por otra parte no es verdadero, como creen los empiristas, que el abstraer como tal nos aleje de la realidad y nos haga vagar en el vacío y en presa de puras entidades mentales.
No es tampoco verdadero, como ellos creen, que el abstraer recorte la realidad y no nos permita conocerla en su totalidad, concreción y completitud ontológica. Una cosa es conocer parcialmente y otra cosa es conocer parte de la cosa. Con la abstracción no es que nosotros comprendamos solo una parte de la esencia y dejemos fuera la otra (la individualidad). El universal no es una parte de la esencia, sino que es toda la esencia.
Una cosa es entender todo de una cosa y otra cosa es comprender su universalidad, o sea su esencia. La esencia es un todo y nosotros, cuando abstraemos la esencia del dato individual particular o de la especie más limitada subyacente, por ejemplo del concepto de sustancia sensible obtenemos el concepto de sustancia como tal, nosotros captamos una esencia en su completitud. Lo cual quiere decir naturalmente que no podemos conocer totalmente o exhaustivamente ninguna cosa.
Conocer parcialmente significa que no podemos conocer totalmente, pero no que no podamos conocer un todo, o sea una esencia completa. El particular es una parte del universal, de inteligibilidad inferior, más restringida y más precisa, pero no quiere decir que este universal inferior sea una parte de la esencia conocida: es siempre la misma esencia conocida de modo más preciso y de ese modo preciso se puede obtener el modo genérico abstrayendo de las diferencias específicas. Este ir arriba y abajo de lo genérico a lo específico y de lo específico a lo genérico es fruto de la operación abstractiva, absolutamente necesaria a nuestro intelecto para conocer y concebir las cosas.
Para completar el acto abstractivo se requiere además la adición de la intuición y la experiencia. Es la potencia intuitiva del pensamiento la que lo hace capaz de prescindir de lo accidental para ir más allá de la apariencia, para desenmascarar engaños e ilusiones, disolver dudas, dudar razonablemente, atender a lo esencial, a lo más importante y a lo necesario, superar lo contingente y lo particular, lo caducable, lo casual, para captar lo universal, lo fundamental, lo supremo, lo absoluto.
Además nosotros no poseemos conceptos fluidos que sigan el fluir de la realidad. Nosotros concebimos lo mudable por medio de lo inmóvil. Pero ilusorio y falaz sería pretender más: no elevaríamos nuestro conocer, sino que lo rebajaríamos al nivel de los sueños, de los fantasmas o de la animalidad. Quien demasiado quiere, dice el proverbio, nada aprieta. Si emprendemos el vuelo con alas de cera no nos maravillemos si en cierto punto caemos a tierra. El idealismo, que parte con excesivas pretensiones espirituales, termina por caer en el materialismo.
Ahora bien, es necesario precisar que si San Pablo nos exhorta a no ser carnales, esto no significa que para entender qué cosa Cristo nos quiere enseñar, debamos despreciar o abandonar la carne, o sea lo que es material, corpóreo, el detalle de las cosas, lo contingente, lo finito, lo mudable, lo accidental, lo que es transitorio, corruptible, sensible, concreto, histórico, terreno, humano: ¡todo lo contrario!
Debemos en cambio con el intelecto primero subir al cielo, donde habita Cristo glorioso, debemos contemplarlo y escucharlo. Debemos poner en nuestros conceptos lo que Él mismo nos enseña en el Evangelio o en el dogma eclesial, sobre Dios, sobre Sí mismo, sobre el Padre, sobre el Espíritu, sobre nosotros mismos, sobre nuestros deberes morales y sobre el mundo.
El misterio de la Encarnación sana aquel conflicto que hay en nosotros, del cual habla San Pablo, entre el espíritu y la carne, y nos conduce a entender que tanto el uno como la otra son componentes de nuestra persona, en sí buenos y creados por Dios. Encarnación no quiere decir que el espíritu se haya mutado en carne, no: las dos naturalezas son y permanecen distintas, puesto que el alma espiritual es forma del cuerpo.
Pero no son tampoco dos sustancias separadas, como creía Descartes. Es la muerte, no la vida, la que separa el alma del cuerpo. Por esto el deseo del cristiano no es el de liberar el alma del cuerpo, como creía Platón, sino el de liberarse del pecado. Es el de hacer de modo que el espíritu gobierne la carne. Por esto la perspectiva cristiana es la de la resurrección del cuerpo.
Es tener una mente carnal y mezquina el creer que toda la realidad se resuelva en la historia y en los hechos de la vida terrena, hasta negar la misma inmutabilidad divina con el pretexto de la Encarnación, así como es soberbia gnóstica el creer que toda la realidad se resuelva en la propia idea de lo eterno. El misterio de la Encarnación nos dice que en Cristo existe la unión en la distinción, sin confusión y sin separación de Dios del mundo, del hombre de Dios, de lo eterno de lo temporal, del principio del fin, de lo finito de lo infinito, del uno de los muchos, de lo espiritual de lo material, del pensamiento del ser, del ser del devenir, del todo de la parte.
Observemos además que la Biblia concibe a Dios bajo la imagen de la roca, para significar que sobre Él podemos apoyarnos con seguridad sin temor de hundirnos o de vacilar. Dios es principio y garante de certeza y de firmeza. La roca nos sugiere la idea de la estabilidad, de la solidez, de la incorruptibilidad, de la inmortalidad, de la duración, de la resistencia, de la permanencia, de la inmutabilidad.
En cambio, cuando Cristo habla del Espíritu, lo compara al viento, que nos hace entender otros atributos divinos: Dios es vida y movimiento, es misterioso respecto a su proveniencia y su dirección. El Espíritu es vida y libertad. Así en el concepto bíblico de Dios lo inmutable se une con el movimiento y el crecimiento de la vida, lo eterno es principio del devenir y de la historia. Lo abstracto es principio de lo concreto. Lo universal es principio de lo particular. El pensamiento es principio de la acción, el ser es el principio de lo verdadero y de lo bueno.
La mente humana, por su parte, mediante un oportuno procedimiento abstractivo, es capaz de entender y captar, aunque limitadamente, oscuramente e imperfectamente, en un progresivo profundizar, realidades superiores y celestiales sin confines y divinas, que trascienden la inmediata experiencia sensible, relativa a las cosas materiales y pasajeras, realidades que se presentan como universales, absolutas, infinitas, eternas e inmutables.
Cristo en Sí mismo y mediante los dogmas de la Iglesia nos habla de estas realidades. Él mismo como Dios está en la cima y está en el principio de estas realidades. Es la razón de ser, el fundamento, el porqué y el fin último del hombre y del universo. Es la Idea que ha guiado al Padre en la creación y redención del mundo. Es la Idea a la luz de la cual el Padre ve, ama y salva al mundo.
Pero, como Verbo encarnado, nos enseña también cómo y por qué tener respeto incluso por las mínimas cosas que se presentan a nuestra experiencia cotidiana y por tanto cómo tener estima por la historia, por el devenir, por lo que es estático y lo que es dinámico, por la vida y su continuo movimiento, por lo concreto y por lo abstracto, por el pensamiento y por la acción, por lo material y lo corpóreo, a fin de purificar todas estas realidades y ordenarlas y someterlas a la voluntad de Dios y al plan divino de la salvación y de la glorificación del hombre.
   
Sobre la cuestión de la analogía

Importante es distinguir las cosas. Ellas son de por sí distintas unas de las otras. Aquí el confundir es un grave problema. En cambio un concepto puede ser confuso, pero no por esto es falso y digno de ser rechazado. La noción analógica, por ejemplo, es confusa por su misma esencia. Por esto, rechazar la noción analógica por este mismo hecho es una necedad, porque de este modo estamos impedidos de entender los valores supremos de la realidad y de la moral.
La noción analógica, por ejemplo el ente, el bien, la vida, el amor, el espíritu, no abstrae del todo de los inferiores, que permanecen implícita y confusamente presentes en el concepto. Esto nos hace sentir en algún modo incómodos porque nos sentimos confundidos, pero esta es una confusión sana y natural; no es la confusión de la culpa o de la vergüenza. El no soportar esta confusión es signo de soberbia, no de humildad, porque quiere decir no aceptar los límites del modo humano de pensar.
En el concebir analógico la vista del intelecto está empañada no en el sentido de que el ojo del intelecto esté nublado, no, el intelecto ve; son sus gafas, por así decir, o sea el concepto, el que es confuso, no sin embargo en el sentido de que confunda lo que debe ser distinguido, porque entonces sería un concepto falso; sino en el sentido de que es un concepto uno y múltiple al mismo tiempo, no mono-significativo sino pluri-significativo, no unívoco sino plurívoco. No es uno pero tiende a la unidad: es uno en cierto modo, pero en sí es múltiple.
En tal sentido Aristóteles tiene la famosa frase to on pollakós legómenon, «el ente se dice en muchos modos». Y sin embargo lo que el intelecto ve y concibe, aunque así imperfectamente, es sublime y divino. Sin este modo de conceptualizar es imposible hacer filosofía y teología y, por consecuencia, obtener el saber moral. Es más, es imposible pensar.
Nuestro intelecto necesita de lo uno, o sea de lo unívoco; nos es imposible ver los muchos por sí mismos. Por esto, delante de la multiplicidad nuestro intelecto se encuentra incómodo. Y sin embargo debe aceptarla, porque esta es la realidad: el ente no es uno solo, como creía Parménides, confundiendo todo con todo; sino que los entes son muchos. La analogía consiente ver los muchos en relación con lo uno.
Este modo pobre de ver que es el modo por analogía o semejanza ⁴ o similitud es precisamente el precio para ver más. Por esto, si se quiere adquirir la sabiduría y ser verdaderos filósofos y teólogos, es necesario resignarse humildemente a la percepción analógica, que tiene algo de ingenuo e infantil y no de adulto o de maduro. Y sin embargo es necesario aceptar serenamente esa nuestra condición, porque el intelecto humano en su limitación no tiene otro medio para captar los máximos valores. Quien se obstina en querer usar solo conceptos unívocos, cae en el materialismo y se vuelve ciego a los valores del espíritu.
También el idealista no es capaz de usar la analogía. Su espiritualismo, que parece genial y sublime, en realidad es falso. Él se jacta de concebir o experimentar o incluso de ser el absoluto. Pero en realidad, deteniéndose y encerrándose en lo unívoco, no hace más que confundir a Dios con él mismo y con el mundo.
No se debe confundir sic et simpliciter el concepto confuso con cualquier estado confusional del intelecto. Excepto el concepto confuso porque es enredado, la confusión propia del concepto analógico no es ceguera, sino luz que hace ver e ilumina el misterio. Muy otra cosa e ingrata es la confusión debida a la violencia de una pasión o a un estado psíquico demencial. Si luego es la soberbia la que ciega, entonces el intelecto cae en aquellas tinieblas que para la Escritura son la condenación del infierno.
   
El concepto como tal es inmutable

El concepto es un ente mental. Él es al mismo tiempo un producto de nuestra mente y es aquello que mediante esta representación por ella producida, nuestra mente capta de la esencia de la cosa.
Por su naturaleza el concepto, siendo un ente no sensible, inmaterial independiente del espacio-tiempo, es un ente estable, fijo, inmutable y abstracto, pero no por esto la abstracción nos lleva fuera de la realidad concreta; al contrario, es precisamente el medio para alcanzarla, con tal de que la abstracción sea hecha bien: no a la manera idealista que resuelve el ser en el pensamiento o la realidad en la idea. Sino a la manera realista, por la cual la idea no es el objeto del pensamiento, sino el medio para captar la realidad. Y si ella es un ente abstracto del particular esto depende solo del límite natural de nuestro intelecto, límite del cual debemos tener en cuenta precisamente para no confundir la realidad con nuestras ideas.
Por otra parte es absurdo pensar, como creía Hegel, que nuestros conceptos puedan evolucionar como evoluciona la realidad que representan. Ellos no progresan por evolución, sino por precisión, distinción y explicitación conservando siempre el mismo significado. Deben ser mutados o sustituidos o cambiados solo si cambia la realidad que representan. Y tampoco ellos deben ser confundidos con el lenguaje, con el cual podemos expresar la misma cosa en italiano o en español o en inglés. Las cosas no son así. El concepto no es otra cosa que la cosa en la forma del pensamiento. Si cambiamos concepto, cambia la cosa. Es por tanto absurdo creer que podamos expresar la misma cosa con conceptos diversos.
Es absurdo, por ejemplo, creer que Descartes haya mutado el concepto de persona, que Berkeley haya mutado el concepto del ser y abolido el concepto de materia, que Locke haya abolido el concepto de sustancia, que Ockham haya abolido el universal, que Darwin haya abolido el concepto de esencia o naturaleza o de especie, que Hegel haya abolido el concepto de lo eterno y de lo inmutable, que Severino haya abolido el concepto del devenir, que Freud y Nietzsche hayan abolido el concepto del espíritu. Estos pensadores no han construido, sino que han destruido.
Pero una vez que somos conscientes de este límite del concepto, no debemos temer abstraer en el debido modo, porque este es el modo que Dios mismo ha querido que fuese en el conocer la realidad. Es fundamental al respecto que nosotros sepamos distinguir lo real de nuestras abstracciones. Por otra parte tenemos la posibilidad de alcanzar lo concreto mediante los sentidos y la acción práctica que traduce en lo concreto la idea concebida por la razón.
Del abuso de la abstracción que pretende identificarse con lo real no surge una cristología ortodoxa, sino una cristología panteísta, idealista, docetista y monofisita. Sin embargo es verdadero que de quien desprecia la abstracción, la metafísica y lo inmutable surge una cristología materialista y arriana. Las nociones que Cristo nos ha enseñado y que la Iglesia nos explica en el dogma que se vale de las nociones de la metafísica permanecen establemente en las vicisitudes de la historia porque abstraen del devenir y del tiempo.
Ellas no pasan sino que son siempre actuales, como dice Cristo: «Mis palabras no pasarán». No pueden mutar de significado o envejecer, no pueden ser superadas o sustituidas por otras mejores. No pueden ser desmentidas o falsificadas o perder su sentido. Deben por tanto ser siempre conservadas y custodiadas en su sentido auténtico. Pueden en cambio ser explicadas, mejor conocidas, mejor expresadas, profundizadas y explicitadas. A la Iglesia Cristo ha confiado la tarea de interpretarlas en el sentido correcto rechazando las malas interpretaciones.
   
Fin de la tercera parte (3/7)
   
Notas
   
¹ El texto original del padre Giovanni Cavalcoli OP puede hallarlo el lector en el siguiente enlace a su blog: https://padrecavalcoli.blogspot.com/p/il-dio-trinitario-il-dogma-di-nicea-e_8.html
² Fenomenologia dello Spirito, Editrice Nuova Italia, Firenze 1988, vol.I, p.38.
³ Ibid., p.27.
⁴ En tal sentido la Escritura dice que Dios ha creado al hombre «a su imagen y semejanza». Véase Giorgio Carbone, L’uomo immagine e somiglianza di Dio in San Tommaso d’Aquino, Edizioni ESD, Bologna 2003.

P. Giovanni Cavalcoli
Fontanellato, 12 de diciembre de 2025

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Anexo

El padre Giovanni Cavalcoli, O.P., ha expresado su satisfacción porque, después de publicar cada uno de sus artículos en lengua española, procedamos —a modo de subsidio pedagógico para los estudiantes de filosofía y teología, así como para los lectores en general— a transcribir las ideas principales de sus escritos según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino. Con su beneplácito, ofrecemos también esta transcripción en lengua latina, de manera que sirva como repaso de los conceptos y argumentos más relevantes de sus textos, y pueda ser aprovechada no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas.

   
Articulus Unicus

Utrum abstractio sit via recta ad veritatem 

Ad hoc sic proceditur. Videtur quod abstractio non sit via recta ad veritatem.
1. Quia Pontifex dicit doctrinam Christi non esse «ideam abstractam et staticam». Sed idea per se est aliquid fixum et immutabile. Ergo videtur quod abstractio nos ad vacuum extra realitatem deducat.
2. Praeterea empiristae tenent quod abstractio, ut talis, nos a re avellat et in vacuum nos vagari faciat, captos puris entitatibus mentalibus.
3. Item videtur quod abstractio realitatem decurtet nec permittat eam cognosci in sua totalitate, concretitudine et completitudine ontologica.
4. Praeterea Hegel affirmat conceptus debere «fluidificari» et progredi sicut res progreditur; ergo videtur conceptum abstractum insufficiens esse ad capiendum processum mutationis.
5. Denique quidam putant conceptum, cum sit immutabile, rem mutabilem exprimere non posse, atque ideo esse substituendum vel abolendum.

Sed contra est quod Apostolus de mente «carnali» loquitur, quae in imagine sensibili consistit nec ad spiritualia pertingit (cf. 1 Cor 3,1–3); et Dominus in Evangelio dicit: «Caelum et terra transibunt, verba autem mea non transibunt» (Mt 24,35).

Respondeo dicendum quod abstractio est via recta ad veritatem, si recte peragatur. Operatio abstractiva intellectus non avellit nos a re, sed est medium per quod essentiam rei in sua universalitate apprehendimus, ultra contingentia et particularia. Mala abstractio, sicut in idealismo et gnosticismo, reale cogitabile ad reale cogitatum reducit et confundit relativum cum absoluto, materiam cum spiritu, esse cum mutatione. Bona vero abstractio, modo reali exercita, permittit determinare genus, speciem et differentiam, concipere transcendentale, distinguere analogum ab univoco et ab aequivoco, intuiri, reflectere, dividere sine frangendo, videre totum in parte et partem in toto, unum in multis et multa in uno; ita essentiam rerum in sua universalitate percipere.
Conceptus, natura sua, est ens mentale non sensibilis, immateriale, a spatio et tempore independens; est ergo stabilis, fixus, immutabilis et abstractus. Propter hoc est medium ad veritatem perveniendam, dummodo rem ipsam ab nostris abstractionibus distinguamus. Conceptus analogicus, quamvis per essentiam confusus, tamen necessarius est ad percipienda suprema valorum realitatis et moris. Mysterium Incarnationis conflictum inter spiritum et carnem sanat, ostendens utrumque esse partem personae humanae, in se bonum et a Deo creatum; atque abstractio debet servire ad ordinandum concreta et spiritualia secundum voluntatem Dei.

Ad primum dicendum est quod Pontifex non logicam reprobat, sed abstractionem inanem et a re separantem, sicut in idealismo.
Ad secundum dicendum est quod empiristae errant, quia abstractio nos non a re avellit, sed permittit eius essentiam complecti.
Ad tertium dicendum est quod universale non est pars essentiae sed tota essentia apprehensa in sua completitudine.
Ad quartum dicendum est quod Hegel errat cum vult conceptus evolvere sicut res; conceptus non mutantur per mutationem rei, sed proficiunt per praecisionem, distinctionem et explicationem, servantes idem sensum.
Ad quintum dicendum est quod absurdum est credere philosophos magnos conceptus fundamentales aboluisse; conceptus non mutatur, quia est res sub forma cogitationis, et ideo servandus est in suo authentico sensu.
   
J.A.G.

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