viernes, 20 de febrero de 2026

La reformulación del dogma

¿Puede el dogma católico ser “reinterpretado” según las categorías del pensamiento "moderno"? ¿Es legítimo sustituir, por ejemplo, los conceptos de persona y naturaleza definidos en Calcedonia por las nociones de autoconciencia e historicidad respectivamente? El padre Giovanni Cavalcoli advierte sobre el riesgo de confundir la inculturación (tarea legítima y necesaria) con la traición al depósito de la fe. ¿Qué significa reformular sin falsificar? ¿Cómo distinguir entre explicación y reinterpretación? Esta reflexión nos invita a redescubrir la fuerza perenne del dogma, que progresa en claridad y profundidad, pero siempre en continuidad con el sentido tradicional establecido por la Iglesia. [En la imagen: una fotografía del Concilio Vaticano II durante una de sus sesiones plenarias].

La reformulación del dogma

(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado el 5 de septiembre de 2011 en el blog Riscossa Cristiana. Versión original en italiano: https://www.ricognizioni.it/la-riformulazione-del-dogma-di-p-giovanni-cavalcoli-op/)

Como es sabido, el Concilio Vaticano II promovió la presentación del dogma católico en un nuevo lenguaje, adaptado y comprensible para el hombre de hoy, asumiendo no sólo una terminología moderna, sino también modos expresivos o modos de pensar propios de la cultura contemporánea, de manera que a los hombres de hoy les sea más fácil el acceso al inmutable depósito de la verdad revelada. A esta operación promovida por el Concilio Vaticano II se le ha llamado "inculturación": vale decir, el uso, para la explicación del dogma, de las diversas culturas a las cuales se dirige la predicación del dogma.
También es bien sabido con qué fervor de iniciativas se han puesto a trabajar los teólogos para cumplir estas directivas del Concilio. Sin embargo, es necesario preguntarse si en esta enorme producción teológica no han habido malentendidos o falsas interpretaciones de cuanto el Concilio había querido decir. Y la respuesta a esta grave pregunta -a estas alturas lo sabemos- es, en gran parte, lamentablemente, afirmativa.
De hecho, se han verificado diversos equívocos. En primer lugar, el lenguaje o los modos expresivos con los cuales la Iglesia nos propone la verdad dogmática sobre la base del Evangelio, con los conceptos o las nociones con los cuales viene expresada y formulada esta verdad, o sea los enunciados dogmáticos establecidos a lo largo de los siglos por la Iglesia, sobre todo mediante la obra de los Concilios Ecuménicos.
Por cuanto respecta a estos enunciados, se podría hablar aquí de "fórmula dogmática"; pero esta es una expresión ambigua, porque con ella se puede entender la noción dogmática, de por sí universal e inmutable en sí misma, pero también el lenguaje o la terminología del dogma, que no son necesariamente fijos y universales, y de hecho en ciertos casos deben ser cambiados precisamente para volver inteligible el dogma en ciertos momentos y en ciertos lugares.
Algunos teólogos han aplicado las directrices conciliares partiendo de una gnoseología errónea, sobre todo por cuanto se refiere a la función del concepto en el saber en general y en el saber de fe en particular. Han confundido el concepto con una especie de símbolo, un poco como sucede con el modernismo, o sea el concepto no como signo mental natural de lo real, para así poder adherirse a lo real, sino simplemente como signo convencional de lo real, precisamente un símbolo, un poco como la tricolor no es el concepto de Italia, sino que es un objeto convencional viendo el cual sabemos que eso representa a Italia. Pero tal objeto no tiene nada que ver con la misma realidad de Italia, que podría estar igualmente bien simbolizada de otra manera, siempre que se esté de acuerdo, con una bandera de dos o cuatro colores.
Por el contrario, el concepto en general y, por tanto, también el dogmático en particular, no es otra cosa que la realidad entendida o representada bajo forma de pensamiento. Es la realidad en cuanto pensada o conocida. Por eso no tiene sentido plantear la hipótesis de que el concepto sea un objeto o un quid convencional o libremente creado, distinto e independiente de lo real que debe representar, en modo tal que una cosa, en el caso del dogma, una verdad divina, puede permanecer la misma aunque siendo representada por diversos conceptos.
Es cierto que existen conceptos metafóricos, que varían con el variar de las culturas, los cuales pueden cambiar sin que cambie el significado del dogma. Por ejemplo, en los primeros siglos Cristo era representado como "Orfeo", el dios que seduce a las almas con la fascinación de la música. De modo similar, Cristo atrae a sí las almas hacia él con la fascinación de su gracia. Pero nadie piensa hoy en usar esta metáfora para representar a Cristo. Ahora bien, esto es correcto, pero no debemos confundir el concepto metafórico, que se podría llamar simbólico, con el propio, que es el verdaderamente dogmático, que capta la verdad de fe de modo propio y, por tanto, inmutable. El concepto metafórico puede ser de ayuda, pero no puede pretender sustituir al propio, en el cual se basa en cambio para tener un significado aceptable.
El concepto propio debe cambiar solo si cambia la realidad representada, de lo contrario, para captar la verdad, si esta no cambia, debe permanecer sin cambios. Y este es precisamente el caso del contenido del dogma, el cual, siendo realidad divina inmutable, no puede a su vez cambiar, bajo pena de falsear lo que el concepto intenta significar. Por eso el papa san Pío X en la Pascendi condenó justamente la tesis modernista de la mutabilidad de los conceptos dogmáticos, que lamentablemente ha retornado hoy con el pretexto de la "inculturación".
Para no quedar demasiado en lo general, demos un ejemplo de lo que intento decir. Tomemos el dogma cristológico. Como sabemos, ha sido formulado de modos diferentes en el curso de los primeros Concilios. Por ejemplo, el Concilio de Nicea del 325 ha presentado a Cristo como "consustancial" (omoúsios) al Padre, para significar que Cristo es Dios como es Dios el Padre, es el mismo y único Dios; la "sustancia divina" de Cristo es la misma sustancia divina del Padre, consubstantialem Patri.
El mismo concepto fue después expresado de forma más clara y precisa por el Concilio de Calcedonia del 451, cuando la Iglesia afirmó que Cristo es una persona (hipóstasis o prósopon) divina con dos naturalezas (fysis): una naturaleza divina (o sustancia divina) y una naturaleza humana (o sustancia humana). No se trataba de cambiar el concepto de Cristo, sino de hacerlo más claro y comprensible, para hacer entender que Cristo ciertamente es Dios, pero también es hombre, sin que por ello se rompa la unidad de su persona.
Ahora bien, algunos teólogos innovadores del postconcilio, con el pretexto de que hoy es necesario presentar el dogma cristológico con un lenguaje nuevo haciendo uso de categorías del pensamiento moderno, han pretendido -quizás en nombre de una mejor comprensión de la Biblia- invalidar los conceptos de "naturaleza" y "persona" usados por Calcedonia, afirmando que ellos ya no tienen el sentido que tienen en el pensamiento moderno, por lo cual, si queremos salvar la verdad del dogma cristológico, debemos "reformularlo" según el sentido moderno de aquellas categorías, o bien abandonarlas sic et simpliciter y sustituirlas por otras adaptadas al pensamiento moderno. Se necesita otro "modelo interpretativo", afirmaron ellos.
Estos teólogos han notado que Calcedonia usaba el concepto de persona en el sentido de un ente subsistente; en cambio, según ellos, el concepto "moderno" de persona, de origen cartesiano, diría "autoconciencia". Por cuanto respecta al concepto de naturaleza (o esencia), divina o humana, han negado su inmutabilidad, basándose en el hecho de que el pensamiento "moderno" sostiene la "historicidad" de toda esencia, por tanto también la esencia del hombre y la esencia de Dios. De ahí la sustitución de los conceptos calcedonianos por otros, así llamados "modernos", sin embargo ajenos a las verdaderas intenciones de Calcedonia, pero siempre con la pretensión de interpretar hoy lo que Calcedonia intentaba decir en su momento. Por tanto, una "fidelidad" a Calcedonia que en realidad es traición. La verdadera comprensión de lo que ha intentado decir Calcedonia se tiene sólo mediante el uso de los conceptos que Calcedonia usó en su significado correcto.
¿Qué ha salido de eso? ¿Se han aplicado las directivas del Concilio Vaticano II? De ninguna manera. De hecho, el Concilio no intentaba en absoluto cambiar el patrimonio dogmático tradicional, sino simplemente, como he dicho y como debería ser sabido por todos, favorecer una nueva formulación adaptada al lenguaje y la cultura de nuestro tiempo, ciertamente en cuanto ella tiene de válido y no en sus aspectos deficientes.
Ahora bien, debemos decir claramente que el concepto de persona como autoconciencia y de naturaleza como historia serán conceptos modernos, sí, pero esto no significa que sean verdaderos, de hecho son falsos y, por lo tanto, inadecuados para interpretar el dogma. Para ese fin, por lo tanto, se siguen manteniendo los conceptos tradicionales -inmutablemente verdaderos- de persona como ente subsistente y de naturaleza como esencia inmutable, sin los cuales el significado del dogma no es mejor interpretado, sino falsificado. Por lo demás, la Iglesia en el pasado ya ha condenado como heréticas las interpretaciones que han pretendido utilizar aquellos falsos conceptos de persona y naturaleza, que en realidad no son en absoluto "modernos", sino que ya están presentes en el pensamiento pagano antiguo.
Esto no quiere decir que el dogma desprecie la idea de la autoconciencia o de la historia, sino que estas ideas tienen su lugar no contra el significado tradicional de persona y naturaleza, o para sustituirlo, sino simplemente al lado y en armonía con él, en relación con ese aspecto del dogma que puede ser convenientemente representado por esas nociones.
Finalmente, se debe distinguir la reformulación de una doctrina de su reinterpretación. Un dogma puede ser reformulado, pero no tiene necesidad de ser reinterpretado. La formulación se refiere al lenguaje; la interpretación, a la comprensión de esa doctrina. Se necesita una reinterpretación cuando un pensamiento o una doctrina no son claros o no se sabe con certeza cuál es la interpretación correcta, tanto que en el intento de comprender se sustituye un significado por otro en la esperanza de captar el correcto.
Sin embargo, no se debe proceder así en el caso del dogma. Es cierto que el dogma siempre presenta aspectos oscuros que necesitan ser aclarados, y esto es lógico, ya que expresa el misterio de Dios. Pero al mismo tiempo para el creyente, el dogma, en la medida en que lo comprende, es luz brillantísima y guía certísima de su actuar moral. El dogma es interpretación cierta de la Palabra de Dios hecha por la Iglesia de una vez para siempre. Por esta razón, el dogma ciertamente debe ser interpretado, pero no debe ser reinterpretado; es decir, no se trata de descubrir un nuevo significado, sino de comprender cada vez mejor el mismo significado. Por tanto, el dogma no debe ser reinterpretado, sino que debe explicarse.
Y esta explicación es una continua profundización de la misma verdad que se conoce desde el principio en la formación catequética. En esto radica el progreso dogmático promovido por la Iglesia y realizado por ella misma sobre todo en la historia de los concilios ecuménicos. Por eso, lo que se aclara en un dogma ya no se puede poner en discusión, sino que queda como patrimonio perenne de la sabiduría cristiana. Y es sobre la base de lo aclarado que se parte para hacer siempre ulteriores esclarecimientos y se avanza en el conocimiento de la Palabra de Dios.
Algunos teólogos evolucionistas no creen en la posibilidad de alcanzar una interpretación objetiva y definitiva, por lo cual siempre están ocupados inventando nuevas interpretaciones sin llegar jamás a una certeza que dé paz al alma y directrices claras para la acción. Indudablemente, la investigación teológica exige la formulación de nuevas hipótesis interpretativas, pero solo en aquel campo en el cual la Iglesia no se ha pronunciado ya con su autoridad infalible. Poner en discusión estos pronunciamientos de la Iglesia no es búsqueda de la verdad o audacia innovadora, sino presunción gnóstica o necedad digna del no creyente.
Por lo tanto, concluyamos parafraseando la célebre advertencia de san Vicente de Lerins, a menudo citada hoy: el conocimiento del misterio de Cristo debe crecer y progresar (¡he aquí hay un sano progresismo, he aquí los empeños del Concilio Vaticano II!), pero sin innovaciones disruptivas que significarían falsificación, sino más bien en continuidad con el significado tradicional establecido por la Iglesia de una vez por todas, eodem sensu eademque sententia.

P. Giovanni Cavalcoli
Bologna, 5 de septiembre de 2011

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Anexo

Habiendo seleccionado lo que me ha parecido la tesis central de este texto, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.

Articulus unicus

Utrum dogma sit reformulandum vel reinterpretandum

Ad hoc sic procediturVidetur quod dogma sit reinterpretandum.
1. Quia Concilium Vaticanum II promovit praesentationem dogmatis novo sermone, aptato et intellegibili homini hodierno, assumendo modos expressivos proprios culturae contemporaneae.
2. Praeterea, quidam theologi tenent quod conceptus personae et naturae, a Concilio Chalcedonensi adhibiti, iam non habent sensum in cogitatione moderna, unde necesse est eos substituere aliis, quae respondeant categoriis hodiernis.
3. Item dicitur quod progressus dogmaticus novas interpretationes requirit, quia dogma semper praebet obscura quae elucidanda sunt, et ideo necesse est novum sensum invenire.

Sed contra est quod sanctus Vincentius Lirinensis docet in Commonitorio (cap. 23): Scientia, cognitio et sapientia singulorum atque totius Ecclesiae multum crescere et proficere debent per aetates et saecula; sed tantum in suo genere, id est in eodem dogmate, eodem sensu eademque sententia.

Respondeo dicendum quod dogma potest reformulari, sed non reinterpretari. Reformulatio spectat ad sermonem, qui potest aptari culturis et temporibus; interpretatio autem spectat ad ipsam doctrinam, quae est immutabilis. Conceptus dogmaticus non est symbolum conventionale, sed ipsa res prout cogitata et intellecta. Ideo conceptus proprius manere debet immutatus, cum contentum dogmatis sit res divina immutabilis.
Dogma christologicum ostendit quomodo Ecclesia hoc egit: Nicaenum affirmavit Christum consubstantialem Patri, et Chalcedonense declaravit Christum esse personam divinam duarum naturarum, divinae et humanae. Non erat mutare conceptum Christi, sed reddere eum clariorem et intellegibiliorem. Conatus autem substituendi personam per autocognitionem et naturam per historiam non sunt progressus, sed falsificatio, quia tales notiones non capiunt veritatem revelatam, sed eam obscurant.
Dogma est interpretatio certa Verbi Dei ab Ecclesia semel facta. Non ergo agitur de novo sensu inveniendo, sed de eodem sensu melius intellegendo. Progressus dogmaticus est continua profundatio eiusdem veritatis, quae ab initio catecheticae formationis cognoscitur. Quod in dogmate clarificatur, iam non potest in dubium vocari, sed manet patrimonium perenne sapientiae christianae.
Quidam theologi evolutionistae non credunt possibilitatem assequendi interpretationem obiectivam et definitivam, unde semper novas interpretationes fingunt nec umquam ad certitudinem perveniunt quae pacem animae et rectas normas actionis praebeat. Hoc autem non est quaerere veritatem, sed praesumptio gnostica. Cognitio mysterii Christi crescere et proficere debet, sed sine innovationibus disruptivis quae falsificationem significarent, sed in continuatione cum sensu tradito ab Ecclesia semel constituto.

Ad primum ergo dicendum quod Concilium Vaticanum II non intendebat mutare patrimonium dogmaticum traditum, sed promovere novam formulationem aptatam sermoni et culturae temporis nostri, in quantum illa valet et non in defectibus. Reformulare est legitimum, reinterpretari est prodere.
Ad secundum dicendum quod conceptus moderni personae ut autocognitio et naturae ut historia sunt falsi et inidonei ad interpretandum dogma. Retinentur conceptus traditi personae ut entis subsistentis et naturae ut essentiae immutabilis, sine quibus significatio dogmatis falsificatur.
Ad tertium dicendum quod dogma quidem debet explicari et profundari, sed non reinterpretari. Progressus dogmaticus est melius intellegere eundem sensum, in continuatione cum eo quod Ecclesia semel constituit, eodem sensu eademque sententia.
   
JG

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