jueves, 19 de febrero de 2026

Antonio Musarra responde a mi artículo sobre la Síndone. Una apreciación más respetuosa de la reliquia del Señor

El debate continuaba en septiembre del año pasado. Tras la publicación de la nota anterior, criticando articulada y argumentativamente el artículo publicado en el diario Avvenire, pocos días después Antonio Musarra, autor del mencionado artículo, le responde al padre Cavalcoli, quien no tarda en responder punto por punto a sus objeciones. Transcribimos aquí el interesante diálogo. [En la imagen: la Santa Síndone, positivo y negativo fotográfico].

Antonio Musarra responde a mi artículo sobre la Sábana Santa
Una apreciación más respetuosa de la reliquia del Señor

(Traducción a la lengua española del artículo del padre Giovanni Cavalcoli OP, publicado el 17 de septiembre de 2025 en su propio blog. Versión original en lengua italiana: https://padrecavalcoli.blogspot.com/p/antonio-musarra-risponde-al-mio.html)

Antonio Musarra, autor del artículo sobre la Sábana Santa, "Más allá de la autenticidad: así la Sábana Santa interroga nuestra fe", publicado en Avvenire ¹ el martes 9 de septiembre de 2025, artículo que había examinado en mi blog ², me envió desde su página de Facebook una respuesta que, con gusto, publico acompañada de mis observaciones.
El articulista se muestra más respetuoso de esta incomparable y preciosísima reliquia del Señor. Sin embargo, como el lector podrá constatar, no parece haber comprendido aún suficientemente las observaciones que hice en mi artículo tanto sobre el significado apologético del sagrado Lino, como sobre la importancia de la misteriosa huella dejada en él.
1. “La Sábana Santa de Turín vuelve periódicamente al centro del debate eclesial y mediático, oscilando entre dos extremos: quien la exalta como "prueba" de la resurrección de Cristo y quien la liquida como reliquia medieval de dudoso origen. En el medio, la posición de la Iglesia: prudente, respetuosa, capaz de valorizar su poder evocador sin transformarla en tótem. Es en este espacio que se sitúa la crítica que me ha sido dirigida: haber negado a la Sábana Santa un papel apologético, como si al hacerlo se vaciara la fe. Pero es realmente así?”.
Respondo: Estimado profesor, divido mi respuesta por puntos. Por cuanto respecta a mi afirmación de que usted ha "negado a la Sábana Santa un papel apologético, como si al hacerlo se vaciara la fe", le respondo recordándole que usted no da importancia a la Sábana Santa, como una reliquia, sino que la considera simplemente como una imagen sagrada capaz de despertar la devoción.
Ahora bien, la ciencia ha demostrado, como he dicho en mi artículo, que en realidad se trata de una huella científicamente inexplicable, que corresponde exactamente a lo que los Evangelios narran de la muerte de Cristo.
El término reliquia ha sido utilizado por algunos Papas y justifica la institución de la Misa en honor a la Sábana Santa, que se celebra en la diócesis de Turín.
Por cuanto respecta a mi afirmación de que su posición impide llegar a la fe o la vacía, le respondo haciéndole observar que, reduciendo la Síndone a una simple imagen devocional, usted quita a la Sábana Santa todos esos signos peculiares, que inducen naturalmente a pensar que efectivamente ha envuelto el cuerpo de Cristo y por consiguiente inducen a creer los testimonios del Evangelio, cuyo mensaje es efectivamente objeto de la fe cristiana.
Dice Musarra: "O, más bien, ¿no es cierto lo contrario: que la fe, cargada de pruebas materiales, se vacía de su aliento más auténtico? Hay que poner orden. Porque no todo lo que suscita devoción funda la fe, y no todo lo que afecta a los sentidos constituye un argumento creíble para quien busca a Dios. La fe cristiana tiene raíces más profundas: no nace de la prueba tangible, sino del encuentro con un acontecimiento proclamado, custodiado y transmitido por la comunidad de los creyentes (CIC 153-156)."
Respondo: Por cuanto respecta a sus palabras "no es cierto lo contrario: que la fe, si está cargada de pruebas materiales, se vacía de su aliento más auténtico", y respondo diciendo, como ya he dicho en mi artículo, que hay que distinguir las pruebas de credibilidad del mensaje de fe de las pruebas del propio contenido de fe.
El primer tipo de pruebas se constata por la simple experiencia, por la razón, por la ciencia y también por la historia. La constatación de estos datos no es capaz de producir la fe, pero pone las condiciones humanas de posibilidad de la fe.
Por cuanto respecta a las pruebas del contenido de la fe, aquí no es posible una demostración racional, porque se trata de verdades sobrenaturales, por lo cual el acto de fe no está formalmente motivado por la constatación de las pruebas de credibilidad, sino por la autoridad de Dios revelante.
A este respecto es útil la obra del teólogo, el cual no tiene la pretensión de demostrar las verdades de la fe, porque esto quitaría la fe, y sin embargo, puesto que tanto la razón como la fe son dos luces que provienen de Dios, la razón, iluminada por la fe, en la obra del teólogo proporciona argumentos de conveniencia concernientes a las verdades de fe.
Por cuanto respecta a sus siguientes palabras "no todo lo que suscita devoción fundamenta la fe, y no todo lo que afecta los sentidos constituye un argumento creíble para quien busca a Dios", sobre esto estoy sustancialmente de acuerdo, porque en el material que nos es ofrecido por los sentidos y por la historia es evidentemente necesario hacer un prudente discernimiento, sobre la base de válidos criterios históricos, filosóficos y científicos, como por ejemplo distinguir los milagros auténticos de los falsos, o bien distinguir los testimonios o las narraciones autorizadas o creíbles de aquellos que no tienen un fundamento de credibilidad.
Por cuanto respecta a sus palabras "La fe cristiana tiene raíces más profundas: no nace de la prueba tangible, sino del encuentro con un acontecimiento proclamado, custodiado y transmitido por la comunidad de los creyentes (CIC 153-156)", la prueba tangible es el motivo de credibilidad, del cual he hablado repetidamente. El motivo de credibilidad es necesario para que nuestra fe no sea confundida con una credulidad irrazonable o con un fideísmo emotivo y no sea un fenómeno de fundamentalismo, sino que sea conforme a la sana razón y por lo tanto pueda ser tal que constituya esa adhesión libre a la verdad revelada, movida por la gracia, libre adhesión que proviene de la acogida de la autoridad de Cristo, que se revela y que revela los misterios de la fe.
2. "El nudo teológico es simple, y sin embargo escurridizo: ¿qué funda la fe? El fundamento no es un objeto, sino un sujeto: Dios mismo, que revela. «A Dios que revela se le debe "la obediencia de la fe" (Rom 16,26; cf. Rm 1,5; 2 Co 10,5-6)» (Dei Verbum, 5). La fe es acto del hombre movido por la gracia, que se adhiere a la Palabra de Dios no porque esté demostrada por hallazgos, sino porque es reconocida como verdadera por la autoridad del Dios que habla (CIC 150)."
Respondo: Cuando se habla del fundamento de la fe, hay que distinguir las pruebas de credibilidad, que inducen a creer, del motivo formal de la fe.
Aquí el Catecismo se refiere al motivo formal de la fe, pero el Catecismo sobreentiende la enseñanza del Concilio Vaticano I, referente a los signos de credibilidad: "A fin de que el obsequio de nuestra fe sea conforme a la razón (Rm 12,1), Dios ha querido unir a las ayudas internas del Espíritu Santo los argumentos externos de su revelación, vale decir, las obras divinas y ante todo los milagros y las profecías, los cuales, mientras muestran luminosamente la omnipotencia y la infinita ciencia de Dios, son signos muy ciertos de la divina revelación, proporcionados a la inteligencia de todos" (Denz. 3009).
La Sábana Santa es uno de estos signos de credibilidad, que, favoreciendo la investigación científica, prepara la razón para el don de la fe o también para la consolidación de la fe de quien ya la posee.
3. "No hay un círculo vicioso en esto: la fe no "se funda en la fe" sino en una autoridad que trasciende a la razón y la ilumina. Ciertamente, la razón no está excluida. Prepara, dispone, busca motivos de credibilidad. El Concilio Vaticano I enseña: «para que el homenaje de nuestra fe fuera conforme a la razón, Dios quiso que a las ayudas interiores del Espíritu Santo, se unieran los argumentos exteriores de su Revelación, es decir, las intervenciones divinas, cómo son principalmente los milagros y las profecías que demuestran luminosamente la omnipotencia y la ciencia infinita de Dios y son signos muy seguros de la divina Revelación y adecuados a la inteligencia de todos" (Dei Filius, 3; pero también CIC 156). Los milagros, el testimonio de los santos, la coherencia del Evangelio, la continuidad de la Iglesia: todo esto tiene un valor. Pero no produce fe, la hace razonable. Es la gran lección que la Iglesia ha custodiado siempre: no confundir los motiva credibilitatis con el fundamento de la fe. Porque el fundamento es la autoridad divina, no un hallazgo arqueológico (por cuanto sugestivo!).
En este cuadro, la Síndone es un signo poderoso. Golpea los sentidos, cuestiona la ciencia, provoca a la razón. Pero sigue siendo, en la definición más sobria de los papas contemporáneos, un "icono del Sábado santo" (Benedicto XVI, 2 de mayo de 2010), un "espejo del Evangelio" (Juan Pablo II, 24 de mayo de 1998). No una prueba, no un dogma, no una certeza histórica definitiva. Usarla como prueba de la resurrección es peligroso: por un lado, porque la investigación científica no ha llegado a un consenso; por otro, porque el cristianismo no se apoya en un trozo de tela, sino en el anuncio de una tumba vacía y de apariciones que ninguna fibra de lino jamás podrá contener (1 Cor 15,3-8). Aquí se juega la distinción entre fe y superstición: la primera confía en Dios, la segunda exige garantías visibles. No es casualidad que la Iglesia nunca haya proclamado la Sábana Santa como una reliquia auténtica del cuerpo de Cristo. La deja al libre discernimiento de los fieles, alentando estudios serios pero sin vincularlos a la fe. Es esta prudencia la que preserva la libertad del acto creyente."
Respondo: Por cuanto respecta a este discurso, estoy sustancialmente de acuerdo, tanto más que usted cita el mismo pasaje del Concilio Vaticano I, que yo también he citado.
Por cuanto respecta a la posición de la Iglesia con respecto a la Sábana Santa de Turín, su título de reliquia del Cuerpo del Señor ha sido reconocido oficialmente por la institución de la Misa en honor de la Sábana Santa por voluntad del papa Julio II en 1506 ( https://sindone.org/vita-di-fede/liturgia/santa-messa/  ).
4. "Hay otro punto delicado que debo considerar. En algunos ambientes se ha llegado a hablar de la Sábana Santa como objeto no solo de veneración, sino incluso de adoración. Aquí, el error se convierte en grave: la adoración (latria) corresponde solo a Dios (CIC 2132), no a una sábana, aunque hubiera estado en contacto con el cuerpo de Jesús. Las reliquias se veneran, las imágenes se honran, pero solo Dios se adora. Confundir estos niveles significa deslizarse en un culto impropio, que no sirve a la fe sino que la distorsiona.”
Respondo: Si la Síndone ha sido reconocida por la Iglesia como reliquia del Cuerpo del Señor, crucificado y resucitado, esto significa que es la huella del Cuerpo y de la Sangre del Señor, evidentemente objeto de nuestra adoración, así como nosotros adoramos la Santa Cruz.
Esto quiere decir que la Sábana Santa, en cuanto sábana, marcada por el Cuerpo y la Sangre de Cristo, evidentemente no es objeto de adoración, pero nos da un motivo visible para elevar nuestra mirada de fe a la adoración del misterio de Cristo.
5. "Y además: presentar la Sábana Santa como "proyección luminosa" del cuerpo resucitado, como si una energía misteriosa hubiera impreso su imagen, corre el riesgo de transformar la resurrección en un fenómeno físico, casi de laboratorio. Pero la resurrección no es un proceso químico: ¡es un acto creativo de Dios, que devuelve la vida transfigurada (CCC 646)! Reducirla a energía significa empobrecerla".
Respondo: La descripción que he hecho acerca de la misteriosa oxidación de la tela sindonica hace referencia a estudios recientes de carácter científico 
El hecho de que estamos ante un cuadro experimental, que interesa a la química y a la física, presenta un gran interés, porque, según la narración evangélica, confirmada por el Magisterio de la Iglesia, el Cuerpo del Señor resucitado era perceptible al tacto, a la vista y al oído.
Por tanto, no es de extrañar que, en el momento de la resurrección, el Cuerpo de Cristo, unido hipostaticamente a la Persona del Verbo, haya emanado una energía física milagrosa, propia del Cuerpo resucitado y originada por la potencia divina, como ocurrió en el episodio del Tabor.
Por cuanto respecta a su tesis del acto creativo de Dios, debo decir que no tiene fundamento, porque el acto divino de la resurrección no implica ninguna creación, sino solo la manifestación del esplendor de la gloria de Cristo, previamente oculta en su vida mortal desde el momento de esta manifestación, manteniéndose definitivamente en la gloria de Cristo a la derecha del Padre.
6. "No por casualidad la Iglesia prefiere hablar de la Sábana Santa como un signo que "remite", no como una prueba que "demuestra"."
Respondo: Se puede decir ciertamente que la Sábana Santa remite al misterio de Cristo, como prueba de credibilidad, pero indudablemente no demuestra en absoluto el misterio de Cristo, porque éste es solo objeto de la fe.
7. "¿Qué podemos decir entonces? Que la Sábana Santa tiene un valor inmenso, si es custodiada en su justo orden: no fundamento de la fe, sino "ayuda" a la fe (CIC 164); no prueba de la resurrección, sino "icono" -aunque, desde una perspectiva histórica y, por lo tanto, inmanente, el término puede (debe) ser discutido- que actualiza el misterio; no objeto de adoración, sino "signo" que remite a la adoración de Dios. Es esta distinción la que salva a la fe de ser reducida a superstición y a la ciencia de ser forzada a decir lo que no puede decir. La apologética es útil, pero no sustituye al anuncio. Los signos son preciosos, pero no sustituyen a la autoridad de Dios. La Sábana Santa puede hacernos contemplar el sufrimiento y la muerte, puede empujarnos al silencio y a la oración. Pero la fe nace en otra parte: en la escucha del Evangelio (Pablo es muy claro: Rm 10,17), en el encuentro con el Resucitado, en la comunidad que lo testimonia. Es allí donde se decide si creer o no creer. Todo lo demás -telas, imágenes, energías- sigue siendo un margen sugestivo, pero nunca decisivo. Es bueno recordarlo, para no confundir la señal con la realidad que indica".
Respondo: La Sábana Santa de Turín es ayuda a la razón para prepararla para recibir la luz de la fe. Sin duda no es fundamento de la fe, sino solo un hecho que induce a creer. Fundamento de la fe es la Palabra de Dios, que revela su Misterio.
La Sábana Santa no es una prueba de la resurrección de Cristo, porque estas pruebas ya nos han sido dadas por los relatos evangélicos. Si acaso es un documento histórico de importancia única, que sin embargo, ante el misterio de la irradiación del que he hablado, ante el escrutinio de la ciencia más avanzada, induce ciertamente a considerar que esa misteriosa irradiación fue provocada por el instante en que Cristo resucitó.
La apologética, como he dicho, no reemplaza el anuncio, pero lo prepara y lo hace creíble. Ciertamente la fe no nace de la visión de la Sábana Santa, sino de la escucha de la Palabra de Dios, y sin embargo la Sábana Santa dispone nuestro ánimo a escuchar la Palabra de Dios.
Ciertamente nosotros decidimos si creer o no creer ante el testimonio de los Evangelios, pero la decisión concerniente a la fe puede ser razonable solo si previamente o de manera concomitante consideramos el valor de las pruebas de credibilidad, entre las cuales está la Sábana Santa de Turín.
   
Un lector cuestionó mi referencia a los Templarios en relación con mi artículo sobre la Sábana Santa.
Soy consciente de que algunos historiadores niegan que los Templarios tuvieran la Sábana Santa. Sin embargo yo, aunque no soy historiador, prefiero tener una opinión diferente. Y ahora expongo los motivos que justifican mi opinión.
En 1204 los Templarios, participando en la IV Cruzada, se entregaron a graves saqueos en Constantinopla, donde era conservada la Sábana Santa. En esta ocasión la Sábana Santa desapareció y durante un siglo y medio no se supo nada de ella.
Uno podría preguntarse el porqué del largo silencio, del cual he hablado arriba. Es posible, aparte de la posibilidad de que algunos documentos se hayan perdido, que los Templarios hayan hecho uso de la Sábana Santa en una forma impropia y esotérica. Ahora bien, sabemos cómo el esoterismo empuja a la práctica de una forma de silencio malsano sobre la conservación de valores supremos, de los cuales nos consideramos custodios, con una actitud de desprecio hacia los profanos.
"Aproximadamente un siglo y medio después de su llegada a Francia, probablemente gracias al Barón Othon de la Roche, el Sacro Lino volvió a hacer hablar de sí mismo no muy lejos de Ray-sur-Saône, precisamente en Lirey, donde el caballero Geoffroy de Charny se casó con una descendiente directa del Barón, Jeanne de Vergy. La noble mujer habría llevado en dote la Sábana Santa en el momento de su matrimonio, transfiriendo así la reliquia a las manos seguras de otro cruzado." ³.
En este punto podemos preguntarnos cómo es que esta noble mujer y su familia estaban en posesión de la Sábana Santa. ¿De quién pueden haberla recibido? En coherencia con mi hipótesis de que el Sagrado Lino estaba en posesión de los Templarios, no se puede excluir que la reliquia haya sido donada a esta familia, a través de algunas manos, por un ex templario.
Alrededor de 1350 aparece en las manos del noble Geoffroy I conde de Charny, quien con la autorización del legado pontifico, Card. Pietro di Santa Susanna, construyó una iglesia colegiada en Lirey, donde se exponía la Sábana Santa. Mientras tanto los Templarios, como se sabe, habían sido suprimidos por el Papa Clemente V con la bula Vox in excelso el 22 de marzo de 1312 en el Concilio de Vienne.
En 1453 se reconoce oficialmente a la Casa de Saboya ⁴ la posesión de la preciada reliquia. De esta manera la Sábana Santa, propiedad de la Casa de Saboya, en 1983 fue donada por testamento por Humberto II a San Juan Pablo II.
Entre las acusaciones infamantes y ciertamente falsas lanzadas contra los Templarios, durante el famoso proceso que llevó a su supresión, estaba la de que adoraran un ídolo llamado Bafometto.
Ahora bien, algunos historiadores avanzan la hipótesis bastante razonable de que en realidad se trataba precisamente de la Sábana Santa, doblada para que se pudiera ver solo el Rostro. Una acusación tan infamante no podía agradar a Felipe el Bello, para empujar al Papa a suprimir a los Templarios? ¿Qué cosa más odiosa se podía imaginar, sobre todo en la Edad Media, tan rica en religiosidad, que la adoración de un ídolo abominable?
   
P. Giovanni Cavalcoli
17 de septiembre de 2025

16 comentarios:

  1. Dada la importancia de las respuestas del padre Giovanni Cavalcoli en 2025, tras la publicación de este artículo, a varios lectores, incluido el profesor Antonio Musarra, me ha parecido necesario transcribir tales comentarios a continuación:

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  2. Un lector (Bruno V.) comentó: A una primera lectura de la réplica del prof. Musarra examinada por usted en este artículo, tuve yo también la impresión de que el docente de Historia medieval en La Sapienza haya atenuado sensiblemente el tono minimizador, si no casi despreciativo, del valor de la Sábana Santa, que había usado en su precedente artículo publicado en Avvenire. Y esto me parece apreciable. La fe cristiana, escribe Musarra, nace “del encuentro con un evento proclamado, custodiado y transmitido por la comunidad de los creyentes (CCC 153-156)”. Si es apreciable la cita de los mencionados artículos del Catecismo, la síntesis que la frase de Musarra hace de ellos es parcial. En efecto, el artículo 155, entre otras cosas, dice: “En la fe, la inteligencia y la voluntad humanas cooperan con la gracia divina: «Credere est actus intellectus assentientis veritati divinae ex imperio voluntatis a Deo motae per gratiam» (Santo Tomás de Aquino, Summa theologiae, II-II, q. 2, a. 9, c; Dei Filius, c. 3)”. Y el artículo 156, entre otras cosas, dice: “para que el obsequio de nuestra fe fuese ‘conforme a la razón’, Dios quiso que a las ayudas interiores del Espíritu Santo se acompañasen también pruebas exteriores de su revelación (Dei Filius, c. 3). Así los milagros de Cristo y de los santos (cf. Mc 16,20; Hb 2,4), las profecías, la difusión y la santidad de la Iglesia, su fecundidad y su estabilidad «son signos certísimos de la divina revelación, adecuados a toda inteligencia» (*Dei Filius, c. 3)”. Por tanto, precisamente los artículos del CCC citados por Musarra nos enseñan que la fe no es solamente “encuentro” con “el evento proclamado, custodiado y transmitido por la comunidad de los creyentes”, sino que involucra directamente la inteligencia del hombre, además de la voluntad, pues creer, como dice el gran santo Tomás, es acto del intelecto que, bajo el impulso de la voluntad, movida por Dios mediante la gracia, da su consentimiento a la verdad divina. Voluntad del divino Creador fue que la fe fuese “conforme a la razón”, y por esto quiso que a las ayudas espirituales de su Santo Espíritu se unieran como “pruebas” (nótese el término inequívoco) exteriores de la Revelación, comenzando naturalmente por los milagros realizados por nuestro Señor, continuando luego en la historia del Cristianismo con los de los santos, etc., a considerar como “signos certísimos” (nótese el adjetivo superlativo) “de la divina revelación” y, subraya el Catecismo con un ulterior llamado a la participación intelectiva y racional del hombre, “adecuados a toda inteligencia”. Así la fe, como enseña el artículo 153 del CCC, “mueve el corazón y lo dirige a Dios” pero añade también “abre los ojos de la mente”. Por desgracia, de estas enseñanzas que se derivan de los citados artículos del CCC, en el texto de Musarra aparece una cierta reducción. Donde el Catecismo habla de “inteligencia que coopera con la Gracia” y de “acto del intelecto que da su asentimiento”, él se limita a conceder que “la razón no está excluida”; donde el Catecismo habla de “pruebas” y de “signos certísimos de la divina revelación”, él los atenúa, como mucho, en “motivos” de credibilidad. Este minimalismo sobre el papel de la razón, de la inteligencia, y por tanto también de la auténtica filosofía, respecto a la fe, no hace bien a la Iglesia, a la apologética, a la evangelización. “La fe y la razón son como dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad [...] Cuán profundo sea el vínculo entre el conocimiento de fe y el de razón está indicado ya en la Sagrada Escritura con apuntes de sorprendente claridad. Lo documentan sobre todo los Libros sapienciales [...] la armonía fundamental del conocimiento filosófico y del conocimiento de fe es una vez más confirmada: la fe pide que su objeto sea comprendido con la ayuda de la razón; la razón, en la cumbre de su búsqueda, admite como necesario lo que la fe presenta” (san Juan Pablo II, Fides et ratio, 16; 42).

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    1. Estimado Bruno,
      no tengo más que elogios por la magnífica exposición de la doctrina católica sobre la relación de la razón con la fe y en particular la tarea de la apologética como ciencia que muestra las pruebas de credibilidad del mensaje evangélico con el fin de conducir con argumentos de razón al interlocutor a darse cuenta de la conciliabilidad de la Palabra de Dios con las exigencias de la sana razón, de tal manera que la acción de la gracia pueda actuar sobre su mente para hacerle aceptar la verdad divina en virtud de la autoridad de Dios revelante. En cuanto a la fe, como suscitada por el encuentro con Cristo en el seno de la comunidad de los creyentes, me parece una expresión válida, tanto más que ha sido utilizada por los últimos tres Papas: San Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco. En efecto, este encuentro puede entenderse como una experiencia interior, por la cual el hombre, al llegar a conocer el Evangelio, queda atraído por la figura de Jesús, por sus enseñanzas, por sus milagros y sobre todo por el inmenso amor hacia nosotros pecadores, para los cuales Él, Hijo de Dios, ofrece su vida inocente por nuestra salvación. Obviamente no se trata de un encuentro en sentido físico, sino que se trata como he dicho y en todo caso de un encuentro interior e interpersonal, gracias al cual nos sentimos verdaderamente ante Jesús, que nos interpela y nos ama. Añado que estoy totalmente de acuerdo con la opinión que usted da sobre las declaraciones del Prof. Musarra.

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  3. Otro lector (Giuseppe) comentó: Si pienso en los Evangelios, entonces esto me lleva a decir que Jesús recurrió ampliamente a los milagros para hacer creíble su predicación. Ciertamente, en aquellos tiempos debía hacerse reconocer, por lo que era necesario recurrir por su parte a los milagros para resaltar su naturaleza también Divina; esto no quita que no se basara solo en la predicación, sino también en acontecimientos tangibles y extraordinarios, tanto que dijo: "aunque no quieran creerme, al menos crean en las obras". Por lo tanto, me parece poder decir que los milagros han tenido un papel fundamental para la fe de los primeros cristianos que allí se transmitieron y que hacen creíble y razonable nuestra fe. Luego, a lo largo de la historia, Dios nos ha iluminado con muchos otros milagros para corroborar nuestra fe e iluminarnos. En cuanto a la energía que se habría liberado en el momento de la resurrección, yo no entiendo qué dificultad puede crear, nadie sabe lo que sucede durante la resurrección y de qué instrumentos se sirve Dios para realizarla. Por lo tanto, podría ser que la resurrección implica una emanación de energía física en forma de radiación. Por cierto, leyendo la respuesta, me vino a la mente el episodio de la curación del hemorroissa en el que Jesús mismo dice que sintió una fuerza salir de Él. Podría haber una relación entre el milagro que parece requerir fuerza, y la resurrección que libera energía.

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    1. Estimado Giuseppe,
      apruebo a pleno sus consideraciones. Me gustaría añadir algo más y distinguir a los que han visto un milagro de los que han recibido noticias de un milagro. Yo creo que la mayoría de nosotros, creyentes, llegamos a la fe no por haber visto milagros, sino por creer en el testimonio de quienes los vieron. Pero debemos suponer que esta decisión ha sido razonable, porque puede haber el riesgo de una credulidad demasiado fácil, que no conduce a la fe, sino que puede llevar al fanatismo. Por cuanto respecta a la energía luminosa-calorífica, como única explicación posible para la huella síndontica, según la más avanzada investigación científica, quisiera reafirmar con usted la perfecta correspondencia de este fenómeno con el relato evangélico de la resurrección, que nos hace comprender que Cristo no está iluminado por una luz desde el exterior, es decir, la huella del rostro sindónico no es un retrato, sino el testimonio de una luz que sale del rostro de Cristo. Y esto es del todo lógico, si es verdad que Cristo no recibe la luz de nadie, sino que es Él la luz, fuente de toda luz.

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  4. Otro lector (M. Angheran) comentó: Veo que en Avvenire del 15 de septiembre hay un intento complaciente de respuesta a Musarra firmado por Gian Maria Zaccone (Director del Centro Internacional de Estudios sobre la Sábana Santa) bajo un título ampliamente despectivo, que demuestra -si alguna vez hubo necesidad- el estado del diario de la CEI: "El debate sobre el origen de la Sábana Santa no nos muestra su fuerza espiritual". Creo que es inútil tratar de proporcionar elementos objetivos , como usted ha hecho, cuando el marco es necesariamente el editorial que conocemos bien. Tengo la impresión de que la próxima película de Mel Gibson borrará cualquier ambigüedad en un instante , como The Passion barrió décadas de teología melosa y empalagosa. Podemos estar seguros de que el desprecio de Avvenire no faltará. En cuanto a la polémica de los templarios estamos más o menos en el mismo plano, una cola de paja larga un kilómetro , destinada a reafirmar lo buenos y valientes que eran los primeros y lo despreciable que era la corte de Francia. "La mejor prueba del hecho de que la Sábana Santa no perteneció a Geoffroy di Charny mismo es que, a la muerte de éste, su hijo Geoffroy II no la heredó. De hecho, la Sábana Santa pertenecía a su esposa, Jeanne de Vergy".

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    1. Estimado Angheran,
      le agradezco por reportar el artículo de Zaccone. Lo que he dicho sobre los Templarios, si usted ha leído con atención, no tiene nada que ver con su mitización, que no corresponde a los datos de la historia. He hablado de ellos, en efecto, del esoterismo. Sin embargo, mantengo mi opinión de que ellos han conservado secretamente la Sábana Santa y, después de su supresión, yo no descartaría la posibilidad de que algún ex Templario, por medio de algún mediador posterior, hubiera hecho llegar la Sábana Santa al cruzado Barón de la Roche. Como puede comprobar, Jeanne de Vergy es descendiente del barón. Véase aquí: https://casarealeavoia.it/sindone-storia-europea/

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  5. Otro lector (Alessandro) comentó: Estimado Padre, me alegro de haberle conocido a través de este blog. Con cortesía, educación, honestidad intelectual, respeto, usted explica muy bien cuál es el camino correcto a seguir. ¡La adoración de la Cruz! Qué hermoso ejemplo que hace callar a todo el mundo. No se adora la pieza de madera sino el gesto de Dios por nosotros. Así es para la Sábana Santa, más aún, porque eso es con toda (mucha) probabilidad precisamente esa sábana de lino de la que leemos en los Evangelios.

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    1. Estimado Alessandro,
      en efecto, el Evangelio de Mateo nos relata que José de Arimatea, "tomando el cuerpo de Jesús, lo envolvió en una sábana blanca y lo puso en su tumba" (Mt 27,59-60). En cuanto a Juan, usa un término en plural: los vendajes (othonia) (Jn 20,7), pero se trata ciertamente de la Sábana Santa.

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  6. El profesor Musarra comentó: Estimado padre, he leído con atención la contrarréplica a mi réplica sobre la Sábana Santa. Agradezco el cuidado con que ha comentado el texto y la voluntad de diálogo, que considero siempre un bien. Sin embargo, es necesario despejar el campo de un equívoco: no creo haber sido “más respetuoso”. El respeto nunca ha faltado. Pienso, más bien, que no se ha captado el punto que he tratado de enfocar: la distinción entre el "signo que remite" y el "fundamento que salva". A lo largo de su réplica, estimado padre, he notado un continuo oscilar: por un lado, reconoce que la fe no nace de la Sábana Santa; por otro, atribuye al lino –es más, al Lino– una función probatoria que desemboca en una circularidad lógica. Decir que la Sábana Santa no es “prueba de la resurrección” y, al mismo tiempo, que ella “induce ciertamente a considerar que tal misteriosa irradiación haya sido provocada por el instante en el cual Cristo resucitó” significa asumir como demostrado lo que se querría demostrar. ¿Qué quiere decir "induce a creer"? Es una petitio principii que no se sostiene. Del mismo modo, afirmar que la Sábana Santa es objeto de adoración “como la Cruz” para luego precisar que la adoración no va al lino en sí sino a la impronta genera confusión entre veneración y latría: distinción que la Iglesia siempre ha defendido con claridad. Finalmente, la idea de que la imagen se haya formado por una “energía física milagrosa” emanada del cuerpo resucitado ("No hay, por tanto, de qué maravillarse si, en el momento de la resurrección, el Cuerpo de Cristo, unido hipostáticamente a la Persona del Verbo, haya emanado una energía física milagrosa, propia del Cuerpo resucitado y originada por la potencia divina, de modo semejante a lo que ocurrió en el episodio del Tabor") pertenece más al lenguaje de la ciencia ficción que al de la ciencia –y mucho menos al de la fe–, reduciendo la resurrección a un fenómeno medible y no a un acto creativo de Dios: un acto que trasciende la lógica de la física y de la química. Esto, al margen de la unión hipostática, ya que el cuerpo resucitado de Cristo es un cuerpo glorioso.
    (Continúa)

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    1. No menos problemático es el recurso a la historia. Sobre este argumento, pienso que Andrea Nicolotti lo ha dicho todo (es más, soy prudente: que ha dicho mucho, en el estado actual). No hablo del reciente hallazgo del pasaje de Nicolás de Oresme, sobre el cual hemos discutido amablemente, sino de todo lo que viene antes. Si es que pueda identificarse un "antes". No repaso todo el razonamiento. Basta saber que nada autoriza la identificación entre la sábana constantinopolitana por usted citada y la de Lirey. Nuevamente, los pasos lógicos son importantes. Por un lado, se invoca la necesidad de rigor para distinguir los milagros auténticos de los supuestos; por otro, se acogen conjeturas sobre los Templarios que no tienen fundamento alguno, transformándolas en marco interpretativo. Yo mismo, hace algunos años, me había preocupado de verificar la tesis templaria, galvanizado por su sugestividad; se estaba entonces, sin embargo, en ayunas de una verdadera y propia sistematización de la materia, que Nicolotti ha proporcionado. Remito, pues, a sus volúmenes. La hipótesis de que la Sábana haya nacido como objeto devocional –al margen de su uso impropio– es una consecuencia directa de ello, sobre la cual se está consolidando la investigación. Mi punto, por tanto, permanece simple y lineal. La Sábana es un signo potente: puede interpelar a la razón, conmover los sentidos, conducir a la oración. Sin embargo, sigue siendo un signo. La fe no se funda en ella. La fe nace de la escucha de la Palabra y del encuentro con el Resucitado, como enseña san Pablo y como reafirma el Catecismo. Pienso que sobre esto se puede concordar. Todo lo que excede este marco, sin embargo, corre el riesgo de sobrecargarla con vínculos impropios, de confundir el signo con la realidad que indica. Tanto más frente a un conjunto de conjeturas. Es esto lo que quería decir, y lo que continúo pensando: no un mayor respeto, sino un respeto distinto, más fiel a la historia y a la distinción que la Iglesia custodia. Si se confunden los planos se corre el riesgo de hacer daño a la misma fe, que es don y libertad, no silogismo ni demostración. Con respeto y admiración, Antonio Musarra.

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    2. Estimado Profesor, le agradezco por esta rica intervención muy estimulante.
      Paso enseguida a la discusión de los singulares puntos.
      1) La distinción entre el “signo que remite” y el “fundamento que salva”.
      Acepto esta distinción en los siguientes términos: “signo que remite” lo veo como prueba de credibilidad del mensaje evangélico con el cual concuerda la Sábana Santa. Santo Tomás dice que este tipo de signos es un inductivum ad fidem, no en el sentido de que motive formalmente el creer; esto es el “fundamento que salva”, es decir, el Cristo en cuanto creído por medio de la fe, que Él nos dona cuando estamos abiertos a la verdad de los signos que Él realiza, para que creamos en Él. La Sábana Santa es uno de estos signos, que remiten a Cristo, que interpela nuestra conciencia a fin de que creamos en Él.
      2) Decir que la Sábana Santa no es “prueba de la resurrección” y, al mismo tiempo, que ella “induce ciertamente a tener por cierto que tal misteriosa irradiación haya sido provocada por el instante en el cual Cristo ha resucitado” significa asumir como demostrado aquello que se querría demostrar.
      La Sábana Santa no es una prueba de la resurrección en el sentido de que ella no nos pone directamente frente a Cristo Resucitado, que actualmente está en el cielo.
      Sin embargo, se puede decir que la impronta sindónica, según los datos actuales de la ciencia, ha sido provocada por una potentísima y delicada energía luminoso-calorífica, que ha golpeado el lienzo de modo perpendicular, de tal manera que tanto el cuerpo del Señor como el lienzo mismo tenían una posición vertical.
      La pregunta que nos hacemos: ¿cómo puede un cuerpo muerto emanar una energía de tal género? ¿Y cómo hace un cadáver para estar en posición erguida, junto con un lienzo igualmente en posición erguida? ¿No es esto un hecho milagroso?
      Por otra parte, ¿cómo explicar este hecho del mejor modo, si no haciendo referencia –he aquí el remitir o inductivum– a la narración evangélica de la resurrección? Me parece que exponiendo las cosas de este modo desaparece cualquier círculo vicioso, porque no doy por demostrado aquello que debo demostrar, sino que demuestro la tesis (la credibilidad de la resurrección) por medio de una prueba demostrativa (la impronta milagrosa).
      3) ¿Qué quiere decir “induce a creer”?
      Podemos hacer la comparación con los milagros de Cristo, narrados por el Evangelio. En efecto debemos decir con toda franqueza que la Sábana Santa de Turín es un objeto milagroso, como por ejemplo también el milagro de Bolsena o la sangre de San Jenaro. ¿Qué quiero decir? Usted recordará que Cristo en el Evangelio hace milagros a fin de que nosotros creamos en Él y reprende a aquellos que, habiendo visto sus milagros, sin embargo no han querido creer.
      Esto, ¿qué significa? Que el milagro interpela nuestra responsabilidad, de modo que el creer se convierte en un deber. En este sentido el milagro induce a creer, no en el sentido de que necesite nuestro intelecto, como hace la ciencia, porque de otro modo ya no existiría más el creer, sino la evidencia mediata o inmediata; sino en el sentido de que nuestra razón se da cuenta del deber de creer, aunque el acto de fe no sea la conclusión de un silogismo, sino una iluminación que desciende del cielo.

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    3. 4) Afirmar que la Sábana Santa es objeto de adoración “como la Cruz” para luego especificar que la adoración no va al lino en sí sino a la impronta genera confusión entre veneración y latría: distinción que la Iglesia ha defendido siempre con nitidez.
      No veo que haya nada de inconveniente en adorar la impronta sindónica del Cuerpo y de la Sangre de Cristo. En efecto, si nosotros adoramos la Cruz el Viernes Santo, que es un simple artefacto humano, con mucha mayor razón somos llamados a adorar aquellas huellas del Cuerpo y de la Sangre del Señor, que encontramos en la Sábana Santa.
      Por esto la Sábana Santa de Turín, como he dicho y repetido, no es una simple imagen sagrada, sino que es una reliquia del Señor. Nosotros veneramos las imágenes sagradas, pero ¿cómo no adorar una reliquia del Señor?
      Distinto es el caso de las reproducciones artificiales de la Sábana Santa de Turín, como por ejemplo la Sábana Santa de Salerno (https://www.diocesisalerno.it/museo-diocesano-convegno-sulla-sindone-di-salerno/). Está claro que aquí estamos delante solamente de una imagen sagrada y aquí vale la función de la veneración.
      5) La idea de que la imagen se haya formado por una “energía física milagrosa” emanada del cuerpo resucitado pertenece más al lenguaje de la ciencia-ficción que al de la ciencia – y mucho menos de la fe –, reduciendo la resurrección a un fenómeno mensurable y no a un acto creativo de Dios: un acto que trasciende la lógica de la física y de la química. Esto, independientemente de la unión hipostática, ya que el cuerpo resucitado de Cristo es un cuerpo glorioso.
      Le hago presente que todos los fenómenos físicos tienen su causa ontológica primera en Dios mismo, purísimo espíritu, que los ha creado, los conserva, les da sus leyes y los hace activos como causas segundas de otros fenómenos.
      Ahora bien, en el campo de los fenómenos físicos existe también el milagro, el cual es un hecho físico que es explicable solamente con la acción de la omnipotencia divina, como dice el Concilio Vaticano I (Denz. 3009) (https://www.vatican.va/archive/hist_councils/i-vatican-council/documents/vat-i_const_18700424_dei-filius_it.html).
      No existe ninguna ley física por la cual el cuerpo de un difunto pueda emanar aquella luz que ha dejado la impronta sindónica desde hace 2000 años, luz emanada de un cuerpo en posición vertical, como ya he dicho, absolutamente incompatible con la que asume un cadáver en el orden natural de las cosas.
      Hago además presente que Cristo, al resucitarse a sí mismo, no ha cumplido ningún acto creativo, sino que simplemente ha devuelto la vida a su cuerpo, el mismo cuerpo que tenía en esta vida, aunque con ello mismo ha asumido los caracteres del cuerpo glorioso, que actualmente posee en la gloria eterna del cielo.
      La ciencia puede constatar los signos físicos tanto de la pasión como de la muerte y de la resurrección de Jesucristo, como narrado en los Evangelios y enseñado por la Iglesia Católica desde hace 2000 años.

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    4. 6) No menos problemático es el recurso a la historia.
      En lo que respecta a la historia precedente de la Sábana Santa, que aparece misteriosamente en 1350, comprendo bien la dificultad de comprobar los testimonios sobre ella, que tenemos anteriormente desde los primeros siglos.
      Lo que yo pediría a los historiadores es al menos esto: que se consideren de algún modo creíbles los testimonios precedentes, para poder explicar la importancia enorme que en la Iglesia, a partir de la Edad Media, la Sábana Santa ha tenido y tiene todavía en atraer una infinidad de almas al misterio de Cristo Nuestro Salvador.
      Querría además observar que, aparte de los testimonios históricos, la ciencia moderna, bajo diversos ángulos, ha podido comprobar la antigüedad del lienzo sindónico y la correspondencia de él con las narraciones, que hacen remontar su origen a la época de Cristo.
      A tal respecto son interesantes las conclusiones a las cuales ha llegado el Consejo Nacional de las investigaciones (https://www.dsctm.cnr.it/it/archivio-m/highlights-m/507-2000-anni-di-storia-della-sindone-di-torino-visti-ai-raggi-x.html).

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  7. Otro lector (Alessandro) escribió: Como simple creyente, informado sobre las investigaciones sobre la Sábana Santa, debo decir, modestamente, que no entiendo por qué el Prof. Musarra insiste, para la Sábana Santa, en usar el término "fundar la fe" (no puede ser usada para fundar la fe). Mi fe es anterior, es antes de que conociera la Sábana Santa (y similarmente antes de que conociera los milagros eucarísticos u otros milagros y apariciones marianas). Para mí la Sábana Santa confirma la fe, quizás la fortalece, pero no la funda. Están los Evangelios y el testimonio de los Santos y también el de tantos hombres y mujeres santos vivos que nos hablan para suscitar en nosotros la fe, el seguir a Jesús, una persona viva también ahora, no una idea. La Sábana Santa me asombra sobre todo porque irrumpe concretamente en (mi) tiempo y está delante de mí (la he visto en exposición dos veces). Y es justo entonces hablar de adoración porque se "toca", se "ve" la resurrección del cuerpo martirizado de Jesús, muerto por nosotros en la cruz. Todo es real, no son solo palabras. Como en otras experiencias de la vida, una cosa es escuchar de terceros, otra es vivir la experiencia directa. Jesús sabe bien lo que hay en nuestro corazón, hace todas las cosas bien, con delicadeza y poder.

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    1. Estimado Alessandro,
      me complace mucho la descripción de su relación como creyente con la Sábana Santa.
      Pero una tarea urgente, sobre la que ha insistido continuamente el papa Francisco, es la de la evangelización, que es el arte de saber conducir a los no creyentes honestos a la fe, mostrándoles testimonios y signos de credibilidad para hacerlos reflexionar y comprender, a la luz de la gracia, que creer en Cristo es un deber preciso.
      Existe una disciplina filosófico-teológica, la apologética, que es aquella que forma al buen evangelizador, el cual prepara al no creyente para alcanzar esa disponibilidad de espíritu, que le hace capaz de poder acoger el anuncio de la Palabra de Dios.
      Ahora bien, la Sábana Santa es uno de esos caminos que conducen a la fe, por lo que puede ser apreciada no solo por el creyente, sino también por el no creyente, ciertamente de dos maneras diferentes. El creyente como usted, es confirmando en lo que ya cree, es decir en la fe en el misterio de la pasión, muerte y resurrección de Cristo, narrado por los Evangelios. El no creyente, debidamente instruido sobre lo que es la Sábana Santa, es decir aprendiendo a conocer su carácter milagroso, es estimulado o llevado a creer que los relatos evangélicos, que se refieren a la pasión, muerte y resurrección de Cristo, son verdaderos.
      Usted afirma que la Sábana Santa no puede constituir un fundamento de nuestra fe. Como ya he dicho, si por fundamento usted se refiere a la razón o al porqué nosotros creemos en Cristo, ciertamente la Sábana Santa no es este motivo, dado que el motivo es la autoridad de Dios, que se revela.
      Sin embargo por fundamento podemos también entender un motivo humano o racional, que es la toma de conciencia de la milagrosidad de la Sábana Santa de Turín. Un no creyente honesto, que se da cuenta de este hecho, inicia un camino intelectual y moral, que la Iglesia designa como efecto de un razonamiento que induce (Denz. n. 2755) o conduce (Denz. n. 2813) a la fe.

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