jueves, 19 de febrero de 2026

La Síndone ¿es el manto que ha envuelto el cuerpo de Cristo? Avvenire comete un error de apologética

Cinco años después de la nota publicada anteriormente, siempre acerca del proceso de formación de la impronta de Nuestro Señor en la Santa Sábana, el padre Giovanni Cavalcoli publica un artículo en respuesta a otro publicado en el diario italiano Avvenire. De modo claro, el padre Cavalcoli recuerda que la apologética nos enseña que el milagro no es objeto de fe, sino que es un hecho o acontecimiento evidente, sensible, experimentable, racional y científicamente documentable y demostrable,  que induce a creer, sin quitar el hecho de que el acto del creer supera o sobrepasa las fuerzas de la razón y es un don de Dios. El signo de credibilidad -y éste es también la Santa Sábana- deja siempre libre el acto de fe, que por lo tanto no es la conclusión de un silogismo, y sin embargo, por gracia de Dios, interpela a la conciencia honesta haciendo presente el deber de creer. 

La Síndone ¿es el manto que ha envuelto el cuerpo de Cristo?
Avvenire comete un error de apologética

(Traducción a la lengua española del artículo del padre Giovanni Cavalcoli OP, publicado en su blog el 14 de septiembre de 2025. Versión original en italiano: https://padrecavalcoli.blogspot.com/p/la-sindone-e-il-telo-che-ha-avvolto-il.html)

La razón conduce a la fe y prepara el acto de fe

El periódico Avvenire ¹ del pasado 9 de septiembre publicó un artículo de Antonio Musarra, titulado Devoción, más allá de la autenticidad, en el que el Autor, al tratar de la Sábana Santa de Turín en relación con el problema de la fe, excluye que la Sábana Santa pueda tener un valor apologético, con un razonamiento falso, afectado por el vicio de la tautología. Musarra dice en efecto: «la fe cristiana no se funda sobre hallazgos tangibles, sino sobre un acontecimiento proclamado y creído». Es lo mismo que decir que la fe se basa en la fe, o que creer se basa en creer.
Esta no es la verdadera fe cristiana y no es así como nace la fe. Esto es sugestión, emoción, plagio, fanatismo, adoctrinamiento o vana credulidad. La verdadera fe cristiana es una fe sobrenatural motivada por dos principios generadores: un principio introductorio y preparatorio humano, que es la investigación y verificación racional de los motivos de credibilidad del mensaje de fe y un principio divino, principal y decisivo, que es Dios quien ilumina la mente y la mueve a adherirse a la Palabra de Dios.
Por lo tanto, la proclamación del acontecimiento de Cristo no es el fundamento de la fe, sino que es el mensaje que el predicador propone como objeto o contenido de la fe. El motivo o fundamento de la fe es la autoridad de Dios que a través del predicador revela el contenido de la fe. Proclamar el mensaje cristiano ante un auditorio que no ha sido previamente preparado por un inteligente trabajo apologético, o es una ofensa al mismo mensaje o es adoctrinamiento o propaganda que confunde el anuncio evangélico con la publicidad de un dentífrico.
En el acto de fe el creyente asume o acoge como verdadero lo que le es comunicado o anunciado por el predicador como revelación divina, superior a la verdad racional y por tanto no evidente a la razón y no demostrable racionalmente.
La fe, teniendo por objeto verdades sobrenaturales y divinas, ciertamente no es causada por la simple razón, la cual puede determinar solo verdades a ella naturales y proporcionadas, sino que es provocada por una iluminación divina, que eleva la mente humana al conocimiento oscuro pero certísimo de verdades, que la razón por sí sola no podría comprender, si no le fueran reveladas por Dios mediante la escucha del predicador o la lectura de la Palabra de Dios.
Cuando se habla de los motivos o del fundamento de la fe, hay que distinguir lo que induce a creer o guía a la fe, de aquello que motiva formal y decisivamente el creer. Es necesario distinguir las condiciones morales y psicológicas necesarias, previas y suficientes que hacen posible y razonable el creer, del motivo o causa propia del acto de fe, que es la autoridad divina que revela.
En efecto el creer, si bien no es un simple acto racional, es sin embargo un acto de la razón, aunque elevada al conocimiento analógico, indirecto y enigmático de verdades supra-racionales. El creer es un participar en el mismo pensamiento divino y por eso san Pablo dice que el creyente posee el pensamiento de Cristo. El creyente se eleva al punto de vista de Dios, ve en cierto modo las cosas y a Dios mismo como Dios los ve, los ve en Dios, aunque no por ello entre en posesión de la ciencia divina, lo que sería panteísmo y alocada soberbia.
El predicador de la fe, con el fin de suscitar la fe en el no-creyente, no debe simplemente ex abrupto anunciar la Palabra de Dios o el acontecimiento de Cristo, como si el creer fuera un conocimiento inmediato, así como yo sé o tengo experiencia inmediata de tener calor o frío o de las cosas que me rodean. Existe, sí, un cierto experimentar afectivo aquello que se cree, pero esta es solo la experiencia mística, que es una experiencia-vértice o culmen, que es alcanzable solamente partiendo del creer como saber mediado y doctrinal.
Ciertamente, en la fe existe el momento decisivo, alegre y exaltante del descubrimiento y casi de la visión, del libre asentimiento a la verdad revelada, pero esto está garantizado en su autenticidad solo por una precedente adecuada, metódica y concienzuda preparación racional, sin prisa y sin retrasos y sin pasos en falso.
La mente que adquiere fe no está inicialmente en las tinieblas de tal modo que la verdad venga solo de la fe, sino que ya posee la verdad racional. Y sobre esta base aumenta su saber con la adquisición de la superior y suprema verdad de fe.
Ésta, por tanto, no viene en absoluto, como cree Lutero, a desmentir o destruir lo que veía la razón, sino al contrario, viene a confirmarlo y a mejorarlo. De lo contrario no tenemos la verdadera fe, sino el absurdum de Tertuliano, el delirio de los visionarios y el egocentrismo de los exaltados.
El evangelizador debe preparar al oyente a la fe y conducirlo gradualmente al acto de fe con una actividad previa, paciente y prudente, que puede durar incluso mucho tiempo. Lo importante es que el oyente camine en la verdad. El evangelizador debe, por tanto, estimular y solicitar la razón del interlocutor sin trucos ni engaños ni caminos cruzados, sino con honestidad y limpidez o claridad, ofreciéndole un testimonio de caridad y signos o pruebas de credibilidad de lo que quiere anunciar, a fin de que la razón del oyente se vuelva bien dispuesta a acoger la Palabra de Dios. La tarea del evangelizador es semejante a la del Bautista que prepara los caminos del Señor.
En efecto, la gracia de la fe ilumina la mente del oyente solo si su razón está dispuesta a aceptar la Palabra de Dios presentada como creíble sobre la base de la demostración, por parte del predicador, de los mencionados signos de credibilidad, entre los cuales pueden existir también los milagros. Pero de nada sirven los más estrepitosos milagros, los más rigurosos razonamientos y los más heroicos testimonios de caridad, si el espectador no desea la verdad y el bien, sino que está apegado a su propio yo y a sus propios pecados.
Ahora bien, el acto de fe no es un acto simplemente intelectual, sino que es un acto voluntario, precisamente porque el intelecto del creyente no está necesitado por la evidencia del objeto -y aquí Musarra tiene razón-, sino que es movido a acogerlo porque la voluntad es solicitada por los signos de credibilidad ofrecidos por el evangelizador, y así bajo la moción de la gracia, la voluntad empuja al intelecto a tomar por verdadero el mensaje propuesto por el evangelizador.
En base a estas premisas debemos decir que un objeto material como la Síndone de Turín presenta características muy apropiadas o aptas para conducir a la fe, aunque está claro que el acto de fe en sí mismo es causado por Dios en la mente del creyente. Pero la propuesta hecha por el predicador al no-creyente de tomar en consideración el misterio de la Sábana Santa de Turín puede ser utilísima para hacer reflexionar al no-creyente y conducirlo a la fe. Una fe, en efecto, que no estuviera preparada por una seria reflexión sobre oportunos signos de credibilidad, no sería verdadera fe sino tonta credulidad, fideísmo o fanatismo.
Musarra sostiene que la Síndone no puede servir como demostración material de la Resurrección. Está claro que no puede existir la demostración material de una verdad de fe. Pero el caso de la Resurrección es un caso especial, porque Cristo resucitado se ha hecho ver y tocar. Pero lo más sorprendente de la Sábana Santa, como veremos, es que en ella -como se ha comprobado en los exámenes más recientes y más avanzados- está la huella de una misteriosa energía irradiante luminoso-calorífica, que lleva a suponer que puede ser efecto del momento en que Cristo resucitó. Si esto es cierto, tendríamos una señal, prueba o rastro material de la Resurrección.
Como todos sabemos ya por la abundantísima literatura sobre el tema, según el testimonio de una antiquísima tradición, la tela de la Sábana Santa de Turín es la que envolvió el cuerpo de Jesús en el sepulcro (Jn 19,40) y que Juan vio entrando en el sepulcro "enrollado en un lugar aparte" (Jn 20,7).
La historia nos dice que esta tela a lo largo de los siglos atravesó varios lugares, estuvo en manos de los Templarios, fue transportada a Francia en el siglo XIV y luego llegó a ser depositada en Turín, donde todavía se encuentra. La diócesis turinesa celebra anualmente una memoria litúrgica de la sagrada Síndone, memoria querida por el Papa Julio II en 1506. Este hecho evidentemente atestigua que el Papa consideró la Sábana Santa como reliquia del cuerpo de Cristo.
Las investigaciones científicas más recientes y avanzadas practicadas sobre la Sábana Santa concuerdan por varias razones en reconocer una sorprendente correspondencia entre los datos de la Síndone y lo que cuentan los Evangelios acerca de la pasión, muerte y sepultura del Señor.

Dos hechos misteriosos

La huella presente en la Sábana Santa no solo atestigua el hecho de que ella ha sido tocada por un cuerpo humano difunto en todo lo correspondiente a cuanto los Evangelios narran acerca de la pasión y la muerte de Cristo, sino que -y esto se ha descubierto solo recientemente- en la tela de la Síndone hay también dos cosas misteriosas e inexplicables, que hacen pensar que esta tela no solo es testimonio de la muerte, sino también del momento de la Resurrección. Y son, la primera, el hecho de que las huellas han sido causadas en un instante por una misteriosa potentísima energía luminosa y, segunda, el hecho de que el cuerpo no está tendido, ¡sino que está de pie!
Veamos el primer fenómeno. Un problema siempre abierto con respecto a la Sábana Santa es el de cómo se formó la imagen, que no es una pintura, sino una huella. Pero ¿una huella de qué? La huella de un cuerpo humano, ciertamente. Pero no es solo eso. En primer lugar, ¿en qué consiste esta huella? Aparte de los rastros de sangre, de polvo y de polen, se trata, como decía en un estudio mío dedicado al tema ² de una:
«oxidación superficialísima del tejido y sin embargo indestructible [...] El problema, todavía sin resolver, no obstante los rigurosísimos análisis químicos más avanzados, sigue siendo saber qué es lo que ha provocado este proceso de oxidación. Lo que parece seguro -en base a los experimentos realizados a este propósito- es que las fibras deben haber sido sometidas por un brevísimo tiempo (a fin de que la oxidación no destruyera la fibra), a una radiación luminosa -se ha podido hacer la comparación con la luz solar- de alta energía (para hacer posible la impresióno impronta). [...] ¿De qué naturaleza es la energía luminosa delicadísima y potentísima al mismo tiempo, que ha coloreado el tejido sindónico? ¿Y de qué fuente ha provenido? La ciencia es incapaz de resolver este misterio. Si se piensa en el cadáver, uno se pregunta cómo puede un cadáver haber emanado de sí una energía semejante. [...]
Un fenómeno de oxidación como el de la Sábana Santa es un caso único; no existen otros ejemplos similares. Por eso la ciencia que, para dar una explicación racional y formular una explicación en base a una ley natural tiene necesidad de fundarse en una multiplicidad de casos similares, que a su vez expresan esa ley natural, no siendo capaz de formular la eventual ley de este fenómeno, ni siquiera es capaz de darnos una explicación. Se encuentra ante un hecho que no depende de las leyes conocidas; se constata, por lo tanto, el efecto de una energía luminoso-calorífica, cuya ley es desconocida. En este punto, si la Sábana Santa ha contenido verdaderamente el cuerpo de Jesús, la explicación podría ser dada recurriendo a una energía que se habría liberado del cuerpo de Cristo en el momento de la Resurrección» ³.
«Otro hecho muy misterioso y humanamente inexplicable -tal por lo tanto que hace pensar también en el milagro- es el problema de entender cómo se han determinado los contornos o las características de la imagen síndonica. En efecto, suponiendo que un cuerpo esté acostado supino con una sábana puesta sobre él, y suponiendo que este cuerpo pueda dejar huella de sí mismo sobre la sábana, si nosotros quitamos la sábana, observamos la huella que se ha formado sobre ella, notaremos que ella es bastante confusa y ensanchada por el hecho de que la toalla cae parcialmente también sobre las mejillas del rostro y sobre las zonas laterales del cuerpo.
Por el contrario, la huella síndontica resulta de una proyección ortogonal del cuerpo sobre la tela, es decir, constituye una imagen del cuerpo visto exactamente de frente (para la imagen anterior) y exactamente desde atrás (para la imagen posterior), mientras que dicha proyección cae sobre el lienzo  (tanto la parte que está sobre el cuerpo como la que está debajo) como si ésta no envolviera naturalmente el cadáver, como sería de esperar, sino que estuviera, por encima y por debajo, perfectamente tensa. Que lo sea la parte inferior se puede comprender, ya que se puede suponer que el cadáver yacía sobre un plano liso y horizontal de la piedra de la tumba (como se puede observar todavía en el Santo Sepulcro); sin embargo, la huella posterior tampoco es exactamente la que resultaría de un cuerpo que se posara sobre ella, sino que es la que resultaría de una proyección ortogonal, como si el lienzo no estuviera directamente en contacto con el cuerpo, sino ligeramente distanciado de él.  […]
En fin, para aumentar nuestra maravilla, se añade otro detalle particular misterioso: la huella sindónica de los cabellos. Tal impronta no es la que resulta naturalmente para un cuerpo que suponemos extendido supino: en este caso, de hecho, los cabellos se afloja y de ello resulta la imagen correspondiente. En el caso de la Sábana Santa, en cambio, la imagen de los cabellos es la que resulta cuando caen perpendicularmente, es decir, cuando el cuerpo está en posición vertical.
A estas observaciones es necesario añadir dos anotaciones. La primera es la siguiente: la huella ortogonal que el cadáver ha dejado en la Sábana Santa está estructurada de tal manera que el color de la huella es máximo en relación con las partes del cuerpo más cercanas a la tela (por ejemplo, la punta de la nariz o los arcos supraciliares o el bigote) y disminuye en proporción inversa a la distancia entre el cuerpo y el lienzo, hasta desaparecer completamente más allá de una cierta distancia (sobre todo las hendiduras del rostro, como por ejemplo las que rodean los globos oculares, no han dejado rastro). Esto lleva a pensar que las "radiaciones" que causaron la oxidación del lino y, por lo tanto, la huella, tenían una longitud de irradiación bastante limitada, de modo que, mientras que las que se originaron en las partes del cuerpo más cercanas a la tela han dejado un rastro, y no ha sido así para aquellas que han partido de las partes más lejanas, más allá de un cierto límite. […]
La segunda anotación es la siguiente: la imagen del rostro no es una especie de negativo fotográfico, como todavía se cree, «sino que sobre la base de lo que se ha dicho en el comentario anterior, hay que afirmar en cambio que la imagen sindonica no es un retrato, sino una simple huella, cuyas gradaciones del color no dependen, como en cualquier retrato, de los efectos producidos en el rostro por una luz proveniente de una determinada dirección: estas gradaciones del color son en cambio determinadas, como he dicho, por las variaciones de distancia de las partes del cuerpo desde la tela sindonica» ⁴.
Este hecho es extremadamente significativo, casi para decir que el rostro de Cristo no recibe luz del exterior, no está iluminado desde una fuente de luz externa, sino que él mismo emana luz y es fuente de luz, ya que Dios es Luz y Él es la luz del mundo. Viene a la mente el episodio de Moisés que, habiendo visto a Dios, tenía el rostro radiante de luz. Jesús, nuevo Moisés, no tiene necesidad como Moisés que su rostro envíe una luz de reflejo, porque él mismo es la fuente divina de la luz y de toda luz. 
¿Cómo ignorar estas maravillas? Ciertamente, el cuerpo de Jesús no lo vemos porque está en el cielo; pero ¿cómo no reconocer que Él ha querido benignamente dejarnos un recuerdo de Sí mismo en esta maravillosa tela, sobre la cual apuntan infatigablemente la atención todas las ciencias descubriendo siempre nuevas maravillas?
Por esto, debemos decir con franqueza que Musarra, con su negación de la importancia esencial de los signos materiales de credibilidad en el proceso o camino espiritual que, sostenido por la gracia y promovido y guiado por el evangelizador,  conduce la razón del no-creyente desde la razón a la fe, demuestra no comprender ni apreciar el valor apologético de la Sábana Santa como signo de credibilidad de la revelación cristiana.
La apologética es la introducción racional y filosófica a la virtud de la fe. Ella desempeña un doble rol: constructivo, en el explicar cómo la razón se plantea la cuestión del creer en Dios, y en el proporcionar argumentos de credibilidad de la persona de Cristo y del mensaje cristiano, y un rol defensivo, en la eliminación de los obstáculos colocados por las falsas filosofías a la investigación filosófica sobre Dios y al camino de la razón hacia la fe.
La apologética nos enseña que el milagro no es objeto de fe, sino que es un hecho o acontecimiento evidente, sensible, experimentable, racional y científicamente documentable y demostrable,  que induce a creer, sin quitar el hecho de que el acto del creer supera o sobrepasa las fuerzas de la razón y es un don de Dios. Sin embargo, como decía Pío XI, si oscuras son las verdades de fe, claros son los motivos racionales que inducen a creer. Por el contrario, impiedad sería el intento de demostrar racionalmente las verdades de fe, como lo hizo Hegel y lo hacen todos los gnósticos y racionalistas.
El signo de credibilidad deja siempre libre el acto de fe, que por lo tanto no es la conclusión de un silogismo, y sin embargo, por gracia de Dios, interpela a la conciencia honesta haciendo presente el deber de creer. En cambio, lamentablemente Musarra, a causa de sus premisas erróneas, concluye sosteniendo que ante la Sábana Santa lo que interesa no es saber si es o no es una reliquia, sino solo saber que se trata de una imagen que suscita devoción, similar a lo que podría ser una Virgen de Rafael o un icono de Rubliov. Pero esto evidentemente significa no haber comprendido las características propias, milagrosas y únicas de la Sábana Santa, que hacen que su valor apologético sobrepase inmensamente el de cualquier otra imagen sagrada, Por muy hermosa, preciosa y venerable que sea, e impulse nuestro ánimo no solo a la devoción, sino también a la adoración.
   
P. Giovanni Cavalcoli
Fontanellato, 13 de septiembre de 2025

Notas

² La gloria di Cristo, Edizioni ESD, Bologna 2001, p.34.
³ Ibid., p.35.
Ibid., p.39.

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