He aquí la segunda parte del ensayo sobre Dios uno y trino del padre Giovanni Cavalcoli, que ofrecemos en lengua española, traduciendo lo publicado en italiano en su blog, días atrás. A vez, como ya es costumbre, transcribimos sus argumentos al método escolástico de Santo Tomás de Aquino, en latín. [En la imagen: detalle del fresco bizantino que representa el Concilio de Nicea, del 325. Entre los asistentes figura el obispo San Nicolás de Myra. El fresco se halla en la Iglesia de San Nicolás, Myra, actual Demre, Turquía].
El Dios Trinitario
El dogma de Nicea y el dogma de Calcedonia
Segunda Parte (2/7) ¹
Premisas gnoseológico-pastorales
Lo que sobre Dios sabe nuestra razón y lo que sabe la fe cristiana
Todos nosotros, seamos cristianos, católicos, protestantes, judíos, musulmanes, hinduistas o cualquiera que sea la religión a la cual pertenecemos, o incluso antes de practicar un culto divino, con el simple razonamiento, aplicando el principio de causalidad llevado a sus últimas consecuencias, dejando que la razón recorra hasta el fondo su camino, sin detenerla a mitad de trayecto, sabemos que Dios existe, un Dios personal, sabio, bueno, providente, justo y misericordioso, ente supremo, sumo bien, causa primera y fin último del universo. Y lo sabemos partiendo de la experiencia de las cosas que nos rodean, de las personas que están a nuestro alrededor y de la conciencia de nuestro propio existir. También quienes se profesan ateos o agnósticos o idealistas o masones lo saben, aunque su concepto de Dios pueda ser equivocado y engañoso.
Para saber quién es Dios, formar un concepto de Dios y establecer los atributos de la naturaleza divina con la simple razón natural, disponemos de algunos conceptos básicos, espontáneos, metafísicos que se refieren a la composición del ente. Los encontramos en la Sagrada Escritura, en las enseñanzas de Cristo ², en la metafísica de Aristóteles y en la de Platón, posteriormente profundizada por Santo Tomás de Aquino.
Para saber en cambio quién es Cristo, no basta un conocimiento racional de la naturaleza divina, sino que hacen falta conceptos sobre Dios que el mismo Cristo nos ha dado a conocer. Hacen falta conceptos cristianos. Tales conceptos presuponen los anteriores, pero los enriquecen con la adición de nuevos contenidos: el misterio de la Encarnación y de la Redención y el misterio Trinitario.
Cuando nos ponemos frente a la cuestión de determinar la identidad de Cristo, debemos tener presente que nos encontramos ante una Persona real, una realidad sustancial, presente, viviente, mudable, deveniente y automoviente, activa, evolutiva y dinámica, una realidad individual y concreta inmersa en la historia y al mismo tiempo fundante, firme, sólida, eterna, trascendente, incomprensible, inmóvil, inmutable y que sobrepasa la historia y el tiempo; una Persona que se nos presenta con los datos de la concreción, de la historicidad y de la fragilidad humana, al alcance de nuestro pensamiento, pero que al mismo tiempo lo compromete en las más altas abstracciones metafísicas, fijas en su propia estaticidad, porque son imágenes de la eternidad, perennidad, inmutabilidad y estabilidad del ser humano-divino de Jesucristo.
Condiciones intelectuales para poder comprender la doctrina de Cristo
¿Qué es la doctrina de Cristo? Y más en lo alto: ¿qué es una doctrina? ¿Qué es la doctrina de la fe? La doctrina en general es un producto de nuestro espíritu y de nuestro pensamiento por medio del cual nosotros conocemos, indicamos, enseñamos, expresamos en conceptos y palabras a los demás la verdad.
Ella en su forma, no en el contenido, que son las cosas reales, está ligada al proceso abstractivo del intelecto. La doctrina es un complejo de entidades abstractas y mentales, suprasensibles, supratemporales y supraespaciales, producidas por nuestra mente, expresadas y recogidas en afirmaciones, aserciones, sentencias, declaraciones o proposiciones, un conjunto unitario, deductivo, coherente y sistemático de conceptos, ideas y juicios, por medio de los cuales y en los cuales nosotros conocemos la realidad, la verdad de las cosas y la realidad concreta.
Existe hoy una difundida incomprensión, antipatía o desconfianza o falta de interés por los contenidos más altos de la doctrina, aquellos filosóficos, teológicos, metafísicos y revelados, como son los dogmas católicos, y por el concepto mismo de doctrina; y por lo tanto por aquello que es abstracto, como si fueran cosas vacías y extrañas a la realidad, que sería sólo lo concreto, lo fáctico, lo sensible, lo imaginable, lo experimentable, lo histórico, lo práctico, lo manipulable, lo factible, lo controlable, lo medible, lo calculable, lo cuantificable, lo actual, lo presente, lo inmediato.
Pero esto comporta el desprecio por el pensamiento, por el intelecto, por el espíritu, por el saber, por la ciencia y por lo tanto por la misma realidad y por la verdad. El horizonte intelectual se ha estrechado bastante a la realidad material. Hemos perdido nuestra dignidad de sujetos pensantes y nos hemos rebajado al nivel de los animales, los cuales de lo abstracto, del espíritu y de la virtud no saben nada y atienden sólo a lo concreto de las necesidades de la alimentación y de la sexualidad.
Es claro que en una situación semejante, en lo que respecta a las exigencias del espíritu, de la conciencia, de la verdad, de la libertad, de la moral, de la filosofía, de la metafísica, de la religión y de la fe no queda nada, si no eventualmente un conjunto gris e improvisado de prácticas externas, de fórmulas verbales o rituales habituales o convencionales que cubren sustanciales intereses materiales encerrados únicamente en los límites del mundo presente. Ningún interés por lo eterno, por lo absoluto, por lo infinito, por lo inmutable.
O se puede tener la apariencia de estos intereses en discursos o programas altisonantes, prometeicos y grandilocuentes, estos exhibicionismos dialécticos y sofísticos esconden una inseguridad de fondo, una situación o sensación fundamental de frustración sustancialmente no resuelta, fuentes de odio y de violencia, la duda radical y una forzada afirmación de certeza que se aferra a la nada y presagia la tragedia final o el naufragio final. De aquí la fuente de un nihilismo radical, cuyo peligro ha sido señalado tanto por el Papa Francisco como por el Papa León.
Para poder comprender la doctrina de Cristo y de allí aprender quién es Cristo, debemos, como nos enseña San Pablo, ser hombres espirituales y no carnales (I Cor 2, 12-15); es decir, debemos aprender a purificar, elevar, ampliar y profundizar la mirada de nuestro intelecto para hacerlo capaz de pensar, conocer, ver y concebir realidades misteriosas, sobrehumanas, invisibles, sublimes, metafísicas y espirituales, que se refieren a Dios, a su naturaleza y a su plan de salvación y glorificación del hombre, que en realidad sobrepasan la capacidad de nuestra misma inteligencia.
Cristo nos recomienda conservar sus palabras, es decir, las verdades o las enseñanzas que nos ha transmitido sobre Él, sobre el misterio Trinitario, sobre la Iglesia, sobre los mandamientos que debemos observar para entrar en el reino de Dios. La Iglesia siempre ha tenido cuidado de recoger en un solo conjunto o cuerpo doctrinal todas las nociones que Cristo nos ha enseñado y de explicarlas a lo largo de los siglos formando las proposiciones dogmáticas, que luego son conservadas en oportunas recopilaciones sistemáticas, como por ejemplo los catecismos u otras oportunas colecciones, como aquella famosísima del Denzinger. Yo mismo modestamente he llevado a cabo una de estas recopilaciones ³. Una síntesis litúrgica de estos artículos de fe está contenida en el Credo que recitamos en las Misas festivas.
Es claro que el fin que Jesús se ha propuesto al ofrecernos sus enseñanzas de Sí mismo o mediante la Iglesia, es que nos detengamos a contemplar los conceptos de fe, de modo que nosotros, acogiendo con fe las altísimas verdades que nos comunica, seamos inflamados por el amor a Dios y a los hermanos, aspirando con todo el corazón a encontrarlo en el paraíso del cielo.
Teniendo en cuenta, sin embargo, este aspecto doctrinal de la vida cristiana, debemos tener presente que al ejercer nuestro acto cognoscitivo debemos evitar dos opuestas inclinaciones viciosas: la de la sensualidad y la de la soberbia. O el rebajarnos en la animalidad o la pretensión de ser puros espíritus. O la tendencia a sustituir el pensar con la imaginación o con el sentir, o aquella de exaltarnos sólo porque podemos mirar hacia lo alto o hacia el horizonte.
El universal
Aquello que nosotros consideramos en sí mismo en la operación abstractiva, prescindiendo del dato particular del sentido e incluso más allá de nuestro poder imaginativo, independiente del espacio y del tiempo, es la esencia del ente, es decir, lo universal.
Al abstraer, el intelecto no se aleja de la realidad, sino que capta la realidad. En la abstracción metafísica nosotros prescindimos ciertamente de toda individualidad, de toda determinación, de toda especie, de todo género, pero prescindir o abstraer no significa negar, descuidar, olvidar, quitar, suprimir o anular, como ha creído Hegel. Abstraer es simplemente poner aparte, no considerar, pero esto no significa desprecio. El abstraer no es como vaciar un recipiente donde al final no queda ya nada, sino penetrar (intus-legere) y alcanzar el corazón, el centro, el fundamento, la sustancia, lo íntimo de lo real, aquello que en ello hay de más importante, de verdadero, de inteligible, de necesario y esencial.
En la abstracción, sobre todo en metafísica o en teología y por lo tanto en dogmática, para comprender la doctrina de Cristo y de la Iglesia, y por lo tanto los dogmas como el Trinitario, es necesario ciertamente superar, pero no se deben quitar todos los inferiores, de lo contrario al final nos encontramos ante la nada, como le sucedió a Hegel. Si uno abstrae mal, al final no encuentra a Dios, sino la nada. ¡Y por fuerza entonces se vuelve ateo!
En cambio, al final del verdadero abstraer correcto nos encontramos ante el ente y ante Dios mismo, como hizo Aristóteles y, tras él, fortalecido por la revelación bíblica, ha hecho Tomás de Aquino. Hegel no se rindió ante la nada en la cual había caído, pero tampoco supo renunciar a ella.
Así Hegel ideó la falsa solución de identificar el ser con la nada, concibiendo el devenir como ser que no es, poniendo la razón contra sí misma y arrojando la razón al abismo del absurdo y de la insensatez, en un exasperante proceso al infinito, causando la forma más radical de nihilismo en toda la historia de la filosofía, a costa de negar el principio de no-contradicción, que es el principio primero y fundamental del pensamiento, basado en la identidad del ente.
Añadamos que el proceso abstractivo nos pone delante del objeto de la ciencia, que es lo real en cuanto universal, que es el uno en los muchos, de muchos y por muchos. El universal, sin embargo, es tal en nuestra mente, porque somos nosotros quienes evidenciamos su universalidad, fundada en el ente real, que sin embargo en sí mismo es singular, concreto y particular.
Universal (versus-unum) significa «muchos hacia el uno», es decir, muchos reunidos en el uno, pero reunidos de tal modo que en cada uno de los muchos aparezca aquello que tienen en común, es decir, la esencia específica, genérica o trascendental. El universal es, por tanto, el uno en los muchos, aquel uno que el intelecto extrae de los muchos considerándolo en sí mismo prescindiendo de los muchos.
El universal une entre sí a los muchos haciéndolos una sola cosa, pero dejando que cada individuo de la especie o del género sea distinto del otro. La universalidad del universal se encuentra sólo en nuestro intelecto y es la consecuencia de nuestra actividad abstractiva. Sin embargo, en la realidad o en las cosas está el fundamento de esta universalidad.
Si el concepto de perro es universal y se aplica a cada perro es porque yo encuentro en cada perro el perro. En cada perro está la caninidad. Pero sólo con mi intelecto yo la aíslo y la distingo en sí misma y la considero en sí misma en su identidad y universalidad. Cada perro, además de su esencia individual, posee la esencia del perro. Este perro es la determinación individual de la caninidad. Este perro es, por lo tanto, una concretización particular de la idea del perro.
En esto Platón tenía razón. Su error era creer en la existencia y subsistencia del universal abstracto, cuando en cambio lo abstracto existe sólo en nuestra mente, salvo que se trate de una sustancia espiritual en la cual la especie coincide con el individuo, un ente, es decir, que abstrae de la materia y separado de la materia.
Aristóteles corrigió a Platón no en el negarle la existencia del universal abstracto, sino en el ponerlo en su lugar metafísico y lógico, que no es lo real, sino nuestra mente, al observar que el universal como tal, que producimos nosotros con nuestro intelecto, es inmanente a nuestra mente, aunque se funda en la realidad, por lo cual lo real no es de por sí abstracto, no es un pensamiento subsistente, sino que es concreto y, sin embargo, es el fundamento de la universalidad que es pensada por nosotros, pero que se encuentra potencialmente en la realidad; y por lo tanto el universal no es un puro pensamiento separado de lo real, como creen los materialistas y los empiristas, sino que refleja la esencia de lo real, aunque prescindiendo de los individuos. Abstraer, si se hace bien, no es evadirse de la realidad, sino comprenderla a fondo en su verdad, como reza el lema escolástico abstrahentium non est mendacium. Se equivoca en abstraer quien entifica las ideas, cosifica el pensamiento, da cuerpo a las abstracciones y da ser real a los entes de razón, como hacen los idealistas.
En el perro, en cada perro, su esencia coincide con su ser ese perro. Yo, en cambio, puedo saber qué es el perro abstrayendo la esencia perro de uno o más perros, de tal modo que sé reconocer al perro en cada perro que encuentro y en mi concepto de perro está virtualmente todo posible perro. Y sé a priori cuál será la esencia de cualquier perro que pueda encontrar en el futuro.
Notemos que existe también una abstracción realizada por el animal. Si un gato ve un perro, huye no porque sea ese perro determinado, sino porque es el perro. Lo cual quiere decir efectivamente que el gato de algún modo prescinde del particular y capta el universal. ¿Cuál es entonces la diferencia con la abstracción humana? Que la mente humana abstrae totalmente de lo individual, aísla completamente el objeto de sus inferiores, de modo que la mente tiene delante de sí un objeto privado de cualquier vínculo con lo concreto, de tal manera que este objeto puede ser significado en el lenguaje.
La maravilla de nuestro intelecto es cómo logra, después de haber encontrado algunos individuos, reconocer la especie, formando así el concepto del ente conocido. Nuestro intelecto da como un salto más allá de la materia y de la experiencia sensible hacia lo infinito y lo inmutable. Encuentra algo, aunque circunscrito y delimitado (el perro), que sabe que no mutará nunca y que contiene en sí una especie de infinitud.
Esta es la maravilla del universal. Este es el don que nos da la abstracción. Esta es la maravilla del concepto. La inmortalidad del concepto es un signo de la inmortalidad del alma. ¡Pobres aquellas mentes que no logran comprender la inmutabilidad de los conceptos y vagan sin paz en las olas turbulentas e incesantes del devenir!
Cualquier concepto particular esconde el concepto universalísimo del ente y, más allá del ente, esconde el concepto de Dios. Mi intelecto, después de haber visto algunos perros, se dio cuenta de su esencia, de tal modo que, encontrando otros perros, sabe reconocer en ellos al perro, sin que exista la posibilidad de mutar el concepto de perro.
No es posible encontrar un perro que no comparta la esencia del perro. No sería un perro, sino otra cosa. En este sentido los conceptos son universales e inmutables. No tiene sentido, como creen los modernistas, pensar que un concepto pueda mutar: si muta el concepto, muta la cosa representada por el concepto.
En cuanto a las formas o sustancias espirituales, las personas, el alma, los ángeles y Dios, ellas son sujetos reales ya abstractos de por sí, independientes o separados de la materia, por lo cual aquí, para conocerlos, no tenemos necesidad de abstraer, sino sólo de pensar o intuir como acto de participación en el ser, o bien por analogía con los entes materiales, o por metáfora, o mediante signos o pruebas.
La realidad que está fuera de nosotros y que debe ser objeto de nuestro conocimiento es individual, particular, singular y concreta. Pero mediante la noción analógica y participativa del ente, ampliando nuestro pensar al máximo de su comprensión, universalidad y capacidad, podemos elevarnos también al pensamiento de las realidades espirituales y celestiales.
Puesto que lo múltiple existente que nos rodea son los entes concretos, nosotros sentimos la necesidad, en lo posible, de captar y representar lo concreto en su totalidad. Sin embargo, nuestro intelecto funciona captando sólo la esencia universal de la cosa externa y prescindiendo de los datos individuales.
El concepto es representación mental de la esencia abstraída de lo individual, sea la esencia individual o sean las cualidades sensibles espaciotemporales de lo concreto existente. Esta esencia es idéntica e inmutable siempre y en todas partes, no porque ocupe todo el ser, como la esencia divina, sino porque el espacio y el tiempo no inciden sobre ella, no la mutan ni la diversifican, siendo independiente de ellos. En cambio, lo concreto concebido en nuestra mente ya no es concreto, sino abstracto, inmutable y universal. Captamos la esencia individual externa sólo por medio de los sentidos. Presente en el alma, la esencia puede ser captada intuitivamente y en tal sentido el alma puede captar también su propia esencia.
En el análisis de los misterios de la Encarnación y de la Trinidad es necesario saber moverse con habilidad y prudencia en el tratamiento de la relación entre lo abstracto y lo concreto. Por esto, en el misterio de la Encarnación es necesario distinguir la distinción entre Dios y un hombre y la distinción entre la divinidad y la humanidad. En la primera distinción estamos ante lo concreto; en la segunda operamos sobre lo abstracto.
Así también para el misterio Trinitario es necesario distinguir los sujetos concretos Padre, Hijo y Espíritu de las formas abstractas paternidad, filiación y espiración, que, como relaciones subsistentes, definen las Tres Personas divinas. Lo abstracto aquí no es lo mental, sino suma realidad.
Es necesario, sin embargo, notar que, al hacer funcionar la actividad abstractiva, nuestra conducta moral corre dos riesgos opuestos: o la sensualidad, por la cual nos apegamos a lo concreto y somos incapaces de realizar aquella operación abstractiva que nos lleva a descubrir y concebir las realidades espirituales, la vida moral, el alma, los ángeles, las cosas celestiales y Dios. O bien, fascinados por la potencia abstractiva de nuestro pensamiento, la soberbia puede empujarnos a encerrarnos en nuestras ideas y en nuestras abstracciones como si en ellas se agotara el todo de la realidad.
El primer riesgo es el del empirismo, que tiene origen en la gnoseología de Guillermo de Ockham. El segundo es el del idealismo alemán, que reduce lo real a lo racional, lo concreto a lo abstracto, el ser al pensamiento, lo real a lo ideal, la metafísica a la lógica, el ser al devenir o viceversa el devenir al ser.
Es claro que si pienso en Dios y en este hombre Jesús, me refiero a dos sujetos concretos, pienso en aquellos entes individuales, pienso por una parte en aquella sustancia suprema e infinita, que es el mismo ser subsistente, en el cual la esencia coincide con su ser, mientras que por otra parte pienso en aquel ente viviente determinado cuya esencia es distinta de su ser, una sustancia psicofísica subsistente finita y creada. En cambio, la Trinidad está dada por la subsistencia en el único ser subsistente divino, del ser Padre, ser Hijo, ser Espíritu, concebidos como relaciones subsistentes.
Fin de la segunda parte (2/7)
Notas
¹ Versión en español del artículo publicado por el padre Giovanni Cavalcoli, OP, en su propio bog, el 7 de enero de 2026: https://padrecavalcoli.blogspot.com/p/il-dio-trinitario-il-dogma-di-nicea-e_7.html
² Véase mi libro: Cristo fondamento del mondo. Inizio, centro e fine del nostro umanesimo integrale, Edizioni L’Isola di Patmos, Roma 2019.
³ Le verità di fede. Tutti i dogmi e le dichiarazioni dottrinali della Chiesa cattolica, Edizioni Fede&Cultura, Verona 2021.
P. Giovanni Cavalcoli
Fontanellato, 12 de diciembre de 2025
__________
Anexo
El padre Cavalcoli se ha mostrado muy complacido de que, luego de publicar cada uno de sus artículos en lengua española, procedamos, a modo de subsidio pedagógico para los estudiantes de filosofía y teología, así como para todos los lectores en general, a realizar una transcripción de las principales ideas de sus escritos según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino. Con su beneplácito, esta transcripción la ofreceremos también en lengua latina, de modo que sirva como repaso de los conceptos y argumentos más importantes de sus textos, y pueda aprovecharse no sólo por los lectores de habla hispana, sino también por aquellos de otras lenguas.
Quaestio: De doctrina Christi secundum abstractionem et universale
Deinde quaeritur de doctrina Christi, prout requirit conditiones intellectuales et spirituales ad comprehendendum, et prout refertur ad processum abstractionis et ad conceptum universalis. Et quaeruntur tria: primo, utrum ratio naturalis sufficiat ad cognoscendum Deum et Christum; secundo, utrum doctrina Christi possit comprehendi sine purificatione intellectus et conditionibus spiritualibus; tertio, utrum universale et abstractio adducant ad veram Dei cognitionem et ad mysteria christiana.
Articulus 1
Utrum ratio naturalis sufficiat ad cognoscendum Deum et Christum
Ad primum sic proceditur. Videtur quod ratio naturalis sufficiat ad cognoscendum Deum et Christum.
1. Quia omnes homines, sive sint christiani, catholici, protestantes, iudaei, musulmani, hinduistae, vel ad quamcumque religionem pertineant, immo etiam ante cultum divinum exercendum, per solum ratiocinium, applicando principium causalitatis ad ultimas consequentias, concludunt Deum existere, Deum personalem, sapientem, bonum, providentem, iustum et misericordem, ens supremum, summum bonum, causam primam et finem ultimum universi.
2. Praeterea etiam qui se profitentur atheos vel agnosticos vel idealistas vel masones hoc sciunt, licet eorum conceptus de Deo sit falsus et fallax.
3. Item habemus quaedam conceptus spontanei et metaphysici de compositione entis, per quos possumus formare conceptum de Deo et statuere attributa naturae divinae sola ratione naturali.
Sed contra est quod dicitur in Evangelio Ioannis (17,3): “Haec est autem vita aeterna: ut cognoscant te, solum verum Deum, et quem misisti, Iesum Christum.”
Respondeo dicendum quod ratio naturalis, procedens ex experientia rerum quae nos circumstant, ex personis quae nobiscum convivunt, et ex conscientia proprii esse, potest attingere cognitionem Dei ut entis supremi, summi boni, causae primae et finis ultimi. Non tamen sufficit ad cognoscendum quis sit Christus, sed requiruntur conceptus quos ipse nobis revelavit, anteriores ditans novis contentis: mysterium Incarnationis, mysterium Redemptionis et mysterium Trinitatis. Considerandum est quod agitur de Persona reali, substantia vivente, praesenti, mobili et deveniente, seipsam movente, activa, evolutiva et dynamica, re singulari et concreta in historia immersa, simul autem fundante, firma, solida, aeterna, transcendenti, incomprehensibili, immobili et inmutabili, quae historiam et tempus superat. Persona quae se nobis exhibet cum notis concretis, historicis et fragilitate humana, intellectui nostro accessibilis, sed simul ipsum implicans in altissimis abstractionibus metaphysicis, imaginibus aeternitatis, perennitatis, inmutabilitatis et stabilitatis esse humano-divino Iesu Christi.
Ad primum dicendum quod ratio naturalis attingit Deum ut causam primam et finem ultimum, sed non sufficit ad cognoscendum Christum, cuius identitas solum revelatur in mysteriis christianis.
Ad secundum dicendum quod, licet atheos et agnosticos aliquo modo sciant, eorum conceptus potest esse falsus; fides christiana illum cognitionem perficit et corrigit.
Ad tertium dicendum quod conceptus metaphysici fundamentales veri et necessarii sunt, sed ditandi per Revelationem Christi, quae addit mysteria Incarnationis, Redemptionis et Trinitatis.
Articulus 2
Utrum doctrina Christi possit comprehendi
sine purificatione intellectus et conditionibus spiritualibus
Ad secundum sic proceditur. Videtur quod doctrina Christi possit comprehendi sine purificatione intellectus et conditionibus spiritualibus.
1. Quia doctrina in communi est productum spiritus et cogitationis nostrae, per quod veritatem cognoscimus, indicamus, docemus et aliis in conceptibus et verbis exprimimus.
2. Praeterea doctrina est unitarium, deductivum, cohaerens et systematicum complexum conceptuum, idearum et iudiciorum, per quod cognoscimus rem, veritatem rerum et realitatem concretam; ergo sufficeret exercitium naturale intellectus.
3. Item quidam tenent quod concreta, facta, sensibilia, experientia et historica sufficiunt ad vitam christianam, et quod abstracta sunt vacua et aliena a realitate.
Sed contra est quod docet Apostolus Paulus: “Nos autem accepimus Spiritum qui ex Deo est, ut sciamus quae a Deo donata sunt nobis. Animalis autem homo non percipit ea quae sunt Spiritus Dei; spiritualis autem iudicat omnia” (I Cor. 2, 12–15).
Respondeo dicendum quod doctrina christiana, licet innitatur processui abstractionis intellectus, requirit tamen conditiones spirituales ut recte comprehendatur. Hodie diffusa est incomprehensio et diffidentia circa abstracta, quasi essent vacua, reducens realitatem ad solum immediatum et sensibile. Hoc autem secum fert contemptum cogitationis, intellectus, spiritus, scientiae et veritatis, et deicit hominem ad statum animalium, quae solum curant de necessitatibus ciborum et sexualitatis.
Unde, ad comprehendendam doctrinam Christi, necesse est purificare, elevare, ampliare et profundare aspectum intellectus, ut fiat capax cogitandi et concipiendi res mysteriosas, superhumanas, invisibiles, sublimis, metaphysicas et spirituales. Christus nos monet servare verba sua, id est veritates et doctrinas de ipso, de mysterio Trinitario, de Ecclesia et de mandatis. Ecclesia has notiones collegit in propositionibus dogmaticis et catechismis, et finis horum conceptuum fidei est inflammare nos in amore Dei et fratrum, aspirantes ad eum in paradiso invenire.
Ad primum dicendum quod, licet doctrina sit productum spiritus et cogitationis, non sufficit solum exercitium naturale intellectus; necesse est homines esse spirituales et non carnales, ut divina capiant.
Ad secundum dicendum quod doctrina, ut systematicum complexum conceptuum et iudiciorum, vera et necessaria est, sed non sufficit solum exercitium naturale intellectus. Oportet ut talis ordo illuminetur fide et purificetur gratia, ne ad externum logicum ordinem redigatur, sed ad vivam cognitionem Christi ducat.
Ad tertium dicendum quod concreta et sensibilia insufficiunt; sine abstractis et spiritualibus vita christiana ad externas et materiales consuetudines redigitur, sine studio aeterni, absoluti, infiniti et inmutabilis.
Articulus 3
Utrum universale et abstractio adducant
ad veram Dei cognitionem et ad mysteria christiana
Ad tertium sic proceditur. Videtur quod universale et abstractio non adducant ad veram Dei cognitionem et ad mysteria christiana.
1. Quia praetermittere vel abstrahere videtur esse negare, tollere vel annihilare, sicut putavit Hegel; et sic in fine non invenitur Deus sed nihil.
2. Praeterea quidam tenent quod universale est mera cogitatio a re separata, sicut materialistae et empiristae opinantur; et sic non repraesentaret essentiam rei.
3. Praeterea processus abstractionis posset ducere ad identificandum ens cum nihilo et ad nihilismum, sicut apud Hegel, ubi ens concipitur ut non‑ens et ratio ad absurdum proicitur, negando principium non‑contradictionis.
Sed contra est quod dicit Apostolus Paulus (Rom. 1,20): “Invisibilia Dei, a creatura mundi, per ea quae facta sunt intellecta conspiciuntur, sempiterna quoque eius virtus et divinitas.” Et etiam dicitur in Sapientia (13,5): “A magnitudine et pulchritudine creaturarum per similitudinem cognoscitur Creator horum.” Praeterea, in ordine supernaturali dicit Apostolus (Gal. 3,28): “Omnes enim vos unum estis in Christo Iesu”, ostendens quod universale et abstractio suam plenitudinem attingunt in unitate fide revelata.
Respondeo dicendum quod universale et abstractio, ut operationes intellectus, sunt viae legitimae ad cognitionem naturalem Dei consequendam, quia per creaturas possumus elevari ad notionem causae primae et summi boni. Tamen haec cognitio imperfecta manet si ad ordinem naturalem limitetur. Ad veram autem Dei et mysteriorum christianorum cognitionem perveniendum, necesse est ut universale et abstractio fide illuminentur et gratia elevantur.
In ordine supernaturali universale suam plenitudinem attingit in unitate revelata in Christo, in quo omnes unum sumus; et abstractio aperitur ad res quae rationem naturalem excedunt: mysterium Trinitatis, Incarnationis et Redemptionis. Sic quod in ordine naturali est via accessus, in ordine supernaturali fit instrumentum ad contemplandam veritatem divinam revelatam.
Ad primum dicendum quod praetermittere vel abstrahere non est negare, sed seponere ad capiendum essentiale; si autem quis male abstrahit, in fine non invenit Deum sed nihil, et necessario fit atheus.
Ad secundum dicendum quod universale non est mera cogitatio a re separata, sed fundatur in re ipsa, et in rebus invenitur fundamentum huius universalitatis.
Ad tertium dicendum quod Hegel ens cum nihilo identificavit et rationem ad absurdum proiecit; sed recta abstractio ducit ad ens et ad ipsum Deum, sicut apud Aristotelem et Sanctum Thomam.
J.A.G.

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