El padre Giovanni Cavalcoli ha venido publicando desde el pasado 6 de enero un artículo compuesto de siete partes, referido al misterio trinitario. En su blog el lector puede encontrar la versión original de este ensayo, teniendo además la posibilidad de expresar al Autor sus comentarios, dudas o preguntas. Aquí brindo a los lectores de este blog mi traducción a la lengua castellana lo más fiel y literal posible de los textos del docto sacerdote dominico, esperando puedan ser apreciados por el público de habla hispana [En la imagen: detalle de "Cuarto Concilio Ecuménico de Calcedonia", óleo sobre tela, 1876, obra de Vasilij Ivanovič Surikov, conservada y expuesta en el Museo Estatal Ruso de San Petersburgo, Rusia].
El Dios Trinitario
El dogma de Nicea y el dogma de Calcedonia
Primera Parte (1/7) ¹
A mi venerado Maestro Padre Roberto Coggi, OP
Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre
Hb 13,8
Si alguno os predica un Evangelio
distinto del que habéis recibido,
sea anatema!
Gal 1,9
Introducción. ¿Cómo anunciar el misterio Trinitario?
Las palabras del Señor son muy claras: «Id y enseñad a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a observar todo lo que os he mandado. He aquí que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo» (Mt 28,19-20).
Es evidente que Cristo da a los Apóstoles la tarea de enseñar a todas las gentes su doctrina o, como se expresa Jesús, sus «palabras», es decir, un conjunto de nociones inmutables, que deben profundizarse continuamente, concernientes al misterio Trinitario y a los deberes de la vida cristiana, que deben practicarse cada vez mejor, hasta el fin del mundo: un complejo o conjunto de proposiciones o nociones o verdades inmutables y universales, entre las cuales culminan aquellas que se refieren a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo.
San Francisco Javier cuenta la facilidad con la cual los niños japoneses aprendían la doctrina Trinitaria y el deseo de aprenderla. ¿Qué podían entender de ella? ¿Y cómo es posible este deseo de aprender? ¿Qué sabían de las procesiones divinas, de la distinción entre naturaleza y persona, de los actos nocionales o de la noción de relación subsistente?
¿Cómo es posible que, posteriormente, tantos mártires hayan dado su vida para testimoniar aquel Misterio? ¿Cómo es posible, en cambio, que los Musulmanes desde hace 14 siglos y los Judíos desde hace 2000 años se nieguen todavía a creer en el Dios Trinitario? ¿Por qué hoy los misioneros no logran obtener aquel éxito que obtuvo Francisco Javier? ¿Cómo es posible que hoy en la Iglesia hayan resurgido todas las antiguas herejías que negaban o falsificaban el misterio Trinitario? Confieso que no sé responder. No soy yo quien guía la Iglesia y no conozco el secreto de las almas.
No hay necesidad de dar una respuesta, salvo que se trate de hechos donde es posible reconocer la responsabilidad humana en el bien como en el mal. Se puede imaginar que un misionero santo obtenga más éxito que un misionero no preparado. Pero no es seguro. Puede tener más éxito el segundo que el primero. De una cosa, sin embargo, estoy seguro: de mi deber de anunciar el misterio Trinitario esforzándome en ser lo más fiel posible a las palabras de Cristo, al Magisterio de la Iglesia y al ejemplo de los Santos.
Haré todo lo posible por hacerme comprensible y persuasivo, por resolver las dificultades, refutar los errores, ilustrar la verdad. ¿Cuántos me escucharán? No lo sé. Veo, sin embargo, que mi blog llega también a China y a Japón: diez, veinte, treinta personas. Está bien así: yo soy un instrumento en las manos del Señor. A Él le corresponde hacer de mí lo que quiera. Dicho esto, comencemos.
Comienzo recordando que los dogmas cristológicos de Nicea y de Calcedonia fueron definidos respectivamente en el siglo IV y en el siglo V con el uso de algunos términos como usía, hypostasis, prosopon, fysis, que en latín fueron traducidos respectivamente como natura, substantia, persona.
¿Estos términos han mantenido su significado? ¿O se pueden usar otras palabras? ¿Los conceptos que expresan los dogmas son siempre los mismos? ¿Esos conceptos valen también hoy? Aquí, por desgracia, ha surgido un equívoco, por haber confundido el pensamiento con el lenguaje.
El Concilio Vaticano II nos ordena expresar el contenido de los dogmas en un lenguaje moderno, comprensible para los hombres de hoy, teniendo en cuenta el pensamiento moderno. Muy bien. Cosa más que correcta. Sin embargo, ¿qué ha sucedido? Que los modernistas, para quienes no existe una verdad inmutable sino que todo está en la historia, y por tanto los conceptos y los dogmas en el transcurso del tiempo cambian o mudan de sentido, con el pretexto de que es necesario usar lenguaje y conceptos modernos, confundiendo pensamiento y lenguaje, concepto y palabra, han elaborado su famosa distinción de origen kantiano entre trascendental atemático preconceptual experiencial y «objetivación» conceptual-categorial-temática, afirmando que la verdad cristiana percibida globalmente en la experiencia trascendental inmutable y absoluta, se expresa en diversos lenguajes que serían los conceptos.
Por esto, según ellos, se podría expresar el mismo misterio cristológico y trinitario con diversos conceptos en el tiempo y en el espacio. Y concluyen: así como en Nicea y en Calcedonia se usaron los conceptos de entonces, hoy debemos usar los conceptos de lo que ellos llaman «filosofía moderna», que no es otra cosa que el pensamiento de Lutero y de Descartes tal como se ha desarrollado en el idealismo alemán hasta Marx, Gentile, Husserl, Heidegger y Severino. Pero esto es una enorme impostura. El pensamiento de Descartes, en realidad, no modernizó en absoluto la filosofía, sino que la corrompió bajo la influencia (inconsciente) del subjetivismo escéptico protagóreo y del idealismo parmenídeo, ya en su tiempo refutado por Aristóteles.
Es verdad que debemos asumir el pensamiento moderno y usar el lenguaje moderno. Pero la sana modernidad en filosofía es la de los tomistas modernos, como un Garrigou-Lagrange, un Maritain, un Congar, un Boccanegra, un Coggi, un Spiazzi, un Gilson, un Parente, un Nicolas, un Patfoort, un Perini, un Tyn y tantos otros, que han sabido afrontar la modernidad y separar lo verdadero de lo falso a la luz del pensamiento de Santo Tomás. Es esto lo que la Iglesia pide hacer desde León XIII hasta León XIV.
Antes entonces de poner en evidencia cuáles son los verdaderos contenidos de los mencionados dogmas, es necesario despejar el terreno de algunos prejuicios y métodos equivocados, que no conducen a la verdad y no hacen conocer el verdadero contenido de los dogmas. Comencemos por tanto con una primera parte metodológica para pasar a la parte de contenido.
El conocimiento de la verdad acerca del misterio trinitario y de la Encarnación es indispensable para nuestra salvación. Rechazar voluntariamente la verdad de estos misterios que Cristo nos ha revelado y que nos son interpretados por la Iglesia, tiene como consecuencia nuestra eterna condenación.
Por el contrario, su verdadero conocimiento con la consecuente práctica de los deberes morales que de él se derivan, nos libera de nuestros pecados y de la esclavitud de Satanás, sana las heridas de nuestra naturaleza, nos hace por gracia hijos de Dios, herederos de la vida eterna. Sobre el conocimiento de estos misterios nunca podríamos detenernos lo suficiente. En el profundizar estos misterios está la verdadera alegría de nuestro espíritu y de su conocimiento se derivan copiosísimos frutos de obras buenas y de santidad.
En torno a ellos nos jugamos nuestro destino eterno: el conocimiento y la puesta en práctica de su verdad tiene como consecuencia nuestra gloria eterna en el paraíso del cielo; equivocarse voluntariamente sobre ellos tiene como consecuencia la eterna condenación.
En el análisis de estos misterios, alcanzar ideas máximamente abstractas, si esta abstracción está bien realizada, no es una pérdida de tiempo, no es un lujo para intelectuales, no es una exhibición de genialidad, no nos lleva fuera de la realidad, sino al contrario nos conduce a la máxima concreción práctica y existencial. Estos misterios son despreciados o falsificados por los impíos y por los soberbios, mientras son el alimento de los pobres, de los pequeños, de los humildes, de los ángeles y de los santos.
Detenerse con la máxima atención en cuanto sobre estos misterios nos dice Cristo en Sí mismo o por medio de la Iglesia, detenerse con veneración en cada palabra y en cada concepto, realizar las necesarias distinciones, eliminar o evitar malentendidos y confusiones no es un inútil sutilizar, no es un simple ejercicio de escuela, no es un vagar entre las abstracciones, no es un trabajar con simples palabras, no es una elucubración gnóstica, sino que es la tarea más preciosa, importante y fructuosa que nuestra inteligencia pueda cumplir, condición indispensable para que nuestra voluntad sepa cuál es nuestro verdadero bien y lo pueda poner en práctica.
En el conocimiento veraz del misterio Trinitario y de la Encarnación está el camino para alcanzar nuestra bienaventuranza y nuestra salvación eterna. Subestimar, despreciar, rechazar, descuidar el conocimiento de estos misterios, habiendo conocido su credibilidad y su importancia, es signo de soberbia y sujeción a los engaños del demonio.
Falsificar conscientemente y voluntariamente estos misterios, hacerlos despreciables, absurdos y odiosos y engañar a las almas sobre esta materia es la más grave perfidia y falta de caridad que se pueda cometer contra el prójimo. Ser engañados por la herejía sobre estos misterios es la desgracia más grande que nos pueda suceder. Iluminar y desengañar a las almas y liberarlas del error en esta materia, saber suscitar en ellas el mayor interés por estos misterios, son el servicio y la diaconía de caridad más útil que se pueda prestar al prójimo. Los frutos de caridad que nacen de una vida cristiana profundamente iluminada y animada por estos misterios son los más copiosos que se puedan imaginar y son los signos de la gran santidad.
Hay otra consideración que hacer. La cultura moderna está particularmente interesada en lo que ha sido el desarrollo histórico del pensamiento. Por esto es interesante saber cómo la Iglesia, a través del sucederse de los Concilios, en la perfecta fidelidad y custodia de la Palabra de Dios y del depósito revelado, por tanto en la perfecta estabilidad, continuidad e indefectibilidad doctrinal, sobre todo Nicea de 325, Constantinopla del 381 y Calcedonia del 451, ha progresado en el conocimiento de las mismas verdades de fe, en la conceptualización y en la expresión lingüística de aquellos misterios.
Tal progreso en la continuidad ha tenido lugar por esclarecimiento, precisión, explicitación y explicación de las nociones iniciales reveladas por Cristo con la adición de nuevos conceptos y términos, los cuales han servido para aclarar el significado de los conceptos iniciales, que en cuanto conceptos de realidades inmutables, han permanecido siempre los mismos, con el mismo sentido y significado, «in eodem sensu atque sententia», como observó ya en su tiempo San Vicente de Lerins.
Este ha sido el verdadero progreso dogmático, que fue en su tiempo explicado en su funcionamiento por los teólogos dominicos Reginaldo-María Schultes ² y Francisco Marín-Sola ³, los cuales han refutado la teoría modernista del progreso dogmático basado en la falsa idea de la mutabilidad del concepto y por tanto de la verdad, como aparece hoy en Schillebeeckx y Rahner.
Es interesante notar el trabajo que la Iglesia ha hecho para encontrar la distinción terminológica: ya en el siglo IV, la Iglesia latina había encontrado su binomio: natura o substantia y persona, propuesto por Tertuliano, mientras la Iglesia griega se esforzó más en estabilizar el lenguaje. Comenzó con el Concilio de Nicea a poner como sinónimos usía e ypostasis, para indicar la sustancia o naturaleza divina, mientras que no tenía todavía un término para indicar la persona. En Calcedonia los Padres del Concilio decidieron usar la palabra fysis para indicar la naturaleza, la usía.
Entonces en Calcedonia los Padres se pusieron de acuerdo para crear como sinónimos usía y fysis, mientras que la persona se convirtió en la hypostasis o prosopon. En el siglo V Boecio, para definir la persona humana, encontró el término substantia, del cual Santo Tomás derivó subsistentia, que es el ser en sí propio de la sustancia, que en cuanto espiritual, es la persona, mientras que la inhaerentia es propia del accidente.
Los Padres recurrieron a la distinción entre sustancia y accidentes. Y se plantearon la pregunta: ¿la persona divina es sustancia? No, porque la sustancia es la única naturaleza. Sin embargo, la persona es un subsistente. Ahora bien, ¿dónde encontrar la categoría correcta? Si no aceptamos la sustancia nos queda el accidente. De hecho, entre los accidentes está la categoría de la relación. Y esta es el accidente. Entonces, ¿qué es lo que hicieron los Padres? Promovieron la existencia del accidente desde la inherencia (esse in) a la subsistencia (esse in se). Y así obtuvieron el concepto de Persona divina, persona que evidentemente es muy distinta del modo con el cual nosotros somos personas, porque nosotros lo somos como sustancias y no como relaciones subsistentes.
Quedaba entonces por definir el concepto de persona divina que no podía ser una sustancia, de lo contrario se confundía con la naturaleza y habríamos tenido tres Dioses. San Agustín había elaborado el concepto de relatio subsistens, acogido por Santo Tomás. Tal concepto fue dogmatizado por el Concilio de Florencia del 1442, cuando ya los Griegos se habían separado de la Iglesia Romana, por lo cual las Iglesias Ortodoxas no han reconocido nunca oficialmente este dogma y han permanecido en la hypostasis, con el riesgo de crear tres sustancias, si no fuera porque permanecía la prohibición de Calcedonia.
Pero no han logrado nunca comprender verdaderamente este concepto de relación subsistente y hablar de pros ti yparcon, aquello que el Concilio de Florencia llama relationis oppositio, que significa oposición de relación. Ellos prefieren distinguir las personas en base a las apropiaciones que encontramos en el Nuevo Testamento, más que en base al origen, que lleva al concepto de relación subsistente.
Pero así ellos arriesgan el triteísmo, y se atenúa la distinción entre naturaleza y personas. La unidad divina ciertamente se mantiene, pero parece más el resultado de la unión de las personas, que el fundamento de la Triada. Por esto, mientras nosotros Latinos ponemos la unidad y sobre esta base de sustancia o naturaleza edificamos la doctrina de la Trinidad, ellos ponen la Trinidad y sobre esta base muestran la unidad.
Fin Primera Parte (1/7)
Notas
² Introductio ad historiam dogmatum, Lethielleux, Paris, 1922.
³ La evolución homogénea del dogma católico, BAC, Valencia 1963.
P. Giovanni Cavalcoli
Fontanellato, 12 diciembre de 2025
__________
Anexo
El padre Cavalcoli se ha mostrado muy complacido de que, luego de publicar cada uno de sus artículos en lengua española, procedamos, a modo de subsidio pedagógico para los estudiantes de filosofía y teología, así como para todos los lectores en general, a realizar una transcripción de las principales ideas de sus escritos según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino. Con su beneplácito, esta transcripción la ofreceremos también en lengua latina, de modo que sirva como repaso de los conceptos y argumentos más importantes de sus textos, y pueda aprovecharse no sólo por los lectores de habla hispana, sino también por aquellos de otras lenguas.
Articulus 1
Utrum dogmata Nicaena et Chalcedonensia possint exprimi
in sermone moderno sine mutatione conceptuum
Ad primum sic proceditur. Videtur quod dogmata Nicaena et Chalcedonensia non possint exprimi in sermone moderno sine mutatione conceptuum.
1. Quia quidam dicunt Concilium Vaticanum II praecipere ut dogmata exprimantur sermone moderno, hominibus huius temporis intellectu accommodato, ratione cogitationis hodiernae habita; et hoc necessario implicaret mutationem conceptuum.
2. Praeterea, sunt qui tenent nullam veritatem esse immutabilem, sed omnia in historia consistere; unde conceptus et dogmata in decursu temporis mutari vel sensum suum immutare.
3. Item alii affirmant veritatem christianam globaliter perceptam in experientia transcendenti immutabili et absoluta variis linguis exprimi, quae essent conceptus; ita ut idem mysterium christologicum et trinitarium diversis conceptibus tempore et spatio exprimi posset.
Sed contra est quod Sanctus Vincentius Lirinensis docet, quod dogma semel traditum semper manet, eodem sensu eademque sententia (Commonitorium, cap. 23; PL 50, 667).
Respondeo dicendum quod dogmata christologica Nicaena et Chalcedonensia definita sunt respective saeculo IV et saeculo V per usum quorundam terminorum, ut ousia, hypostasis, prosopon, physis, qui Latine translati sunt ut natura, substantia, persona. Quaeritur igitur: utrum hi termini significationem suam servaverint? An aliis vocabulis uti liceat? Utrum conceptus, quibus dogmata exprimuntur, semper iidem sint? Utrum etiam hodie valeant? Hic, proh dolor, exortus est error, ex eo quod cogitatio cum sermone confusa est.
Concilium Vaticanum II praecipit ut contentum dogmatum sermone moderno exprimatur, hominibus huius temporis intellectu accommodato, ratione cogitationis hodiernae habita. Hoc quidem rectissimum est. Sed quid accidit? Modernistae, qui tenent nullam veritatem esse immutabilem sed omnia in historia consistere, atque ideo conceptus et dogmata tempore mutari vel sensum immutare, sub praetextu necessitatis utendi sermone et conceptibus modernis, confundentes cogitationem et sermonem, conceptum et vocabulum, distinxerunt —ex origine Kantiana— inter transcendens athematicum praecategoriale experientiale et «objectivationem» categorialem-conceptualem-thematicam, affirmantes veritatem christianam globaliter perceptam in experientia transcendenti immutabili et absoluta variis linguis exprimi, quae essent conceptus.
Ex hoc concludunt idem mysterium christologicum et trinitarium diversis conceptibus tempore et spatio exprimi posse. Et dicunt: sicut Nicaea et Chalcedonia usi sunt conceptibus sui temporis, ita hodie uti debemus conceptibus eorum quae vocant «philosophiam modernam», quae revera nihil aliud est quam cogitatio Lutheri et Descartes, evoluta in idealismo Germanico usque ad Marx, Gentile, Husserl, Heidegger et Severinum. Sed hoc est magna impostura. Cogitatio Descartes philosophiam non modernizavit, sed corrupit sub influxu (inconscio) scepticismi protagorei et idealismi parmenidei, iam suo tempore ab Aristotele refutati.
Verum est quod cogitationem modernam assumere et sermonem modernum uti debemus. Sed sana modernitas in philosophia est illa tomistarum recentiorum, ut Garrigou-Lagrange, Maritain, Congar, Boccanegra, Coggi, Spiazzi, Gilson, Parente, Nicolas, Patfoort, Perini, Tyn et alii, qui modernitatem sapienter tractaverunt et verum a falso distinxerunt ad lumen cogitationis Sancti Thomae. Hoc est quod Ecclesia postulavit ab Leone XIII usque ad Leonem XIV.
Ad primum dicendum quod Concilium Vaticanum II praecipit dogmata sermone moderno exprimi, non autem mutare conceptus, qui immutabiles manent.
Ad secundum dicendum quod thesis modernistarum de mutabilitate veritatis est impostura, quia non solum veritas revelata immutabilis et absoluta est, sed etiam omnis veritas naturalis ratione sola cognoscibilis, quatenus consistit in adaequatione intellectus ad rem.
Ad tertium dicendum quod distinctio Kantiana inter experientiam transcendentalem et objectivationem categorialem falsa est, quia confundit cogitationem et sermonem, conceptum et vocabulum, et ducit ad corruptionem philosophiae sub scepticismo et idealismo.
J.A.G.

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