¿Puede la "tradición católica" convertirse en ideología? ¿Qué sucede cuando la defensa de lo sagrado se transforma en arma política? Un reciente artículo del abogado mendocino Dardo Juan Calderón, nos ofrece un caso paradigmático de lo que llamamos tradicionalismo ideologizado. En esta entrada proponemos una lectura crítica: no para negar la riqueza del pasado, sino para mostrar cómo la verdadera Tradición se distingue de los sistemas cerrados que absolutizan y condenan. [En la imagen: fragmento de "Alegoría de la vanidad", óleo sobre tela, pintado entre 1632 y 1636, obra de Antonio de Pereda y Salgado, conservado en el Kunsthistorisches Museum, Viena, Austria].
Textos del Padre Giovanni Cavalcoli, OP, y otras reflexiones filosóficas, teológicas y de la actualidad eclesial
martes, 20 de enero de 2026
El tradicionalismo ideologizado
“El dogma de la religión cristiana debe seguir estas leyes:
que se consolide con los años,
se desarrolle con el tiempo,
se profundice con la edad”
San Vicente de Lerins, Commonitorium, cap. 23
Exposición del problema
El abogado y publicista mendocino Dardo Juan Calderón publicó el 15 de enero pasado en el portal Adelante la Fe un artículo titulado “¿Tradicionalismo o ideología?” ¹ en el que responde a las críticas del papa Francisco contra ciertos sectores conservadores.
Francisco había señalado que algunos que se autoproclamaban “defensores de la doctrina tradicional” actuaban de manera “ideológica” y “farisaica”. Calderón recoge esas palabras y las interpreta como un ataque “calculado” del Papa argentino contra quienes sostienen la tradición (o lo que Calderón entiende por tradición).
En su texto, acusa al Papa de haber perdido la fe (!?), de reducir todo a ideología, y de haber instaurado un nuevo “constructo” de poder con el Concilio Vaticano II y el Novus Ordo Missae. A lo largo de su artículo, el publicista mendocino se refiere a variados aspectos: describe la democracia como un “mamotreto” que conduce a la bancarrota, habla del feminismo como un “suicidio intelectual”, y del Novus Ordo Missae como un rito “demoledor” que sirve a un poder provisorio. En contraste, exalta el vetus ordo como expresión “real” de la religiosidad y cita repetidamente al padre Leonardo Castellani como autoridad.
Frente a tal planteo de la cuestión, y al focalizar el discurso en el tema de la “ideolodía”, conviene aquí recordar que los Papas del postconcilio han evitado usar en estas seis décadas algunas palabras, y esto por razones pastorales. Un caso típico es el de la palabra “modernismo”, pues han evitado acusar directamente a los “modernistas”, probablemente para no ser atacados con el calificativo de “conservadores”. Pero que los Papas hayan evitado usar esa palabra no significa que hayan dejado de combatir el modernismo: lo han hecho con otros términos, como “relativismo”, “subjetivismo”, “gnosticismo”, etc. Del mismo modo, siguiendo la consigna de San Juan XXIII de buscar más lo que une que lo que separa, han evitado hablar de “herejías” o han evitado condenarlas con ese nombre, aunque no por eso han dejado de señalar su presencia.
En este contexto, cuando un Papa habla hoy de “ideología” (como también ya es el caso del papa Leóna), se debe tener presente que no lo hace en sentido sociológico neutro, sino como un término sustituto del de “herejía”: es decir, la negación de una doctrina católica por parte de un católico. Calderón, al recoger la acusación de Francisco, la interpreta como un ataque “calculado” contra quienes defienden la “tradición”. Pero al hacerlo, pasa por alto que el Papa no está negando la existencia de la verdad objetiva de la Tradición, sino señalando el riesgo de convertir la verdad en instrumento de poder. Esa omisión de Calderón es clave para entender por qué su respuesta cae en lo que aquí llamo tradicionalismo ideologizado.
La apertura del texto del escritor mendocino es reveladora porque muestra la estrategia retórica que seguirá en todo su artículo. Al definir la ideología como “un ‘constructo’ de ideas armado con cierta lógica interna para lograr el ascenso y/o mantenimiento del poder político dentro de una institución”, Calderón parece situarse en un plano superior, como si él hablara desde la pura realidad. Pero inmediatamente convierte su propia defensa de la tradición (repito: de lo que él llama tradición) en un sistema cerrado, en el que todo lo que no encaja —ya se trate de la democracia, del feminismo, del Vaticano II, o del Novus Ordo— es descalificado como ideología. La paradoja es evidente: denuncia la ideología, pero convierte la tradición en ideología.
Por eso, la apertura polémica del artículo de Calderón es el mejor punto de partida para mostrar lo que llamo tradicionalismo ideologizado. No niego que Francisco haya usado la palabra “ideología” con intención crítica, ni defiendo sin matices las reformas posteriores al Concilio en el ámbito de lo pastoral-gubernativo-disciplinar. Trato de señalar que la respuesta de Calderón, lejos de ser un discernimiento sereno, es un contraataque ideológico que absolutiza la tradición y la convierte en sistema cerrado. En este primer movimiento, ya se revela la diferencia entre el pasadismo (tradicionalismo ideologizado) y el tradicionalismo auténtico o sano tradicionalismo: el primero necesita enemigos absolutos para sostenerse; el segundo reconoce la complejidad de la historia y confía en que la Tradición viva puede iluminarla sin necesidad de convertirla en arma.
Definamos los conceptos: tradición vs ideología
El núcleo del debate que Calderón plantea exige distinguir con claridad qué entendemos por tradición y qué entendemos por ideología. La tradición católica es la transmisión viva de la fe desde los Apóstoles, en continuidad orgánica con el Magisterio de la Iglesia ². No es mera repetición mecánica de formas, sino apertura al Espíritu Santo que guía a la Iglesia en cada época. Por eso san Vicente de Lerins definía la tradición como quod ubique, quod semper, quod ab omnibus creditum est: lo que ha sido creído en todas partes, siempre y por todos, pero con la condición de que crezca y se desarrolle “según la misma naturaleza y el mismo género” ³. La tradición auténtica, entonces, es continuidad con desarrollo.
La ideología, en cambio, es un sistema cerrado de ideas que instrumentaliza la verdad para fines de poder o de polémica. Sí, es un constructo —como dice Calderón— que absolutiza un aspecto parcial y lo convierte en arma contra todo lo demás. En el plano eclesial, cuando un católico convierte su visión en ideología, lo que en realidad está sosteniendo es una herejía, aunque se la nombre con otro término. Los Papas del postconcilio, como he dicho, han evitado hablar de “herejías”, como también han evitado hablar de “modernismo” con esas precisas palabras, pero han denunciado lo mismo bajo nombres como “relativismo”, “subjetivismo”, “gnosticismo” o “ideologías”. Así, cuando Francisco acusa a ciertos conservadores de actuar “ideológicamente”, está señalando el riesgo de convertir la defensa de la verdad en un sistema cerrado que niega la Tradición viva, o sea, está hablando de una herejía.
La historia de la Iglesia ofrece ejemplos claros de cómo la Tradición auténtica se distingue de la ideología. El Concilio de Trento, en el siglo XVI, respondió a la Reforma protestante no con un rechazo absoluto de toda novedad, sino con una clarificación doctrinal y una reforma disciplinar. Defendió la fe recibida, pero al mismo tiempo reformó la vida eclesial, mostrando que la tradición es capaz de discernir y crecer. El Concilio Vaticano I, en el siglo XIX, definió el primado y la infalibilidad del Papa en un contexto de modernidad hostil, pero no absolutizó la figura papal como ideología, sino que la situó en continuidad con la tradición apostólica. El Concilio Vaticano II, en el siglo XX, buscó dialogar con el mundo contemporáneo, y aunque sus textos han sido interpretados de manera diversa (incluso de manera herética, en lo que San Pablo VI llamó el magisterio paralelo, como es el caso del rahnerismo), forman parte de la transmisión viva de la fe. En todos estos casos, la tradición auténtica se mostró como apertura y discernimiento, no como sistema cerrado.
El tradicionalismo ideologizado, en cambio, toma elementos verdaderos de la tradición y los absolutiza. Así, Calderón convierte el vetus ordo en criterio único de verdad, y descalifica el Novus Ordo como ideología; reduce el Vaticano II a un constructo político y niega su carácter de concilio ecuménico, tan autorizado e infalible en lo doctrinal como cualquier otro concilio de los veinte anteriores; condena la democracia y el feminismo en bloque, sin distinguir entre aspectos legítimos y excesos; o eleva a Castellani como autoridad paralela, como si su palabra fuera más normativa que el Magisterio. Todo esto configura un sistema cerrado, que no transmite la Tradición sino que la convierte en ideología.
La diferencia esencial, entonces, está en la apertura o el cierre. La tradición auténtica es apertura a lo real y a lo divino, capaz de discernir y crecer en continuidad. La ideología es cierre, que instrumentaliza la verdad y la convierte en arma. Calderón denuncia la ideología, pero su propio texto cae en ella, porque absolutiza y descalifica. El tradicionalismo auténtico, en cambio, reconoce la complejidad de la historia y confía en que la Tradición viva puede iluminarla sin necesidad de convertirla en sistema cerrado.
El caso de la liturgia
Uno de los núcleos más sensibles del artículo de Calderón es su juicio sobre la liturgia. Allí se revela con claridad la diferencia entre el tradicionalismo ideologizado y el tradicionalismo auténtico. Calderón describe el Novus Ordo Missae como un rito “demoledor” que sirve a un poder provisorio, mientras exalta el vetus ordo como expresión “real” de la religiosidad. La contraposición es absoluta: el primero sería un constructo ideológico, el segundo la única forma legítima de la tradición. En este esquema, el Novus Ordo no puede ser celebrado con dignidad in actu, porque —según el pasadismo— nació como rito de suplencia, pensado para corregir las supuestas carencias del vetus ordo. Su origen lo marcaría de manera irreversible como deficiente, incapaz de desplegar la densidad simbólica y teológica que el rito tradicional porta de manera orgánica.
El tradicionalismo auténtico, en cambio, distingue entre la validez y la fecundidad. Reconoce que el Novus Ordo Missae, promulgado por San Pablo VI en continuidad con lo dispuesto por los Padres conciliares, es un rito válido y puede ser celebrado con verdadera dignidad. Joseph Ratzinger, en su célebre Informe sobre la fe (1985), reconocía que muchas celebraciones del Novus Ordo habían caído en la banalización, pero insistía en que el problema no estaba en el rito mismo, sino en la manera de celebrarlo. En su libro El espíritu de la liturgia (2000), subrayaba que la liturgia debe ser siempre obra de la Iglesia y no de la creatividad individual, y que tanto el vetus ordo, cuando estaba en vigencia, como el actual Novus Ordo, pueden ser fecundos si se celebran con reverencia. La diferencia entre el pasadismo y el tradicionalismo auténtico está en que el primero condena una modalidad del rito romano en bloque por su origen, mientras el segundo reconoce su validez y plena legitimidad y busca que se celebre con la dignidad que corresponde.
La historia muestra que la liturgia siempre ha tenido desarrollos y reformas. El Misal de San Pío V, promulgado tras el Concilio de Trento, fue una codificación que recogía la tradición romana, pero también introdujo ajustes y simplificaciones. El Misal que San Juan XXIII promulgó en 1962 de modo provisorio, a la espera de los “principios más altos” que establecería el Concilio ⁴, incorporó cambios menores antes de la constitución Sacrosanctum Concilium. El Novus Ordo Missae, en 1969, es una reforma más amplia, que buscó mayor participación y claridad, pero que también redujo o sustituyó ciertos elementos simbólicos. En todos los casos, la autoridad legítima de la Iglesia promulgó los ritos, y la Tradición viva se expresó en ellos. Absolutizar la modalidad abrogada del rito romano como única válida y condenar la que vino a sustituirla, calificándola de ideología es convertir la liturgia en arma, no en fuente de vida.
El pasadismo o tradicionalismo ideologizado convierte el vetus ordo en bandera política ⁵ y el Novus Ordo Missae en enemigo. El tradicionalismo auténtico reconoce la riqueza paritaria de ambos en cuanto expresan la lex orandi divina, y busca que la liturgia sea siempre fuente de gracia y de comunión. La diferencia es decisiva: el primero necesita contraponer para sostenerse; el segundo sabe discernir y acoger la actual única lex orandi ecclesiae. La liturgia no es un campo de batalla, sino el lugar donde la Iglesia celebra el misterio de Cristo. Reducirla a ideología es traicionar su esencia.
El desarrollo doctrinal sobre la dignidad de la mujer
Otro de los blancos del artículo de Calderón es el feminismo. Lo describe como un “suicidio intelectual” y lo contrapone a lo que podríamos calificar de patriarcalismo (o paternalismo o autoridad patriarcal u orden jerárquico tradicional o verticalismo o dominio patriarcal), que presenta como orden “real” y fundamento de la sociedad. En su esquema binario, el feminismo sería un constructo ideológico destinado a la autodestrucción, mientras que el patriarcalismo representaría la continuidad de la tradición. Esta contraposición absoluta revela nuevamente el mecanismo del tradicionalismo ideologizado: reducir una cuestión compleja a dos polos irreconciliables y condenar en bloque todo lo que no encaja en el esquema.
El tradicionalismo auténtico, en cambio, reconoce que la igual dignidad de la mujer respecto al varón forma parte del desarrollo doctrinal de la Iglesia en el siglo XX. Fue el papa Pío XII quien repetidamente se expresó de modo doctrinalmente novedoso en este tema, recalcando la paritaria dignidad de varón y mujer. Más tarde, San Juan Pablo II, desarrolló nada menos que 129 catequesis referentes a este tema, durante cinco años, desde 1979 a 1984, y en su carta apostólica Mulieris dignitatem (1988), afirmó con claridad que “la mujer no puede convertirse en ‘objeto’ de dominio y posesión masculina” y que “ambos, varón y mujer, son creados a imagen y semejanza de Dios” ⁶. Este reconocimiento no es una concesión cultural, sino una profundización en la verdad revelada: la dignidad de la persona humana, creada a imagen de Dios, es igual en el varón y en la mujer. Negar este desarrollo doctrinal es confundir costumbre cultural con revelación, y absolutizar una forma histórica como si fuera intocable.
La tradición viva de la Iglesia siempre ha distinguido entre lo esencial y lo accidental. En la historia, las estructuras sociales han variado, y el patriarcalismo ha sido una forma cultural dominante en muchos contextos. Pero no pertenece al depósito de la fe como tal. La divina Revelación afirma la igual dignidad del varón y la mujer, y la Iglesia, guiada por el Espíritu Santo, ha ido reconociendo y explicitando esa verdad en el Magisterio reciente. El pasadismo ideologizado, al condenar el feminismo en bloque y exaltar el patriarcalismo como orden “real”, confunde cultura con dogma y convierte la tradición en ideología.
El tradicionalismo auténtico, en cambio, sabe discernir. Reconoce que el feminismo, como movimiento cultural, tiene aspectos legítimos —la afirmación de la dignidad y los derechos de la mujer— y tiene también muchos excesos ideológicos —la negación de la diferencia sexual o la oposición radical al varón—. Pero no condena en bloque, ni absolutiza el patriarcalismo como si fuera revelación. Discierne lo que pertenece a la fe y lo que es fruto de una cultura determinada. Esa capacidad de discernimiento es lo que distingue la Tradición viva de la ideología.
El ámbito de lo político
En su artículo, Dardo Calderón extiende la crítica más allá del ámbito eclesial y se adentra en el plano político. La democracia es presentada como un “mamotreto” que conduce inevitablemente a la bancarrota y a la guerra. En su visión, la democracia no es más que un constructo ideológico destinado a la autodestrucción, mientras que —una vez más— el patriarcalismo sería el orden “real” que sostiene la sociedad. Esta condena en bloque revela nuevamente el mecanismo del tradicionalismo ideologizado: reducir una cuestión compleja a dos polos irreconciliables y absolutizar uno como único legítimo.
La doctrina social de la Iglesia, en cambio, nunca ha canonizado un sistema político único, pero ha reconocido la legitimidad y conveniencia de la democracia cuando respeta la dignidad de la persona y el bien común. León XIII, en Rerum novarum (1891), defendió los derechos de los trabajadores y la necesidad de estructuras políticas que garantizaran la justicia social. Pío XII, en sus radiomensajes de la Segunda Guerra Mundial, reconoció que la democracia podía ser una forma legítima de gobierno, siempre que estuviera fundada en la ley moral y en el respeto a la persona humana. El Concilio Vaticano II, en Gaudium et spes (1965), afirmó que “la comunidad política existe para el bien común” y que los ciudadanos deben participar activamente en la vida pública. San Juan Pablo II, en Centesimus annus (1991), subrayó que “la Iglesia aprecia el sistema de la democracia, en la medida en que asegura la participación de los ciudadanos en las opciones políticas y garantiza que los gobernantes puedan ser sustituidos pacíficamente”.
Negar en bloque la democracia como “mamotreto” es confundir sus posibles abusos con su esencia. La tradición viva de la Iglesia sabe distinguir: reconoce que la democracia puede degenerar en relativismo o en manipulación, pero también que puede ser un instrumento legítimo para garantizar la dignidad y la justicia. El pasadismo ideologizado, al condenarla en bloque, convierte la tradición en ideología y absolutiza el patriarcalismo político y social como si fuera revelación. El tradicionalismo auténtico, en cambio, discierne: reconoce los riesgos de la democracia, pero también sus posibilidades legítimas, y confía en que la doctrina social de la Iglesia puede iluminarla.
La diferencia es clara: Calderón necesita enemigos absolutos para sostener su esquema, y por eso condena la democracia como ideología. La tradición auténtica reconoce la complejidad de la historia y sabe que la política es un ámbito donde la fe ilumina, pero no absolutiza. La Iglesia no se identifica con un sistema único, sino con la dignidad de la persona y el bien común. Reducir la democracia a “mamotreto” es ideologizar la tradición; discernir sus posibilidades y límites es vivirla auténticamente.
Castellani y la tentación de autoridades paralelas
Un rasgo constante del artículo de Calderón es la apelación a Leonardo Castellani como autoridad y, a la vez, sorprendentemente, afirma que un Papa ¡puede perder la fe! Lo cita varias veces a Castellani, en especial su célebre frase: “no hay manzana sin gusano”. De modo que, en el esquema de Calderón, Castellani aparece como el garante último de la verdad (precisamente lo que se le niega al Papa, que puede perder la fe, según Calderón), Castellani es el maestro que confirma que toda realidad está corrompida y que sólo el tradicionalismo puede salvarla (¡claro que esto no lo dice Castellani!). Esta insistencia revela otra característica del tradicionalismo ideologizado: la sustitución del Magisterio de la Iglesia por una figura particular, convertida en criterio absoluto, se trate de Castellani, o de Meinvielle o del obispo Lefebvre, o de cualquier otro. Y este es un rasgo que los pasadistas comparte con los modernistas, quienes ya desde San Pablo VI comenzaron a rechazar el Magisterio de la Iglesia para dogmatizar las ideas teológicas (a veces heréticas) de un Ranher o de un Schillebeeckx o de un Küng, o de un von Balthasar, o de un De Lubac.
Castellani fue, sin duda, un pensador lúcido y provocador, capaz de diagnosticar con agudeza los males de la modernidad y del fariseísmo enquistado en la humanidad de la Iglesia. Su estilo incisivo y su capacidad de síntesis lo han convertido en referencia para muchos católicos que buscan claridad en medio de la confusión. Pero absolutizar su palabra y colocarla por encima del Magisterio es un gesto ideológico. La tradición auténtica se apoya en la enseñanza viva de la Iglesia, que transmite la fe en continuidad con los Apóstoles. Los grandes teólogos y pensadores —desde santo Tomás de Aquino hasta Jacques Maritain, para mencionar a dos recomendados por los Papas— han iluminado la fe, pero siempre subordinados al Magisterio. Nunca se han erigido en criterio último de verdad.
El recurso constante a Castellani en el artículo de Calderón muestra cómo el pasadismo ideologizado necesita una figura que funcione como autoridad paralela. En lugar de reconocer la pluralidad de voces teológicas en lo que es opinable y la guía del Magisterio en lo que es inmutable e infalible, se absolutiza un autor y se convierte su palabra en dogma. Esto contradice la catolicidad, que es apertura a la totalidad de la fe enseñada por Pedro y no adhesión exclusiva a un maestro particular. El tradicionalismo auténtico, en cambio, reconoce el valor de Castellani y de otros pensadores, pero los sitúa en su lugar: como luces que ayudan a comprender, no como criterios absolutos que sustituyen al Magisterio.
La diferencia es clara: el pasadismo convierte a Castellani en bandera ideológica; la tradición auténtica lo reconoce como pensador valioso, pero subordinado a la enseñanza de la Iglesia. La tentación de autoridades paralelas es siempre un signo de ideología, porque reduce la riqueza de la tradición a un sistema cerrado. La fidelidad auténtica, en cambio, sabe que la verdad se transmite en la comunión de la Iglesia y en la comunión con el Vicario de Cristo y que ningún autor, por lúcido que sea, puede reemplazar al Magisterio.
Una conclusión propositiva
Aunque Dardo Juan Calderón es ciudadano mendocino como yo, no tengo el placer de conocerlo personalmente; de modo que lo que aquí he hecho no ha sido dialogar con Dardo Calderón, sino con el texto que él ha publicado días atrás en el portal Adelante la Fe. Conozco alguno de los libros de su padre, mi compueblano Rubén Calderón Bouchet, meritorio pensador e historiador. Lo que intento decir es que en estas mis reflexiones no dialogo ni me opongo a Calderón, sino que intento dialogar con el artículo que recientemente ha publicado, tratando de ser lealmente objetivo respecto a sus conceptos.
Pues bien, el recorrido que hemos hecho por el artículo de Dardo Calderón nos ha permitido identificar lo que llamo tradicionalismo ideologizado: una forma de discurso que, bajo la apariencia de defender la tradición, la convierte en sistema cerrado y arma de confrontación. La paradoja inicial —denunciar la ideología pero incurrir en ella— se confirma en cada ámbito: la liturgia, la doctrina sobre la mujer, la política, la autoridad doctrinal y teológica. En todos los casos, Calderón absolutiza un elemento y condena en bloque todo lo demás, construyendo un esquema binario de realidad contra constructo, verdad contra ideología, tradición contra corrupción.
El tradicionalismo auténtico, en cambio, se distingue por su apertura y su capacidad de discernimiento. Reconoce la riqueza del vetus ordo sin absolutizarlo, y la legitimidad del Novus Ordo Missae sin negar sus exigencias y responsabilidades. Afirma la igual dignidad de la mujer como parte del desarrollo doctrinal, sin confundir cultura con dogma. Reconoce la democracia como forma legítima de gobierno cuando respeta la dignidad humana y el bien común, sin canonizar tal forma de gobierno ni condenarla en bloque. Valora a Castellani y a otros pensadores, pero los sitúa en su lugar, subordinados al Magisterio. En todos los casos, la tradición auténtica transmite la fe como corriente viva, confiando en la guía del Espíritu Santo y evitando convertirla en ideología.
La Iglesia necesita hoy más que nunca este tradicionalismo auténtico. En un mundo marcado por la fragmentación y la polarización, el pasadismo ideologizado ofrece eslóganes, respuestas fáciles pero falsas: enemigos absolutos, condenas globales, sistemas cerrados. El sano tradicionalismo, en cambio, ofrece discernimiento sereno, fidelidad al Magisterio y confianza en la Tradición viva. Sólo así la fe puede iluminar la historia sin convertirse en arma, y la tradición puede seguir siendo lo que siempre ha sido: una corriente viva que une a los creyentes de todos los tiempos en la misma fe de Cristo.
Julio Alberto González
Las Heras, Mendoza, 19 de enero de 2026
Notas
¹ Véase: https://adelantelafe.com/tradicionalismo-o-ideologia/
² Constitución dogmática Dei Verbum, nn. 8-9, Catecismo de la Iglesia Católica, n.78.
³ San Vicente de Lerins, Commonitorium, cap. 2–3 (PL 50, 640–641, Denzinger 3020).
⁴ Cf. Rubricarum instructum, Carta Apostólica en forma de Motu proprio, 25 de julio de 1960: “…Haec igitur nova rubricarum dispositio, quam nunc Apostolica Sedes decernit, ad altiora principia, quae a Concilio Oecumenico statuentur, via praeparanda est.”
⁵ Papa Francisco, Carta a los Obispos para presentar el motu proprio Traditionis Custodes sobre el uso de la liturgia romana anterior a la reforma de 1970, 16 de julio de 2021.
⁶ Acerca de este tema, véase el reciente ensayo del padre Giovanni Cavalcoli, El espíritu y el sexo, publicado en este blog, en particular su última parte y el apartado La enseñanza de San Juan Pablo II, y también mi artículo reciente La teología del cuerpo, donde analizo críticamente una conferencia del padre Christian Ferraro, en la cual este sacerdote argentino rechaza esta doctrina del Santo Pontífice.
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