lunes, 19 de enero de 2026

El espíritu y el sexo (5/5)

¿Es posible que el cuerpo revele la vocación más profunda del espíritu? ¿Qué nos enseña la diferencia entre varón y mujer acerca del misterio de la persona humana? San Juan Pablo II, en sus catequesis llamadas de la Teología del Cuerpo, mostró que la unión sexual no es un mero dato biológico, sino un lenguaje originario de comunión y de santidad. El padre Cavalcoli retoma estas enseñanzas y las despliega en clave escolástica, iluminando cómo la complementariedad entre varón y mujer es parte esencial del designio divino. Esta reflexión invita a redescubrir la castidad como sabiduría, el cuerpo como transparencia del espíritu y el amor humano como camino hacia la gloria de los hijos de Dios. [En la imagen: fragmento de "El Ángelus", óleo sobre lienzo, pintado entre 1857 y 1859, obra de Jean-François Millet, conservado en el Museo de Orsay, Francia].

El espíritu y el sexo
Quinta Parte (5/5) ¹ 

Segunda Parte - Lo que nos dice la fe

Las enseñanzas de la Iglesia

Que el hombre esté compuesto de espíritu y cuerpo, además de ser verdad de razón es verdad de fe, enseñada por el Concilio Lateranense IV de 1215. El sucesivo Concilio de Vienne precisa que esta unión acontece en cuanto el alma es forma sustancial del cuerpo. En 1336 Benedicto XII proclama el dogma de la visión beatífica de la esencia divina en el paraíso del cielo.
El Concilio Lateranense V enseña que el alma humana espiritual es inmortal. La proclamación del dogma de la asunción de la Bienaventurada Virgen María al cielo en alma y cuerpo hecha por Pío XII en 1950 comporta que en el paraíso existirá, además del cuerpo masculino, representado como primicia de aquel de Cristo, también el cuerpo femenino.
El primer Papa que ha refutado el antiguo prejuicio de la superioridad del hombre sobre la mujer ha sido Pío XII, el cual, durante todo el curso de su pontificado, ha repetido muchas veces cómo Dios ha creado al hombre y a la mujer de igual dignidad personal, en posesión de una idéntica naturaleza humana, dotados de diferentes cualidades, recíprocamente complementarios en el ejercicio de la vida cristiana y en la consecución del común ideal de santidad.
San Juan XXIII en la encíclica Pacem in terris de 1963 notó cómo uno de los fenómenos sociales de mayor relieve de nuestro tiempo es el ingreso de la mujer en la vida pública, premisa antropológica que ha conducido sucesivamente a los teólogos a interrogarse y a aclarar cuál es el puesto propio de la mujer en la Iglesia ² y, por consecuencia, a iniciar investigaciones todavía en curso sobre la posibilidad y oportunidad de restablecer el diaconado femenino en el moderno contexto histórico, en el cual la mujer, nunca como hoy, nos está dando prueba de un nivel de espiritualidad hasta ahora nunca alcanzado, tal que pueda situarse como nunca junto a los oficios jerárquicos propios del varón.
Se perfila, por tanto, una recíproca complementariedad en el plano eclesial, cual nunca se había conocido en toda la historia pasada de la Iglesia y que promete nuevos desarrollos para un ulterior progreso eclesial e influjo de la Iglesia en la sociedad humana para la salvación y la grandeza del hombre.
El Concilio Vaticano II en la Constitución pastoral Gaudium et spes (nn. 12-18) ha delineado una estupenda síntesis dogmática de la enseñanza de la Iglesia acerca de la dignidad de la persona humana, varón y mujer, en su constitución esencial, añadiendo algunas importantes consideraciones concernientes a su actual condición histórica a fin de enseñarnos cuál conducta y cuáles iniciativas debemos tomar para animar y valorizar cristianamente la humanidad de nuestro tiempo en vista de la futura Venida de Cristo.
Importante además para nuestro tema es también la Declaración de la Congregación para la Doctrina de la Fe, de 1975, Persona humana, que así al inicio se expresa:
«La persona humana, a juicio de los científicos de nuestro tiempo, está tan profundamente influenciada por la sexualidad, que ésta debe ser considerada como uno de los factores que dan a la vida de cada uno los rasgos principales que la distinguen. Del sexo, en efecto, la persona humana deriva las características que en el plano biológico, psicológico y espiritual la hacen varón o mujer, condicionando así grandemente el itinerario de su desarrollo hacia la madurez y su inserción en la sociedad».
San Pablo VI, por su parte, nos ofrece una importante enseñanza acerca de cuáles son las cualidades específicas propias del alma femenina, enseñanzas que encontramos recogidas en La donna nel magistero di Paolo VI a cargo del Card. Mario Luigi Ciappi, OP, Teólogo de la Casa Pontificia. ³

La enseñanza de San Juan Pablo II

Importantísima es la contribución a la comprensión de la paridad, unión y reciprocidad varón-mujer en la Iglesia y en la sociedad que ha sido la de San Juan Pablo II. Sus enseñanzas al respecto, resultantes de una serie de Audiencias generales que tuvo desde 1979 a 1982, han sido recogidas y comentadas por el Card. Carlo Caffarra en la valiosa publicación Uomo e donna lo creò. Catechesi sull’amore umano, Città Nuova Editrice-Libreria Editrice Vaticana, 1985.
No había sucedido nunca en la historia del Magisterio pontificio antes de San Juan Pablo II que un Papa hubiese comentado y explicado el relato genesiaco de la creación del hombre y de la mujer.
El Papa ha aclarado con su autoridad de maestro de la fe puntos fundamentales en torno a los cuales gira todo el destino del hombre, puntos que hasta entonces o habían quedado en la sombra o habían sido mal entendidos o habían sido objeto de simples opiniones o discusiones teológicas o exegéticas. Es claro que a consecuencia de la intervención del Papa ya no es lícito sobre esos puntos a los exegetas interpretar diversamente. El Papa no es un exegeta bíblico, sino maestro de la fe.
La luz que el Papa nos ha dado sobre esos puntos es extremadamente preciosa, considerando cuánto en el pasado ellos habían sido mal interpretados, subvalorados, mal entendidos o callados o descuidados y objeto de interpretaciones falsas o contradictorias.
El aspecto original de estas catequesis no es tanto la enseñanza sobre el matrimonio, doctrina ya ampliamente tratada por la Iglesia a partir del siglo XIX y sobre todo a partir de Pío XI, sino el haberse detenido en el cap. 2 del Génesis, donde no se habla ni de matrimonio ni de generación, sino simplemente del significado del ser varón y mujer y del valor antropológico y moral de su unión, valores evidentemente presentes en el matrimonio, pero también independientemente de él, pertenecientes a la naturaleza humana como tal, independientemente de la generación, tanto que estarán presentes también en la patria celestial, donde evidentemente no habrá reproducción de la especie ⁴.
Entre las cosas más interesantes dichas por el Papa al respecto están las siguientes. Primero. La creación de Eva está motivada por Dios a fin de que el hombre no esté solo. Dios no dice: no es bueno que el hombre genere solo, sino que esté solo. Antes de que se trate de generar, se trata de un problema existencial. Eva, por tanto, consiente a Adán la experiencia originaria de la vida social, de la relación interpersonal. Entonces la unión varón-mujer es el principio, el modelo y el vértice de toda socialidad y comunión humana.
Segundo. Dios crea a Eva como ayuda para Adán no solamente en vista de la procreación, sino también para que Adán profundice y guste el sentido de la propia existencia. El hombre comprende verdaderamente y plenamente el sentido de la propia existencia solo como comunión y unión varón-mujer. Esto obviamente no debe entenderse en el sentido de que los hombres puedan vivir solo en pareja, sino debe entenderse como orientación de máxima y de principio, en el sentido de que cada persona humana, aunque en la vida no encuentre un compañero o una compañera, en cualquier caso, para llevar a perfección la propia existencia, debe encontrar el modo de mantener una relación constructiva con miembros del otro sexo, aunque solo fuese el ejercicio de las relaciones familiares.
Tercero. Es Dios mismo quien une al varón con la mujer, a aquel determinado varón con aquella determinada mujer. Varón y mujer tienen, por tanto, la tarea de reconocer esta voluntad divina y de obedecerla. Solo así serán felices. Deben comprender qué tipo de vínculo Dios ha puesto en su caso específico. Deben conservarlo y reforzarlo durante toda la vida. Dios mismo quiere conservarlo; no quiere que sea disuelto. En cambio, por desgracia, la voluntad humana pecadora puede disolverlo, puede romperlo. Por desgracia, el hombre puede dividir lo que Dios ha unido. Cristo ha venido a reunir lo que estaba dividido. Uno de los aspectos de la obra de la salvación es, por tanto, el de la reconciliación del varón con la mujer. Una unión matrimonial puede ser rota. Pero en Cristo puede ser recompuesta.
Cuarto. La desnudez originaria. Esta es una novedad absoluta en toda la historia del magisterio de la Iglesia, un tema que, como se puede imaginar, ha creado incomodidad en los fieles, un tema que no ha sido retomado por los Pontífices posteriores. Y sin embargo el tema es absolutamente inevitable en el curso de la vida de cada uno de nosotros, es de extrema importancia y lo es también por su delicadeza, porque crea turbación y por esto se calla, o bien es alimento de la pornografía y de la vida licenciosa.
Y sin embargo la Escritura es de una extrema claridad: «estaban desnudos y no sentían vergüenza». Nunca escuchamos a ningún predicador tratar esta doctrina y explicarnos qué significa, cuál es su alcance teológico, qué nos dice desde el punto de vista de la fe, cómo debemos vivir esta perspectiva moral. Finalmente el Papa Wojtyla ha tenido el valor de romper este milenario silencio en boca de los Papas, incluso en una serie de cinco Audiencias generales en la plaza San Pedro. El Papa se detuvo en este tema desde la Audiencia del 2 de enero hasta la del 23 de febrero de 1980, recogidas ya en el citado libro a cargo del Card. Caffarra.
En sustancia el Papa evidencia cómo la desnudez originaria significaba la integridad de la naturaleza inocente que vivía en la inocencia y justicia originarias. La vergüenza sobreviene cuando, después del pecado y perdida la originaria pureza de la mirada y del sentimiento, la pareja se da cuenta de estar desnuda ya no en la luz de la inocencia, sino en la conciencia turbada de haberse despojado culpablemente de la originaria inocencia y justicia, así como de la originaria pureza de la mirada. Ahora el verse desnudos ya no es fuente de alegría, sino una tentación a la lujuria, y el ver ahora ya no es ver a la luz de Dios, sino un ver oscurecido por la pasión.
Ya no se miran para descubrir y gustar el espíritu, sino para satisfacer la carne; el ojo no gusta el misterio del alma del otro, sino que queda cegado por la pasión arrolladora y por el deseo casi irresistible. El placer sexual ya no abre al espiritual, sino que empequeñece la mirada sobre sí mismo e impide el acceso al placer espiritual.
He aquí, por tanto, el sentido providencial de la intervención divina que procura a la pareja una vestidura para impedir el surgir de la concupiscencia ante la vista de la desnudez del otro. Surge el arte del vestido para esconder lo que puede inducir en tentación y para defenderse del frío. La naturaleza comienza a ser hostil y peligrosa. Surge la virtud del pudor.
El vestido suntuoso de la Bienaventurada Virgen María en Oriente esconde completamente las formas, mientras que las representaciones occidentales las dejan entrever. El icono bizantino muestra una regia maternidad y una majestuosa ternura. Las representaciones occidentales muestran la corpórea feminidad y el encanto de la belleza femenina de altísima espiritualidad.
La Virgen tiene la cabeza cubierta por un velo que esconde los cabellos, que en el pasado eran vistos, por su estudiado peinado, como estímulo a la concupiscencia. Por esto Pablo prescribe a las mujeres tener la cabeza cubierta. Hoy las mujeres en la iglesia en su mayoría ya no llevan la cabeza cubierta, si se exceptúan las Religiosas. Es un signo de la variabilidad de las protecciones del pudor en el curso de los tiempos y en los usos de los pueblos.

De la sensibilidad sexual a la experiencia espiritual
y de la moción espiritual a la emotividad sexual

Una persona sexualmente atractiva facilita hacia ella los actos virtuosos, con tal de que de ambas partes el sujeto sepa dominar su sexualidad, apreciar el ejercicio de las virtudes morales y teologales y la búsqueda de la santidad.
La hermosura sexual de una persona virtuosa facilita los actos de virtud cumplidos hacia ella por una persona de sexo opuesto y, al mismo tiempo, su castidad se ve facilitada en el cumplimiento de los actos de virtud hacia la persona de sexo opuesto.
El reproche que Santo Domingo se hizo en el momento de la muerte de haber preferido el diálogo con las mujeres jóvenes respecto al diálogo con las ancianas parece suponer que no se daba cuenta del hecho de que la belleza sexual no es querida por Dios principalmente en vista del matrimonio, sino en vista de la más alta e íntima comunicación y recíproca colaboración que puede existir entre dos personas, no solo para la edificación de la familia, sino también de la sociedad y de la Iglesia.
Santo Domingo no se dio cuenta, considerando el rigorismo ético de su tiempo, de que fue precisamente este don que tenía de apreciar las cualidades de la mujer lo que le consintió fundar una familia religiosa en la cual la mujer habría tenido modo de desplegar del mejor modo sus específicas cualidades femeninas, físicas y espirituales.
Destruyendo la herejía que se ocultaba en el catarismo, Domingo supo al mismo tiempo recuperar con fino discernimiento y agudo espíritu crítico su instancia válida de por sí evangélica, valorizadora de la misión de la mujer en el anuncio de la Palabra de Dios, cosa que no supieron hacer ni Lutero ni San Ignacio de Loyola, a pesar de su voluntad reformadora.
Recordemos al respecto la belleza única, sublime y celestial, física y espiritual, de la Bienaventurada Virgen María, a la cual dirigimos esta alabanza: Tota pulchra es Maria, asunta al cielo en alma y cuerpo. El himno que la invoca como «intacta e inviolata» no es una polémica contra la función del tacto en el placer sexual y no quiere decir tampoco que el acto sexual sea de por sí una violación de la integridad del cuerpo femenino, como si debiera corromperlo, sino que significa que el cuerpo purísimo y santísimo de la Virgen vive virginalmente con San José su esposo jurídico más allá del placer sexual, por la unión con su santísima alma de Esposa del Padre, fecundada por el Espíritu y Madre del Hijo.
La imagen de la Virgen debe evidenciar moderadamente las propiedades de su sexo porque ello favorece el culto mariano. La iconografía mariana bizantina atrae la devoción por la forma de la composición estructurada según un plan fijo y un conjunto de elementos y esquemas figurativos y colores rigurosamente determinados y regulados por la tradición que remonta al siglo I según una simbología convencional.

El voto de castidad

La emotividad sexual moderada puede introducir al conocimiento espiritual y al amor espiritual que de ella se sigue, mientras que la voluntad que de ella se sigue puede moderar la emotividad sexual de modo que cargue emotivamente la acción moral virtuosa. Así, inflamado por una moderada pasión y por una sana regulación de la emoción sexual, el acto moral aumenta el grado de su virtud, de su eficacia y de su mérito. El enamorado cumple actos de amor por la enamorada moralmente mejores, más convencidos, fervorosos, eficaces y meritorios que aquellos que cumpliría por una persona por la cual no siente atracción sexual o que no se siente sexualmente atraída por él. Esto no quita la posibilidad de actos virtuosos altamente meritorios cumplidos con espíritu de sacrificio y verdadera dedicación cristiana hacia sujetos cuya sexualidad puede aparecer incluso repugnante por su fealdad.
Sin embargo, una percepción y emoción sexual demasiado fuerte o desordenada obstaculiza el proceso y la operación intelectual, así como la moción sexual demasiado viva y envolvente obstaculiza la libertad del querer, empujando la voluntad a satisfacer la pasión desordenada en lugar de al cumplimiento del deber.
En el horizonte de la común ética sexual que prevé el instituto del sacramento del matrimonio como signo e imagen místicos de la unión de Cristo con la Iglesia, Jesucristo, como es sabido, está también —con buena paz de Lutero— el valor de la vida religiosa cristiana, entendida como práctica de una determinada regla de vida ascética común aprobada por la Iglesia en la observancia de los tres votos de pobreza, castidad y obediencia, finalizada u orientada al cumplimiento de un especial servicio a la Iglesia.
La expresión tradicional para designarlos, «consejos evangélicos», es una expresión infeliz, que no da la idea de la seriedad del compromiso del Religioso y de la Religiosa. Si uno me da un consejo, me reservo de todos modos decidir yo como considero mejor sin tener en cuenta el consejo.
Pero si uno es llamado a la vida religiosa, los tres votos no son en absoluto «aconsejados» o facultativos, sino que son tres obligaciones o deberes absolutos, un programa entusiasmante de vida, que debe realizarse a costa de cualquier sacrificio, valores que dan un sentido preciso y un fin concreto a toda la propia vida, faltando a los cuales sin adecuada razón se pone en peligro la propia eterna salvación. Si uno es llamado por Dios a hacerse fraile o monje, no recibe un consejo, sino un mandato o una orden. Esto es lo que evidentemente emerge tanto de las palabras de Cristo como de las llamadas proféticas del Antiguo Testamento.
De todos modos, Cristo, al fundar la vida religiosa, introduce una novedad respecto al Antiguo Testamento, una novedad que no está sin conexiones con formas semejantes de vida que desde siglos ya estaban en uso en el extremo Oriente.
Lo que puede maravillar es cómo nunca Cristo se propuso como modelo de religioso o de monje, como hizo el Buda, sino que condujo un género de vida corriente de tipo laical, aunque no se haya casado, y eligió ponerse a la cabeza de la comunidad de los apóstoles, en la cual no existía una verdadera y propia profesión religiosa, aunque los apóstoles obedecían a Cristo, vivían en común en pobreza y habían renunciado al matrimonio.
Sin embargo, Cristo no se ha propuesto como modelo de religioso, porque la vida religiosa supone el estado de naturaleza caída, al cual el religioso se esfuerza por remediar precisamente con la elección de vida, cosa que, por lo demás, vale también para todos los demás fieles casados o no casados.
En cambio, Jesús, Sumo Sacerdote de la Nueva Alianza, se ha propuesto como modelo de sacerdote, por lo cual la comunidad apostólica que Él dirigía podría ser comparada con lo que es hoy el presbiterio de una diócesis o el colegio cardenalicio guiado por el Papa.
De hecho, como es sabido, el Antiguo Testamento ignora el voto de castidad y el valor de la virginidad. La mujer se siente humillada si no da a luz hijos. El varón se permite tener más esposas. El matrimonio es concebido como un contrato cualquiera que puede ser rescindido en cualquier momento, donde falten las condiciones pactadas de su existencia.
El ascetismo veterotestamentario no comporta un estado jurídico institucional, especiales votos o promesas públicas reconocidas por la autoridad. Se trata solamente de elecciones personales a consecuencia de una íntima llamada divina, más o menos duraderas, de vida solitaria y mortificada, privadas de institucionalización de tipo comunitario, como por ejemplo en el caso de San Juan Bautista o del profeta Oseas.
En lo que respecta al matrimonio, como sabemos, el hombre del Antiguo Testamento, salvo excepciones, no entiende por qué motivo debería ligarse a una mujer para siempre, porque se ha olvidado de lo que se manda en el cap. 2 del Génesis, donde Dios manda al varón y a la mujer ser una sola cosa y les manda no dividir lo que Él ha unido. Cristo devuelve a Israel a aquel principio edénico y añade el ideal monástico, que entretanto estaba llegando de Oriente: hay, dice Él, algunos que se hacen eunucos por el reino de los cielos (Mt 19,12), que han dejado esposa e hijos por Cristo, ciertos de encontrar ahora el céntuplo de lo que han dejado y la bienaventuranza de la vida eterna.
El ideal monástico, por su parte, ha llegado a Israel desde Oriente, en especial desde el Tíbet y la India, alrededor del primer siglo antes de Cristo, con la comunidad de Qumrán y el estilo de vida de San Juan Bautista. Al mismo tiempo, en los primeros siglos del cristianismo se descubre el proyecto platónico de la purificación y de la liberación del espíritu humano: liberarse del cuerpo y del sexo.
Nace el monaquismo egipcio de los Padres del desierto. Es una visión valiente, heroica y admirable, pero al mismo tiempo demasiado severa respecto al sexo, del cual se olvida que ha sido creado por Dios y que, por tanto, debe ser parte integrante y condición normal de la vida espiritual y de la bienaventuranza.
Será necesario, alrededor del siglo XIII, el ingreso de Aristóteles en las escuelas teológicas de la Iglesia para que ésta comprendiera mejor cuál debe ser en el plan de Dios la relación del espíritu con el sexo. Ciertamente sigue siendo siempre necesaria la prontitud para la abstinencia y la renuncia donde el sexo ponga obstáculo a la libertad del espíritu, pero aparece más posible y realizable su uso razonable donde se redescubra la originaria sujeción del sexo al espíritu querida por Dios.

La sabiduría produce la castidad. La soberbia es causa de lujuria

La humildad, la sencillez, la honestidad, la prudencia, el realismo, la estima por la metafísica, la obediencia, el teísmo, la religión producen aquella buena voluntad que conduce a la virtud, a la sinceridad, al amor, a la santidad, a la castidad y a la bienaventuranza.
La soberbia, la doblez, la hipocresía, la necedad, el sensismo, el idealismo, el desprecio por la metafísica, la desobediencia, el agnosticismo, el gnosticismo, el panteísmo, el ateísmo producen aquella mala voluntad que provoca la mentira, el fraude, el vicio, el odio, la impiedad, la lujuria y conduce a la perdición.
Aunque la lujuria sea causada de modo directo e inmediato por el no control de las pulsiones sexuales, su raíz primera es la soberbia, principio general de todos los pecados, en cuanto apego a la propia voluntad y rechazo de obedecer a Dios en el someter el sexo al espíritu. Sin embargo, la lujuria puede ser ocasionada por la violencia de la pasión y por la debilidad de la voluntad, y de tal modo aparece más bien como un pecado de fragilidad y la culpabilidad del acto se atenúa.
El pecado de soberbia es, por tanto, un pecado de malicia, porque compromete la sola voluntad, que es la sede del bien y del mal moral y la sede de la responsabilidad y, por consiguiente, de la culpa y de la inocencia.
En cambio, el pecado de lujuria suele ser un pecado de fragilidad, en cuanto supone una voluntad involuntariamente débil y una pasión involuntariamente y de hecho agresiva. Por tanto, es más culpable el primer tipo de pecado, es decir, el espiritual, tanto por la mayor deliberación como por la mayor importancia de la materia. En efecto, la soberbia es un pecado contra Dios; la lujuria es solo un pecado contra el propio cuerpo o, como máximo, contra el prójimo.

La mujer y el sacerdocio ministerial

Acerca de la cuestión de determinar la recíproca complementariedad entre varón y mujer en relación con la conveniencia del sexo masculino con el sacerdocio ministerial, así como la cuestión de aclarar el papel de la mujer en la Iglesia y las cualidades propias de la mujer, preciosas indicaciones nos vienen de la Carta Apostólica Mulieris dignitatem de San Juan Pablo II del 15 de agosto de 1988.
Basándome en estas enseñanzas del Papa he escrito un libro, La coppia consacrata ⁵, en el cual, comentando las enseñanzas pontificias y añadiendo contribuciones de algunos filósofos como Jacques Maritain y Edith Stein, he tratado de desarrollar ulteriormente el pensamiento del Papa.
La noción de pareja consagrada no hace referencia de por sí ni al matrimonio ni a la vida religiosa. Quiere significar, en cambio, que para la Escritura la pareja humana como tal es siempre cosa sagrada, se trate del matrimonio o se trate de la relación sacerdote-mujer o de la relación religioso-religiosa o, generalmente, laico-laica de cualquier edad, estado o condición de vida.
La clarificación de las cualidades propias de la mujer es necesaria también para examinar la posibilidad que hoy se perfila de consentir a la mujer ser investida del diaconado instituido, mientras permanece reservado al varón el diaconado ordenado, primer grado del sacramento del Orden.
Pero, al mismo tiempo, el claro conocimiento de las cualidades propias del varón es indispensable para determinar los motivos de conveniencia del sexo masculino como materia del sacramento del Orden. Se podrá comprender mejor por qué y cómo el ejercicio del sacerdocio ministerial presenta caracteres y funciones que convienen al varón. Viceversa, de un mejor conocimiento de las funciones del sacramento se podrán deducir con cierta probabilidad las cualidades propias del varón.

Fin de la quinta parte (5/5)

P. Giovanni Cavalcoli
Fontanellato, 26 de diciembre de 2025
   
Notas

¹ El texto original del padre Giovanni Cavalcoli, en italiano, puede hallarlo el lector en el siguiente enlace: https://padrecavalcoli.blogspot.com/p/lo-spirito-e-il-sesso-quinta-parte-55.html Esta quinta y última parte se publicó en italiano en día 19 de enero de 2026.
² Véase Donne e Chiesa. Per un laboratorio di idee, a cargo del Istituto di Studi Superori sulla Donna dell’Ateneo Pontificio Regina Apostolorum, Libreria Editrice Vaticana 2021.
³ Con prefacio del Card. Mario Luigi Ciappi, Tipografia Poliglotta Vaticana, 1980.
 La condizione della sessualita' umana nella resurrezione secondo San Tommaso, Sacra Doctrina, 92, 1980, pp.21-146; La resurrezione della sessualita' secondo San Tommaso, en Atti dell’VII Congresso Tomistico Internazionale a cargo de la Pontificia Accademia di San Tommaso, Libreria Editrice Vaticana, Città del Vaticano, 1982, pp. 207-219.
⁵ Edizioni VivereIn, Monopoli (BA) 2008.

__________

Anexo

He aquí mi transcripción de este artículo del padre Cavalcoli sintetizado en un muy breve croquis esquemático según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que ofrezco en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas.
   
Articulus unicus

Utrum Ecclesia convenienter doceat de relatione spiritus et sexus
ad dignitatem personae humanae et ad complementaritatem viri et mulieris

Ad hoc sic proceditur. Videtur quod Ecclesia non convenienter docuerit de relatione spiritus et sexus ad dignitatem personae humanae et ad complementaritatem viri et mulieris.
1. Quia per saecula tenebatur superioritas viri supra mulierem.
2. Praeterea, Vetus Testamentum non agnoscit valorem virginitatis nec voti castitatis, et permittit polygamiam atque repudium.
3. Item, quaedam motiones asceticae, sicut Catharismus vel primitivum monachismus, existimant sexum esse contrarium spiritui.
4. Denique, luxuria, ex vi passionis orta, videtur esse peccatum gravius superbia, quia directe afficit corpus et relationes humanas.

Sed contra est quod dicit Sanctus Ioannes Paulus II in catechesibus de Theologia Corporis, quod corpus humanum, in sua differentia viri et mulieris, manifestat mysterium personae et vocatur ad esse lingua communionis et sanctitatis. Item, Concilium Vaticanum II in Gaudium et Spes n.29 docet virum et mulierem aequalem dignitatem habere ut personas ad imaginem Dei creatas.

Respondeo dicendum quod convenienter Ecclesia per saecula illustravit relationem inter spiritum et sexum, ostendens utrumque pertinere ad divinum consilium originarium, et quod differentia viri et mulieris est pars essentialis dignitatis personae humanae.
A primis conciliis definitum est hominem constare ex anima et corpore, et animam esse formam substantialem corporis. Postea correcti sunt praeiudicia quae aequalitatem viri et mulieris obscuraverant, et proclamata est eorum aequalis dignitas personalis. Ingressus mulieris in vitam publicam et ecclesialem agnitus est ut signum temporum, et patefacta est via ad profundius considerandum de eius missione in Ecclesia.
Ipse Christus reduxit Israel ad principium Edenicum, commemorans matrimonium esse indissolubilem unionem viri et mulieris, et addidit idealem monasticam, ostendens quod quidam fiunt eunuchi propter Regnum caelorum. Sic sexus, spiritui subiectus, fit via sanctitatis.
Vetus Testamentum non cognovit valorem virginitatis nec voti castitatis, et ascetismus veterotestamentarius caruit institutione communitaria. Attamen, in primis saeculis christianismi repertus est propositus Platonis de purificatione spiritus, et ortus est monachismus Aegyptius Patrum deserti, cum visione heroica sed nimis severa circa sexum. Integratio Aristotelis in theologiam permisit melius intellegere originariam subiectionem sexus ad spiritum, et possibilitatem usus rationabilis secundum divinum consilium.
Sapientia producit castitatem, superbia autem est causa luxuriae. Humilitas, simplicitas et obedientia ducunt ad virtutem et sanctitatem; superbia et inobedientia ducunt ad vitium et perditionem. Superbia est peccatum malitiae contra Deum, luxuria vero plerumque est peccatum fragilitatis contra proprium corpus vel contra proximum.
Denique, consideratio de complementaritate viri et mulieris in Magisterio recentiore profundata est. Coniugium humanum, in quocumque statu vitae, semper est res sacra. Mulier proprias qualitates habet quae in vita Ecclesiae agnoscendae sunt, etiam in possibilitate diaconatus instituti. Vir autem qualitates exhibet quae conveniunt exercitio sacerdotii ministerialis, unde melius intellegitur cur sacramentum Ordinis reservetur sexui masculino.
Ergo doctrina Ecclesiae de spiritu et sexu est convenienter proposita et necessaria, quia integrat corporeitatem in vocatione spirituali, affirmat complementaritatem viri et mulieris, et ordinat sexualitatem ad sanctitatem et communionem ecclesialem.

Ad primum dicendum quod, quamvis per saecula teneretur superioritas viri supra mulierem, Magisterium recens correxit tale praeiudicium. Pius XII affirmavit aequalem dignitatem personalem utriusque, et Concilium Vaticanum II docuit virum et mulierem eandem conditionem personarum habere ad imaginem Dei creatarum.
Ad secundum dicendum quod, etsi Vetus Testamentum non agnoscebat valorem virginitatis nec voti castitatis, Christus reduxit Israel ad principium Edenicum Geneseos et addidit idealem monasticam, ostendens castitatem et totalem donationem pro Regno esse perfectionem evangelicam.
Ad tertium dicendum quod, etsi quaedam motiones asceticae sexum existimaverunt contrarium spiritui, theologia christiana, praesertim cum integratione Aristotelis saeculo XIII, docuit sexum originarie subiectum esse spiritui et eius usum rationabilem pertinere ad divinum consilium. Sic superatus est rigorismus et agnitus est valor positivus sexualitatis in vita spirituali.
Ad quartum dicendum quod, etsi luxuria videtur gravis propter vim passionis et effectus in corpore et relationibus humanis, superbia est gravior quia est peccatum malitiae contra Deum. Luxuria plerumque est peccatum fragilitatis, superbia vero directe compromittit voluntatem in recusatione obedientiae divinae.
   
J.A.G.

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