¿Es el sexo mera función biológica o camino hacia la comunión espiritual? ¿Puede el espíritu humano comprenderse sin su dimensión sexuada, o acaso la diferencia entre varón y mujer es tan radical como la que distingue al hombre del animal? ¿Qué significa que el alma masculina y la femenina sean formas específicas de lo racional? La sexualidad, lejos de ser cárcel, ¿no es más bien principio de virtud cuando se ordena por la gracia? El misterio del varón y la mujer abre un horizonte que desafía tanto a la filosofía como a la fe. [En la imagen: fragmento de "Dos personas. Los solitarios", óleo sobre lienzo, pintado entra 1906 y 1908, obra de Edvard Munch, conservado en el Busch-Reisinger Museum de los Harvard Art Museums, Cambridge, Massachusetts, U.S.A.].
Textos del Padre Giovanni Cavalcoli, OP, y otras reflexiones filosóficas, teológicas y de la actualidad eclesial
lunes, 19 de enero de 2026
El espíritu y el sexo (4/5)
El espíritu y el sexo
Cuarta Parte (4/5) ¹
Generación y fabricación
Notemos que es necesario distinguir en el obrar humano o en la actividad humana la actividad generadora, la moral y la fabricadora. La actividad humana o comporta la actividad biopsicológica generativa en el matrimonio, por la cual el hombre se reproduce en la especie, como los animales y las plantas, o produce actos moralmente buenos o malos, que califican al agente como bueno o malo, o bien produce obras materiales externas en el mundo físico. Son los artefactos, productos del trabajo, del arte y de la técnica.
El generar es la actividad propia del sexo, que tenemos en común con los animales y con las plantas. La actividad moral nos pertenece en propio en cuanto personas dotadas de razón y libre arbitrio y finalizadas a la conquista del sumo bien. Como hijos de Dios en Cristo, estamos llamados a la santidad en el reino de los cielos.
La actividad fabricadora es aquella por la cual dominamos, cultivamos y utilizamos la naturaleza física que nos rodea, producimos los artefactos y bienes económicos, entre los cuales está la máquina.
La máquina es un compuesto unitario y ordenado, por nosotros ideado, proyectado y construido, de elementos materiales, que ejerce una acción repetitiva a causa del movimiento de una energía física por nosotros introducida en la máquina, energía que entra en acción o es suspendida a nuestro mandato.
La máquina sirve para la ejecución de un determinado trabajo al servicio del hombre y decidido por él. Importante es la distinción de la máquina respecto de la sustancia viviente generada por la actividad sexual humana. El hombre, además de producir como persona las obras espirituales y culturales del pensamiento, del saber y del lenguaje, ejerce una doble actividad productiva material: la de generar hijos, asociada a la formación de la comunidad familiar y a la obra moral de la educación, y la de producir artificiados, entre los cuales están las máquinas.
Generar quiere decir producir un viviente de la misma especie del generante, en cuanto el acto sexual inicia un proceso biológico gracias al cual se forma el hijo. Diversa en cambio es la actividad fabricadora o constructora, poética, laboral o artística. El producto de esta actividad, a diferencia del hijo, que se provee a sí mismo y reproduce la especie mediante la actividad sexual, la máquina no se repara por sí misma, sino que necesita ser reparada por el hombre y no se reproduce por sí misma en su especie, si no es reproducida por el hombre en fábrica. Las máquinas no tienen sexo.
Esta confusión entre el generar y el fabricar provoca las prácticas de la fecundación artificial, correctamente condenadas por la Iglesia ² a causa de la pretensión de estas prácticas de obtener la biología humana como si se tratara de construir una máquina en laboratorio, máquina que es un objeto que nunca podrá ser viviente, sino solo dotada de energía física alimentada por un inductor accionado desde el exterior por el hombre.
La acción vital es acción inmanente y refleja del sujeto sobre sí mismo y dentro de sí mismo, cosa del todo imposible a un agente físico como una máquina, cuya acción es transitiva y extrovertida, es decir proyectada hacia el exterior en el espacio y en el tiempo. La energía física no es en absoluto suficiente para causar la energía vital, que tiene una fuerza superior y la causa no puede valer menos que el efecto.
Por el contrario, la vida tiene origen en el alma, la cual o es creada directamente por Dios en el momento de la concepción, si es el alma humana, o es causada por el mismo acto generativo en los niveles inferiores de la vida. La técnica humana en el campo médico tiene un amplio espacio de aplicación sobre todo en ortopedia para sustituir miembros faltantes o para hacer funcionar procesos biológicos en dificultad o para fines de alimentación o para activar el metabolismo fisiológico, pero todo esto es lícito porque es un servicio a la naturaleza deficitaria sin ninguna pretensión de sustituirla en aquello que ella sola tiene derecho y capacidad de hacer.
La cuestión de la transición sexual
Tengamos presente que el sexo en el animal como en el hombre no es una propiedad accidental del sujeto ad libitum, yuxtapuesta al sujeto y separable del sujeto, como los pantalones y la camisa, sino que es una propiedad orgánica del sujeto, intrínseca al sujeto, necesaria a la esencia completa del sujeto.
Es verdad que existe un aparato sexual morfológicamente definido y determinado con órganos específicos bien distintos del resto del organismo corpóreo. Sin embargo, el sexo está al mismo tiempo tan simbióticamente unido con el resto del organismo, que no es algo que pueda ser extirpado y removido del sujeto y sustituido por otro sexo así como se hace con el trasplante del hígado o del riñón.
Sin embargo, como es sabido, este aparato sexual genital no agota toda la realidad sexual, que caracteriza de sí cada célula del cuerpo, de modo que existen células cerebrales que se distinguen en masculinas y femeninas.
Por esto, aun teniendo la cirugía la posibilidad y el derecho en línea de principio de operar sobre los órganos sexuales, es necesario tener presente que aquí es impensable el uso del criterio de trasplante de órgano, porque mientras aquí efectivamente un órgano puede ser cambiado por otro, en el campo del sexo la cosa es imposible a causa de la pervasividad de la componente sexual de la persona, por la cual el aparato físico hace un todo con la general corporeidad, así como con la dimensión psicológica y espiritual de la persona, aun en la distinción de los tres planos vitales vegetativo, psicológico y espiritual.
Por esto, cuando se habla de «transición de género», más vulgarmente, cambio de sexo, es necesario tener cuidado de que estas delicadas intervenciones quirúrgicas y farmacológicas tienen como fin legítimo propiamente no el de aplicar al sujeto el sexo opuesto elegido a su arbitrio, sino el de poner en evidencia su verdadero sexo originario, quitando los factores de perturbación constituidos por la presencia de los elementos accidentales pertenecientes al sexo opuesto.
Si por ejemplo un sujeto supuesto varón, encontrando en sí caracteres femeninos desea ser plenamente mujer, es necesario hacer previamente un atento control físico, psíquico y espiritual. Es necesario comprender cuál es su verdadero sexo y si este sexo está bloqueado por caracteres del sexo opuesto, es necesario, si es posible, quitar estos y potenciar su verdadero sexo. No se trata de cambiar como uno que deja el vestido de ciudad y asume el traje de playa. Es necesario descubrir lo natural, sanar lo natural y quitar lo antinatural.
La palabra transición o cambio induce a engaño, como si el sexo fuese una posesión convencional, no natural e innata, un vestido que yo puedo dejar para tomar otro. En absoluto. El sexo es sí distinto de la persona, porque el concepto de persona como tal no dice sexo. También el ángel y Dios son personas, pero no tienen sexo. Sin embargo, al mismo tiempo el sexo es un complemento esencial de la persona humana no en cuanto persona, sino en cuanto humana. Mi sexo me lo ha dado Dios cuando he sido concebido y por tanto no me es lícito quererlo cambiar. Los dones de Dios no se cambian, sino que se emplean. Yo debo entonces custodiar, satisfacer las exigencias y realizar las posibilidades de su propia naturaleza. Al momento de presentarme a Dios en el juicio final Él me preguntará qué uso he hecho de mi sexo. ¿Acaso podré responderle: no me gustaba, lo he cambiado por el otro?
Privar a la persona de su sexo quiere decir suprimir a la persona. Se debería más bien hablar de liberación o sanación del sexo. Cada uno de nosotros nace con un determinado sexo, que forma parte de su naturaleza humana. La medicina debe corregir los defectos de la naturaleza, no suprimir o cambiar o sustituir la naturaleza o considerar separable lo que es inseparable de la naturaleza. Debe darle lo que le falta y no quitarle lo que posee.
La medicina puede sustituir un elemento patológico y sustituirlo con un elemento sano. No puede sustituir un elemento natural con otro que no pertenece a la naturaleza del sujeto. Varón y mujer son realidades de la naturaleza humana. La medicina puede y debe hacer que un varón se sienta varón y una mujer se sienta mujer, pero no puede sustraer nada a la naturaleza sin con ello mismo corromperla ni añadir nada a la naturaleza, siendo ella en cuanto creada por Dios ya completa en sí misma.
La racionalidad es un género lógico sujeto al género animal
La sexualidad humana no es una simple propiedad accidental de la persona, sino que concurre a constituir la esencia misma de la naturaleza o de la persona. El espíritu humano es un espíritu sexuado. El alma masculina es específicamente y formalmente diferente de la femenina.
Así como la animalidad es el género que da al hombre la naturaleza humana por la adición de la racionalidad, así la naturaleza humana es el género al cual, añadiendo las diferencias masculino-femenino, surge la diferencia entre la masculinidad y la feminidad, entre el varón y la mujer. La masculinidad es la especie en base a la cual distinguimos a Pedro y Pablo. La feminidad es la especie por la cual distinguimos a María de Francisca.
En otras palabras: así como el ser racional es la diferencia del género animal, así el ser varón y mujer son las diferencias del género naturaleza humana, que a su vez es la diferencia específica del género superior animalidad. La especie humana funciona como género para la diferenciación entre varón y mujer. Por tanto, el individuo humano, este varón o esta mujer, no está directamente bajo la especie racionalidad o especie humana, sino bajo la especie respectivamente varón y mujer.
Varón y mujer pertenecen por igual a la misma naturaleza humana, no son dos naturalezas humanas diferentes, sino dos modos esenciales diferentes del ser humano. Así como la animalidad es una sola y dos son las diferencias específicas: racional e irracional, así una sola es la naturaleza humana en cuanto género y dos son las diferencias específicas: varón y mujer.
No se trata, como dice Maritain, de una diferencia «cuasi-específica», sino, como dice Edith Stein, de una verdadera y propia diferencia específica. Si entre nosotros y los animales existe una diferencia específica, no por esto nosotros no nos sentimos animales como ellos. Así, si entre varón y mujer hay una diferencia específica, no por esto el varón no se siente racional como la mujer, ni la mujer no se siente racional como el varón.
Los varones y las mujeres pertenecen a dos especies diferentes de humanidad, aun poseyendo la misma humanidad de modo genérico, no específico, porque la especie a la cual pertenecen es respectivamente el ser varón y el ser mujer. Así el hombre y el león son sujetos de los cuales se predica la misma animalidad de modo genérico; se predica respectivamente la racionalidad para el hombre, la irracionalidad para el león. Esto no rompe en absoluto la unidad de la especie humana, con tal que se la considere como un solo género respecto a las diferencias específicas varón-mujer. Aquello de ser racional que es especie respecto al género animal, se convierte a su vez en género respecto a la diferencia específica varón-mujer.
El alma humana, por tanto, como tal, no es una especie que tiene bajo sí a los individuos. Varón y mujer no son individuos diferentes de la misma especie o naturaleza humana. Son dos diferencias específicas de la misma alma humana. El alma es una forma genérica a la cual se añaden las diferencias específicas masculina y femenina.
Lo racional es la diferencia específica del género animal. La diferencia sexual humana está por tanto determinada por dos niveles genéricos: uno superior más amplio, que es el género animal, y uno inferior menos amplio que es la forma racional, que es específica en determinar la naturaleza humana, pero que es genérica en determinar la diferencia sexual.
Digamos entonces que el alma masculina y la femenina son dos diferencias específicas de lo racional. Tenemos entonces un género superior: el animal, y un género inferior: lo racional. Lo racional y lo irracional son las diferencias del género animal; lo masculino y lo femenino son las diferencias del género racional.
Siendo así las cosas, es necesario observar que el género no necesariamente es algo material, sino que puede ser también espiritual. El género es material cuando se trata del género animal. Pero también lo racional, que es espiritual, es género con sus diferencias específicas varón y mujer. Si Dios ha creado al hombre varón y mujer, quiere decir que no basta definir al hombre como animal racional, sino que es necesario precisar que lo racional es una categoría genérica como lo animal. Así como este se diferencia en racional e irracional, así lo racional se diferencia en masculino y femenino.
El ser humano, por tanto, no es comprendido adecuadamente si no es considerado como pareja. El sexo no es algo solamente material, sino que determina la diferencia entre dos espíritus: el del varón y el de la mujer. Esto no es confundir espíritu y materia, sino advertir la diferencia del espíritu masculino respecto del espíritu femenino. El cuerpo masculino está hecho para el espíritu masculino y el cuerpo femenino está hecho para el espíritu femenino. Es esta diferencia espiritual la que explica el hecho de que al varón pertenecen los carismas jerárquicos y a la mujer los dones carismáticos.
Sexualidad animal y sexualidad espiritual
Es muy interesante la diferencia entre la sexualidad humana y la animal. Es evidente en efecto cómo, mientras la sexualidad animal agota completamente su sentido en la función procreativa, la sexualidad humana, además de tener obviamente la finalidad procreativa, involucra la vida de la persona y es funcional a la comunión interpersonal entre varón y mujer.
De hecho, mientras en el varón humano la producción del semen sobreabunda independientemente de su utilización con fin procreativo, para agotarse en la ancianidad, en la mujer los períodos fecundos son muy limitados y en la ancianidad cesan del todo.
La unión sexual en la pareja humana comporta el estar frente el uno al otro en evidente posición de diálogo, que de por sí no es necesaria al coito. Y sin embargo esta estructuración hace comprender claramente que en la pareja humana aquel acto es y debe ser asociado a la palabra.
Esta unión en efecto en el hombre, si debe ser como debe ser un acto de virtud moral, una recíproca donación de sí, no es simplemente un acto biológico, sino que es un gesto que expresa e incrementa el amor y es enriquecido y expresado por las palabras del amor. Tal gesto en el matrimonio no puede no ser expresión e incremento de la unión espiritual. En cambio el coito animal está privado de este face à face, porque está totalmente separado e independiente del momento asociativo o de la comunicación, que no están ausentes a su modo sobre todo en el mundo de los mamíferos.
Otra diferencia entre el sexo humano y el animal que hace comprender que mientras este es solo procreativo, el primero es también unitivo, es el hecho de que mientras en el animal la recíproca atracción sexual está presente solo en los brevísimos períodos de la procreación, la atracción en la pareja humana es permanente.
Estas consideraciones nos llevan a comprender cómo en el plan originario divino el espíritu se expresa en el sexo y el sexo introduce al espíritu. Si esto no sucede es por el hecho de que en el actual estado de naturaleza caída el sexo, que debería estar sujeto al espíritu, tiende a hacerse dueño, mientras el placer sexual, que debería favorecer al espiritual como el cuerpo debe servir al espíritu, es tan violento que hace perder la luz de la razón y vencer la voluntad, de modo que el placer sexual, sobre todo en los jóvenes, aparece como un sumo bien que se debe buscar descuidando cualquier consideración razonable, es más, la razón esclavizada a la pasión inventa falsas razones en el intento de justificar lo que justificar no se puede.
La mortificación de las malas inclinaciones
Leemos estas palabras de San Pablo: «Mortificad aquella parte de vosotros que pertenece a la tierra: fornicación, impureza, pasiones, deseos malos, y aquella avaricia insaciable que es idolatría, todas cosas que atraen la ira de Dios sobre aquellos que desobedecen. […] Deponed también vosotros todas estas cosas: ira, pasión, malicia, maledicencias y palabras obscenas en vuestra boca. […] Os habéis en efecto despojado del hombre viejo con sus acciones y habéis revestido al hombre nuevo, que se renueva para un pleno conocimiento, a imagen de su Creador» (Col 3,5-10).
Ya Platón había comprendido que quien quiere desarrollar su vida espiritual debe saber renunciar a muchas cosas, porque nuestras inclinaciones sensibles y una cierta rebelión ínsita en nuestro mismo espíritu frenan los impulsos del espíritu, generan duda y escepticismo, oscurecen su vista, enfrían y apagan su entusiasmo, entorpecen y debilitan la fuerza de la voluntad, hacen pesada o incluso impiden la libre afirmación de nuestras necesidades espirituales más altas, que son las del amor por la virtud, por Dios, por el prójimo y por nuestra misma perfección y dignidad personal y espiritual.
Lo que escapó a Platón, y no por culpa suya, porque no podía saberlo, fue que esta hostilidad de la carne hacia el espíritu no depende del hecho de que la carne sea mala, sino de las consecuencias del pecado original. La carne —es decir, el sexo— en sí es buena y es componente esencial del hombre. El problema verdadero, entonces, no es el de liberarse de la carne, sino de purificarla y someterla al espíritu. Platón no supo que aquella carne en la cual hemos pecado y que nos empuja a pecar, es aquella misma carne que, asumida por el Verbo de Dios, se convierte en principio de salvación.
Si por tanto la simple razón práctica, ignorante del misterio de la redención, ha empujado en Occidente y en Oriente a los antiguos paganos sedientos de espiritualidad y de Dios a ásperas austeridades, a duras prácticas ascéticas, represivas, sacrificiales, penitenciales y disciplinarias como ayunos, pobreza, privaciones, silencio, vigilias, abstinencia sexual, soledad, cilicios y cosas semejantes, la revelación cristiana del plan divino de la salvación y de la glorificación del hombre, con la consecuente posibilidad de disfrutar de las fuerzas de la gracia donada a nosotros por la cruz de Cristo, ha consentido a la humanidad construir un humanismo en el cual el esfuerzo ascético no está finalizado o dirigido a la liberación de la carne, del cuerpo y del sexo, sino a la reconciliación del sexo con el espíritu en la plena realización de aquella humanidad que Dios ha creado y recreado donándonos la gloria de los hijos de Dios.
Fin de la cuarta parte (4/5)
P. Giovanni Cavalcoli
Fontanellato, 26 de diciembre de 2025
Notas
¹ El texto original del padre Giovanni Cavalcoli, en italiano, puede hallarlo el lector en el siguiente enlace a su blog: https://padrecavalcoli.blogspot.com/p/lo-spirito-e-il-sesso-quarta-parte-45.html
² Instrucción sobre el respeto de la vida humana naciente y la dignidad de la procreación, de la Congregación para la Doctrina de la Fe del 22 de febrero de 1987.
__________
Anexo
He aquí mi transcripción de este artículo del padre Cavalcoli sintetizado en un muy breve croquis esquemático según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que ofrezco en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas.
Articulus unicus
Utrum spiritus et sexus in unitate personae humanae integrentur
Ad hoc sic proceditur. Videtur quod spiritus et sexus non integrentur in unitate personae humanae.
1. Quia, ut quidam dicunt, generatio humana essentialiter non distingueretur a fabricatione technica, et sic fecundatio artificialis esset modus legitimus producendi vitam, quasi filius esset artefactum simile machinae.
2. Praeterea, dicunt alii, sexus esset proprietas accidentalis subiecti, commutabilis sicut organum, ita ut “transitus generis” legitime fieri posset per chirurgiam et pharmaca, substituendo unum sexum alteri.
3. Item, quidam affirmant differentiam inter virum et mulierem non esse specificam, sed meram accidentalem vel quasi-specificam, ita ut rationalitas sufficeret ad definiendam personam humanam sine necessitate differentiae sexualis.
4. Praeterea, quidam dicunt sexualitatem humanam non distingui ab animali, reduci ad solam functionem procreativam, sine valore unitivo vel spirituali, ac proinde sine relevantia morali ultra reproductionem.
5. Denique, alii affirmant sexum esse inclinationem carnalem spiritui oppositam, quae supprimenda vel eliminanda esset ad vitam spiritualem consequendam, sicut putabant antiqui philosophi et ascetae.
Sed contra est quod dicit Apostolus: Exuentes veterem hominem cum actibus eius, induistis novum, qui renovatur in agnitionem secundum imaginem eius qui creavit eum (Col 3,9-10). Item, Concilium Viennense docet: Anima rationalis est vere et per se forma corporis (Denzinger, n. 902). Et Sanctus Thomas dicit: Anima est forma corporis, et ideo homo est unus per unionem animae et corporis (S. Th., I, q. 76, a. 1).
Respondeo dicendum quod spiritus et sexus integrantur in unitate personae humanae. Generare est actio propria sexus, quam habemus communem cum animalibus et plantis. Actio moralis nobis competit in quantum personae sumus ratione et libero arbitrio praeditae. Unde non potest confundi actus generandi cum actu fabricandi, quia machina neque se reparat neque se reproduci potest secundum speciem.
Praeterea, sexus non est proprietas accidentalis subiecti ad libitum, sicut bracae et tunica, sed proprietas organica, intrinseca et necessaria ad essentiam completam subiecti. Ideo transitus generis non potest significare mutationem arbitratam, sed potius detegere naturale, sanare naturale et removere innaturale.
Insuper, spiritus humanus est spiritus sexuatus. Anima masculina est specifica et formaliter diversa a feminina. Una est natura humana secundum genus, et duae sunt differentiae specificae: vir et mulier.
Praeterea, sexualitas animalis totum sensum suum exhaurit in functione procreativa; sexualitas humana vero implicat vitam personae et ordinatur ad communionem interpersonalem inter virum et mulierem. Unde coniunctio sexualis in coniugio humano importat stare alterum coram altero in manifesta positione dialogi.
Denique, caro, id est sexus, in se bona est et essentialis pars hominis. Verus igitur problema non est liberari a carne, sed eam purificare et subicere spiritui. Revelatio autem christiana concessit humanitati ut construeret humanismum, in quo conatus asceticus ordinatur ad reconciliationem sexus cum spiritu in plena consummatione illius humanitatis quam Deus creavit et recreavit, donando nobis gloriam filiorum Dei.
Ad primum dicendum quod generatio est actio propria sexus, quam habemus communem cum animalibus et plantis; machina autem neque se reparat neque se reproduci potest.
Ad secundum dicendum quod sexus non est proprietas accidentalis sicut bracae et tunica, sed organica, intrinseca et necessaria ad essentiam completam subiecti; transitus significat detegere naturale, sanare naturale et removere innaturale.
Ad tertium dicendum quod spiritus humanus est spiritus sexuatus; anima masculina est specifica et formaliter diversa a feminina; una est natura humana secundum genus et duae sunt differentiae specificae: vir et mulier.
Ad quartum dicendum quod sexualitas animalis sensum suum exhaurit in procreatione; humana vero implicat vitam personae et ordinatur ad communionem interpersonalem; coniunctio importat stare alterum coram altero in positione dialogi.
Ad quintum dicendum quod caro, id est sexus, in se bona est et pars essentialis hominis; problema non est liberari a carne, sed eam purificare et subicere spiritui; revelatio christiana concessit humanismum, in quo conatus asceticus ordinatur ad reconciliationem sexus cum spiritu.
J.A.G.
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